El emotivismo axiológico en A.J. Ayer

Una propuesta empirista radical.1

Felipe Alejandro Álvarez Osorio
Estudiante de Licenciatura en filosofía
Universidad Nacional Andrés Bello
f.lvarezosorio@gmail.com

Resumen:

En este trabajo propedéutico pretendo dar cuenta de cómo se estructura la teoría emotiva de los valores propuesta por A.J. Ayer en su libro Lenguaje, verdad y lógica. Asimismo, pretendo dar cuenta de cómo una axiología de dicho carácter niega la posibilidad de la ética como ciencia. Para lograr tal objetivo, recorreré diversos pasajes del texto para denotar la construcción argumental a la que A.J. Ayer recurre para fundamentar su postura al respecto. De esta manera, podremos comprender en qué consiste y bajo qué condiciones se sostiene y apoya la teoría emotiva de los valores de A.J. Ayer.

Palabras clave: Emotivismo; A.J. Ayer; ciencia; verificación;

1) Introducción

En el sexto capítulo de Lenguaje, verdad y lógica, A. J. Ayer propone la incompatibilidad entre los enunciados éticos y las proposiciones sintéticas genuinas.  El motivo de esto, es la carencia de significado literal que suscitan los enunciados éticos debido a su carácter emotivo. Por ello, el objetivo de este trabajo consistirá en exponer, de manera introductoria, cómo es que se construye y fundamenta el emotivismo axiológico de Ayer y, su vez, cómo esto conlleva a la imposibilidad científica de la ética. Entonces, procederé de la siguiente manera: I) analizaré, la imposibilidad del valor objetivo a través de crítica que efectúa A.J. Ayer a la metafísica en el primer capítulo del libro. Esto con el fin de descartar la posibilidad de los valores objetivos y de realidades más allá de la experiencia. II) Explicaré el principio de verificación modificado por A.J Ayer y cómo es que este se relaciona con las proposiciones sintéticas genuinas. III) Finalmente, relacionaré la imposibilidad científica que suscitan los enunciados éticos esclareciendo el emotivismo axiológico de A.J Ayer.

2) La imposibilidad de la metafísica y de la objetividad de los valores

En primera instancia, para justificar una axiología de carácter emotivo, debemos analizar la imposibilidad de la metafísica en la crítica efectuada por A.J. Ayer en el primer capítulo de Lenguaje, verdad y lógica. De esta manera, podremos descartar la posibilidad de que existan valores objetivos fundamentados en la suposición de realidades trascendentes. Entonces, siguiendo lo dicho, comenzaré exponiendo bajo qué criterios podría la metafísica verse desacreditada como una fuente de conocimiento, y cómo es que esto conlleva a su vez, por analogía, a la invalidez de los valores objetivos. Comenzaré con la desacreditación de la metafísica por medio del análisis lingüístico: A.J Ayer propone que las disputas metafísicas surgen a raíz de confusiones lingüísticas, específicamente, en construcciones sintácticas realizadas a partir de verbos copulativos o de verbos transitivos. Para denotar este punto, A.J Ayer nos señala lo siguiente: “sucede que en nuestro lenguaje no podemos referirnos a la propiedades sensibles de una cosa sin introducir una palabra o frase que parezca representar la cosa misma frente a todo lo que se pueda decir de ella.”(Ayer, 1965, p.50). En otras palabras, solemos confundir los enunciados referentes a la existencia de una cosa con aquello que puede ser predicado de ella, precisamente, debido la ambigüedad que suscita la cópula “es” y los verbos que carecen de complemento directo -ejemplos de esta problemática son, como veremos a lo largo de este punto, las proposiciones que tratan la existencia como si se tratase de un predicado. Si tomamos en cuenta las siguientes construcciones, podremos dilucidar con claridad esta cuestión. A.J. Ayer, siguiendo la argumentación kantiana propuesta en la Dialéctica trascendental (Cfr. Kant, 2013, p.500-506), señala que proposiciones como “los mártires existen” y “los mártires sufren” […] tienen gramaticalmente la misma apariencia, lo que lleva a suponer que pertenecen al mismo tipo lógico” (Ayer, 1965, p.51) Sin embargo, a pesar de las similitudes, son proposiciones de un carácter diferente: por una parte, la proposición “los mártires sufren” refiere a una característica predicable de la totalidad de los individuos que constituyen el conjunto “mártires”; mientras que por otra, la proposición “los mártires existen” constituye una tautología al reiterar, mediante el predicado, la existencia de un sujeto que se ha de asumir como ya existente al predicar algo de él –si esto no fuese así, de él no podría predicarse nada.

