El devenir poético en la obra de Álvaro Mutis

Arturo Hernández,
Bogotá D.C. 2016

“La palabra poética debe resonar en el vacío”. Cesare Pavese.
Sea quizá inseparable la poesía de la prosa cuando un autor es poeta y escritor a la vez: Escribir no es ciertamente lo mismo en ambos géneros. No obstante, en la obra de Álvaro Mutis se advierte el devenir poético; un elemento fundacional que desarrolla su prosa; que alimenta sus cavilaciones y sus añoranzas.

Álvaro Mutis nació en Bogotá en 1923. Su infancia o sus primeros nueve años, fueron un constante trasegar entre Bruselas y una finca en el Tolima, a este respecto señaló “he escrito para no olvidar ciertos rincones de las fincas de café y azúcar (…)” (Libération, 1958). Posteriormente alternó sus estudios de bachiller en el Colegio Mayor Nuestra Señora del Rosario, con su asistencia a las clases de literatura dadas por el poeta Eduardo Carranza, que cumplirían un papel fundamental en su desarrollo como un “sensible y agradecido lector”.

El 8 de abril de 1948 publicó (en colaboración con Carlos Patiño), su primer libro de poesía titulado La Balanza. En él aparecen seis poemas de Mutis y algunas breves prosas escritas por ambos. Cobo Borda lo describe así en su ensayo Para Leer a Álvaro Mutis:

El tono es insólito y absolutamente desacostumbrado, tratándose de una obra inicial: firme, seguro; la altura de su convicción, la vastedad del versículo con el cual la manifiesta, el mundo que desde el comienzo va entregando con ademán magnifico pero severo (…) revelan la íntima certeza que lo anima (Pág. 39).

No obstante; la obra recién publicada, fue víctima del desorden social, las llamas y la avalancha política del Bogotazo al día siguiente; el 9 de abril: “La ciudad se paralizó como si se hubiera sumido bajo tierra para no escuchar el sonido de la voz humana. No se puede convocar al silencio impunemente, sin que el hombre explote en pedazos (…)” (Alape, 1985). Hecho irónico, si se piensa en que Mutis nunca participó en política y nunca ejerció su derecho al voto, como afirma en su autobiografía. Señaló además; desdeñando el carácter político de la poesía, que: “La única función de una obra de arte es crear valores estéticos permanentes”.

En el mismo año (1948), Mutis publicó un poema y un cuento (“El Miedo” y “El Viaje” respectivamente), en los que se advierte la presencia manifiesta de la más contundente poesía; la imagen poética que alude al surrealismo y de la que Mutis recibió una considerable influencia; la palabra estética como vehículo del pensamiento. El primero de ellos, fue publicado en el diario La Razón, dirigido por Alberto Zalamea. Luego de la lectura de este poema, el escritor y periodista Eduardo Zalamea Borda, le sugirió a Mutis
abordar la prosa. En consecuencia se publica en El Espectador “El Viaje”, cuento que
Moreno Durán describe en La Flora de Donna Tórrida (1991) de la siguiente manera:

(…) Un texto que participa por igual de la intención poética y de la anécdota
narrativa: La evocación que hace un conductor de tren sobre las incidencias de un viaje que
se efectúa regularmente durante quince años. Se trata de un tren compuesto por cuatro
vagones de color amarillo y una locomotora rosa. (…) El trayecto de apenas 120
kilómetros, vulnera las leyes de la lógica (…) El tren se desplaza a una velocidad de 12 km
por mes (…) Obviamente, el recorrido a pie es mucho más rápido, por lo que el tren se
convierte aquí en la negación de lo que tradicionalmente ha significado como eficaz medio
de transporte. (…) Su carácter de habitat trashumante –un falansterio móvil- lo ratifican sus
bien definidos compartimentos: en un vagón viajan los ancianos, los ciegos; en otro, los
gitanos y gentes poco recomendables; en éste, matrimonios, sacerdotes y tratantes de
caballos; y en aquél se refocilan los enamorados, que al finalizar el viaje ya arrullan y
bautizan el fruto de sus relaciones. Durante el viaje hay rencillas y muertes y, por ende,
funerales. Tras la deserción del conductor, que por amor abandonó su oficio, el tren se
descompone entre la vegetación del trópico” (Págs. 9-11).