Establecida la diferencia entre ambas proposiciones, A.J. Ayer añade añade la proposición “los unicornios son ficticios” al análisis. Dicha proposición, a diferencia de las mencionadas anteriormente, no se corresponde con ningún elemento dado en la experiencia, por lo que hemos de limitarnos simplemente a la información que podamos obtener del concepto “unicornio”. Entonces, asumiendo lo dicho, analizaremos la proposición en cuestión. En un principio, debemos resolver la siguiente pregunta: ¿es el predicado “ficticio” algo diferente del sujeto o es acaso algo ya contenido en el concepto de “unicornio?” Afirmamos lo segundo, pues entendemos por  “unicornio” lo siguiente: “un animal fabuloso… de forma de caballo y con un cuerno recto en mitad de la frente.”. Podemos observar en dicha definición que aquello que se por género próximo, es la propiedad de ser un “animal fabuloso”, lo cual se corresponde por sinonimia con la cualidad predicada “ser ficticio”. Por ende, al momento de enunciar la proposición “los unicornios son ficticios”, nos encontramos frente a una falacia de definición circular, generando, mutatis mutandis, una proposición equivalente a “los mártires existen”, siendo desacreditada del mismo modo por el cual hemos desechado la tautología de predicación de la existencia. De esta manera, demostramos que tanto en el caso de los verbos copulativos y los verbos transitivos, se produce una ambigüedad en el lenguaje, provocando, como acusa A.J. Ayer, errores filosóficos al “seguir la gramática más allá del sentido” (Ayer. 1965, p. 51).

Ahora bien, una vez realizado revisado este punto, nos compete analizar si es posible que la argumentación expuesta pueda aplicarse, de manera análoga, como una crítica a aquellas doctrinas que suponen la existencia de  los valores objetivos. Para ello, primero debemos aclarar que es lo que se entiende por valores objetivos. En efecto, entendemos lo siguiente: entidad real y trascendente, en sí misma y que se presenta como válida de manera universal. Entonces, siguiendo la definición dada, reduciremos a sola una proposición aquello que nos compete de los valores objetivos, es decir, su carácter existencial. Por lo tanto, de ahora en adelante, analizaremos la proposición “los valores existen”.  Siguiendo lo dicho, de inmediato podemos divisar que nos encontramos, al parecer,  nuevamente frente a la dificultad  que suscita la proposición “los mártires existen”, pues al momento de predicar la existencia de los valores objetivos, debiéramos ya suponer de antemano que estos existen de alguna manera. Sin embargo, en vistas de que la existencia no un predicado y de que precisamente lo puesto en cuestión es la existencia de los valores objetivos, nos hallaremos frente a una problemática al afirmar o negar la existencia de estos por medio de nuestro análisis lingüístico, pues no podemos demostrar por medio de ello la existencia de valores objetivos, puesto que la pretensión tautológica de proposición “los valores existen”, no nos proporciona información que compruebe la existencia de los valores, sino más bien, simplemente reitera una existencia de la cual no podemos tener certeza. Entonces, hemos de determinar, como señala A.J. Ayer, que la  hasta ahora, proposición “los valores existen” carece de “sin significado literal”, y por ende, constituye simplemente una pseudo-proposición. Diremos que inclusive, si la descartada proposición “los valores existen” llegase a ser una tautología genuina, no aportaría nada como prueba de la existencia de los valores objetos, pues “a partir de un conjunto de tautologías no puede deducirse válidamente otra cosa que una nueva tautología.” (Ayer, 1965, p. 141) lo cual imposibilita el conocimiento de estos y en consecuencia, cualquier tipo de axiología. Por consiguiente, de acuerdo con el pensamiento de A.J. Ayer, la afirmación de la existencia de valores objetivos constituye una vacilación del razonamiento que recae en la mera espuria. Mencionado esto, concluimos que el análisis lingüístico es una manera con la cual podemos descartar las proposiciones metafísicas y con ello, la afirmación de existencia de valores objetivos. Sin embargo, aún nos queda delimitar de forma conclusiva, en conjunción con un segundo criterio, cómo es que A.J. Ayer reduce  los valores a una instancia subjetiva de carácter emotivo. Para ello, procederé a explicar dicho criterio.