Si bien, en este cuento coexisten –armoniosamente-, la prosa y la poesía, es posible
advertir en la poética de Mutis, un motor fundamental que da vida a las metáforas y a los
elementos más bellos del texto. Al final, Durán nos dice: “el tren se descompone entre la
vegetación del trópico”, lo que inexorablemente nos recuerda un olvidado verso de Mutis:
“Un dios olvidado mira crecer la hierba”.

Las preocupaciones escriturales de Álvaro Mutis se suceden no solo
cronologicamente sino tematicamente. Las imágenes que acuden en pos de las palabras en
su poetica; se materializan en metáforas y en hondas reflexiones filosoficas en sus
posteriores cuentos y novelas. En el caso especifico de Mutis, del devenir victorioso de la
poesía nace una obra prosaica profunda y vibratil.

Esto nos lleva a recordar, que en 1956 por una acción juridica, Mutia es obligado a
pasar quince meses en la Prisión de Lecumberri. En su estadia en el Palacio Negro; como
llaman los reos a dicho lugar, perpetrará su obra Diarios de Lecumberri, obra de un autor
maduro y de clara voz poetica en la que la tosca realidad del panoptico atraviesa el velo
retorico y sin embargo, se asila en él un estilo lirico y cadencioso: “Hasta entonces, el ayer
había sido otro de los tantos elementos de que está hecha la libertad; la imposible, la
huidiza libertad que nunca llega”.

A continuación Mutis escribirá Poema de las lastimas a la muerte de Marcel Proust
en el que canta “El silencio se hace en tus dominios,/ mientras te precipitas
vertiginosamente/ hacia el nostálgico limbo donde habitan, /a la orilla del tiempo, tus
criaturas/”. Es sin embargo menester, señalar que hacia el final de este periodo de
prodigalidad en su escritura, Mutis escribirá tambien La Muerte del Estratega (1988), obra
de alguido dolor poetico y compungido tono heroico; ajeno de patetismos y ligerezas.
Del mismo modo, es posible afirmar que la obra en prosa de Mutis se nutre
particularmente y en igual medidad de la poesía y de la historia. Famelico lector y escritor
por intima necesidad, Mutis escribió; tambien en 1948, sobre Pushkin (el gran poeta ruso) y
sobre la vida de Murat (cuñado de Napoleón) para la Revista Vida. Años despues otras
preocupaciones historicas nutrirían cuentos como; el ya mencionado, La muerte del
Estratega o el retrato literario El Ultimo Rostro (1990).

La historia en la obra de Mutis es sinonimo de memoria. Existe, claro, una
preocupación por los hechos acaecidos en el pasado; solo cognoscible a través de
historiadores y eruditos memoriosos; solo comprensible a través de las ficciones y la magia
del narrador. El acto creador (Escribir; narrar: A menudo los personajes de Mutis conceden
a sus narraciones el carácter de viejas anecdotas) es un acto de pasión por asir lo lejano; por
vislumbrar lo que pudo haber sido y no fue. La poesía de Mutis es a la vez principio de
narrativa y prosa, puesto que en sus poemas se cuentan historias que se desarrollan en
ejercicios posteriores; Cobo Borda ha llamado a esto: “poemas-cuentos: en todos pasa algo
más que el poema mismo: se despliega una pequeña historia”. A esto se suma el tono
nostalgico que impregna su obra en general y la busqueda –palpable pero invisble-, de un
puerto en el que felizmente, puedan atracar sus esperanzas y las de sus personajes.
“Escribir poesía es otra forma de fracasar, la mas digna, por cierto, pero plena de fatiga”
nos dice Mutis.

Esta nostalgia vive en la voz de Maqroll el Gaviero y en muchos otros de sus
personajes. El devenir poetico que perdura en las novelas proviene quizá de la reflexión del
poeta ante las cosas. Maqroll es el punto de reunión de las indoles poeticas y prosaicas de
Mutis. A este respecto, Cobo Borda afirma que Maqroll advierte “el desgaste de la
conciencia ante el sopor moral que estas tierra producen”. No obstante, si bien acierta al
señalar el “desgaste” producido por el “sopor moral”, se equivoca al situar dicho desgaste
en las lindes de “estas tierras”. La reflexión poetica de Mutis trasciende las barreras
geograficas y se situa en la angustia del siglo; angustia que por demás no le es indiferente y
en la que convergen escritores de perfil existencialista que lo preceden, como Sartre,
Camus, Cioran o Juan Carlos Onetti.

La angustia existencial que en Onetti está ligada a las empresas humanas; nacidas
por y para el fracaso, al sinsentido de la muerte y de la vejez, a la pobreza y a la hambruna;
que en los escritores y filosofos europeos es; mas bien, vecina al sinsentido de la guerra y a
la catastrofe moral del hombre positivista, esta en Mutis hondamente relacionada con el
escenario vivo del conflicto armado y el horrido teatro politico de Colombia.
Cobo Borda llegó a afirmar tambien que: “La obra de Álvaro Mutis tiene en torno
suyo un aura legendaria: Las ruinas que deja la historia y las muertes que decreta el poder
se ven transfiguradas por la perdurable levedad de la poesía”. Lo que podemos significar
claramente a través de la lectura de La Muerte del Estratega. Pero tambien a través de otras
obras, como Crónica regia y Alabanza del reino (1985) que se concentra sobre la figura de
Felipe II. Es posible afirmar entonces, que la historia como punto de partida de lo
congnisible y de lo fantaseable; de lo real y de lo posible, juegan en la obra de Mutis un
papel solo complementado por su busqueda personal e intima por recordar –por no olvidar-,
los rincones de la vieja finca del Tolima, pues puede ser además que como dijo el Premio
Nobel de literatura Háldor Laxness “es dulce el tiempo en la memoria”.

Lo que el tiempo, la memoria, la poesía y la historia generan –como elementos
constituitivos- en la obra de Mutis son traducidos para el lector despistado como un
profundo miedo ante el olvido. Y sin embargo, deberían ser traducidos, como una reflexión
de cara a la muerte; honesta y desgarradora, sobre la vida y lo vivido. Si bien Álvaro Mutis
no es un escritor que profetiza, es uno que añora tiernamente y que espera –a regañadientesel
final del tiempo vital que nos es dado conocer; la victoria del desgaste sobre la carne y
los huesos:

Amén:
Que te acoja la muerte
con todos tus sueños intactos.
Al retorno de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,
te distinguirá la muerte con su primer aviso.
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,
te iniciara en su constante brisa de otro mundo.
La muerte se confundirá con tus sueños
y en ellos reconocerá los signos
que antaño fuera dejando,
como un cazador que a su regreso
reconoce sus marcas en la brecha.

Álvaro Mutis añora y a la vez dibuja a la muerte como un personaje que en el cristal
ajeno de los sueños humanos encuentra la huella que día a día se produce –
inadvertidamente-, mientras se vive. La materia prima de este poema al igual que el de
muchas de las ficciones de Mutis; como Las Nieves del Almirante (1986), recae en el acto
de soñar como principio de intima revelación. En este poema, se añora que el lector y el
poeta corran con la misma suerte “Que te acoja la muerte/ con todos tus sueños intactos”,
mientras que en Las Nieves del Almirante, los sueños son el complemento de la realidad; el
elemento que permite realizar una vivisección de sus personajes y su psicología que de otro
modo no sería posible.

En textos como La Mansión de Araucaíma (1973) la obsesión climatologica de
Mutis –presente acaso desde tiempos de La Balanza-, está vinculada con el acto mismo de
la escritura. Alberto Ruy Sánchez denota sobre esta novela, la “fecundidad imaginaria, y
poética sobre todo, de la tierra (…) y la recolección de los frutos escondidos de esa tierra
(…) es el ritual de su poesía, un ritual gótico de tierra caliente”.
La tierra caliente de la infancia de Mutis y el salobre recuerdo de la mar en sus
viajes a Europa, da paso -en su imaginación- a los escenarios por los que errará Maqroll a
lo largo de su vida, a los rios que recorrerá en Las Nieves del Almirante, a las salmodias
poeticas que lo redimen“cada poema un lento naufragio del deseo, un crujir de los mástiles
y jarcias que sostienen el peso de la vida”, al tiempo de la ensoñación que permea la
muerte de sus personajes y de si mismo y a la reflexión poetica que presede a la escritura en
prosa y le sirve de columna vertebral y que no es otra que la Oración de Maqroll:
¡Señor, persigue a los adoradores de la blanda serpiente!
Haz que todos conciban mi cuerpo como una fuente inagotable de tu infamia.
Señor, seca los pozos que hay en mitad del mar donde los peces
copulan sin lograr reproducirse.

Lava los patios de los cuarteles y vigila los negros pecados del
centinela. Engendra, Señor, en los caballos la ira de tus palabras
y el dolor de viejas mujeres sin piedad.
Desarticula las muñecas.
Ilumina el dormitorio del payaso, ¡Oh, Señor!
¿Por qué infundes esa impúdica sonrisa de placer
a la esfinge de trapo que predica en las salas de espera?
¿Por qué quitaste a los ciegos su bastón con el cual rasgaban
la densa felpa de deseo que los acosa y sorprende en las tinieblas?
¿Por qué impides a la selva entrar en los parques y devorar los caminos de arena
transitados por los incestuosos, los rezagados amantes, en las tardes de fiesta?
Con tu barba de asirio y tus callosas manos, preside ¡Oh, fecundísimo! la bendición
de las piscinas públicas y el subsecuente baño de los adolescentes sin pecado.
¡Oh Señor! recibe las preces de este avizor suplicante y concédele la gracia de morir
envuelto en el polvo de las ciudades, recostado en las graderías de una casa infame
e iluminado por todas las estrellas del firmamento.
Recuerda Señor que tu siervo ha observado pacientemente las leyes de la manada.
No olvides su rostro.
Amén.

De esta poética nacerá una historia narrada a lo largo de cuentos y novelas que
exalta todas las propiedades liricas del propio Mutis. Según parece Eduardo Zalamea Borda
estuvo en lo correcto al instar a Mutis a escribir en prosa, pues el desafuero de las palabras
constituyó un proceso de decantación en el que el autor guardaba para la poesía un lugar
preferente –casi abandonado al cabo de los años-, y al que consecuentemente se extendía
otro gran espacio para las invenciones que le solicitaban mayor profusión y ensueño. En
todo caso, es innegable el ánimo poético; el devenir silencioso que late en las novelas de
Mutis, como en el caso de La Mansión de Araucaíma donde el autor murmura: “Una hoja
es el vicio, dos hojas son un árbol, todas las hojas son, apenas, una mujer” o en Diarios de
Lecumberri donde medita:“He pensado largamente, sin embargo, y me resuelvo a contarlo
mientras un poema, un viejo poema de Mallarmé se me llena de pronto de sentido, de un
obvio y macabro sentido. Dice: <<Un golpe de dados jamás abolirá el destino>>”.

“El poema es el camino menos transitado a la verdad del alma”. Pocos autores han
hallado este camino a través de otros géneros con la inusitada maestría de Álvaro Mutis.
Pocas excepciones confirman esta regla: Los Aforismos de Nietzsche, la literatura de Onetti
-en la que el tiempo siempre se escribe con mayúscula-, o la novela poética de Laxness. El
devenir poético en la obra de Álvaro Mutis es un testimonio de la posibilidad reflexiva que
esconde la poesía para dar al hombre un elemento creativo ficcional con que contestar sus
más hondas preocupaciones existenciales, morales (no moralistas), escriturales y humanas.
Finalmente –como Álvaro quizá-, concluiré con una pequeña anécdota: Hace algún
tiempo, escribí un pequeño relato titulado La Llamada del Vacío. La angustia que me
producía el fenómeno creativo sobre la verdad tras el olvido y la fragilidad de la memoria
(el consabido y primigenio leitmotiv griego), me llevó lentamente a un bloqueo mental
absoluto. Luego de varios días así; -acaso una noche-, me enfrenté a mi biblioteca
suplicando -como quien recurre a su dios o a sus santos- por un consejo. Cerré los ojos y
dejé vagar mi mano. Tomé un libro. Abrí una página al azar. Ésta decía:

No hay día en que no medite sobre las palabras. Son tan claras y al mismo tiempo
encierran todo el misterio que nos es dado soportar.
¿En verdad olvidamos buena parte de lo que nos ha sucedido? ¿No será más bien
que ésta porción del pasado sirve de semilla, de anónimo incentivo para que partamos de
nuevo hacia un destino que habíamos abandonado neciamente?
Torpe consuelo. Si, olvidamos. Y está bien que así sea.
(La Nieve del Almirante, Pág. 34).

Descargar en PDF

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s