3) El principio de verificación modificado y las proposiciones sintéticas genuinas

En conjunción con lo dicho anteriormente, A.J. Ayer nos presenta un criterio para delimitar la verdad o falsedad de las proposiciones. Nos referimos, en efecto, al principio de verificación empírica, y en específico, a su versión modificada. En un comienzo, como señala A.J Ayer, consiste en lo siguiente:

Decimos que una sentencia tiene significado fáctico para un sujeto determinado si, y sólo si, éste sabe cómo verificar las proposiciones que aquella intenta expresar, es decir, si sabe cuáles son las observaciones que, cumplidas ciertas condiciones, lo han de conducir a aceptar la proposición como verdadera, o a rechazarla por falsa. Por otro lado, si la presunta proposición es de tal carácter que suponer su verdad o falsedad es compatible con cualquier suposición relativa a la experiencia futura del sujeto, entonces, por lo que a él atañe, si no es una tautología sólo será una pseudo-proposición (Ayer, 1965, p. 42)

En otras palabras, nos encontramos frente a un criterio que determina la validez de una proposición de acuerdo si esta se corresponde con un correlato en la experiencia, o si es la proposición es necesariamente verdadera de acuerdo a los términos y relaciones que la componen. Sin embargo, antes de proceder con nuestro análisis de los valores, debemos detenernos en dos distinciones que A.J. Ayer establece en su versión modificada del principio de verificación: 1) la dicotomía verificabilidad práctica y verificabilidad en principio; y 2) las diferencias entre el sentido “fuerte” y el sentido “débil” del término “verificable”. Empezaremos por las nociones de sentido “fuerte” y sentido “débil” del término “verificable”, pues una vez esclarecido este punto, no tendremos impedimentos teóricos para explicar la distinción entre verificabilidad práctica y verificabilidad en principio. Entonces, por una parte, entenderemos el sentido “fuerte” como aquel que establece la verdad de una proposición de manera concluyente mediante la observación empírica; mientras que por otra, entenderemos por sentido “débil” aquel que establece la verdad de una proposición de acuerdo con la posibilidad de pueda que la experiencia lo haga probable. De acuerdo con nuestro autor, hemos de adoptar el principio de verificación en su sentido “débil”, pues a diferencia del sentido “fuerte”, este no recae en el infortunio de no poder verificar las proposiciones inductivas. Me explico: debido a que es imposible realizar, por ejemplo, una observación completa de la totalidad de individuos que componen el sujeto “los hombres”, cualquier proposición en la que se predique algo de ello, según el principio de verificación en sentido “fuerte”, será descartada como falsa, lo cual nos conduciría una imposibilidad epistémica respecto a este tipo de proposiciones. Sin embargo, el principio de verificación en sentido “débil” evita esta dificultad y genera una instancia en la que dichas proposiciones, si cumplen con la condición de ser posibles en la experiencia, pues serán asumidas hipótesis empíricas, integrando, de esta manera, las proposiciones inductivas en la propuesta empirista de A.J. Ayer.
Ahora bien, ya asumido que no es necesario que las proposiciones sean verificables de forma conclusiva en la experiencia, podemos especificar a qué se refiere A.J. Ayer con la verificabilidad práctica y verificabilidad en principio. Para ello, nos serviremos del ejemplo dado por A.J. Ayer, que a su vez es tomado de Schlick (Ayer, 1965, p. 43). Se nos señala que la proposición “en la cara opuesta de la luna hay montañas” es verificable en principio pero no en la práctica. Esto se debe a que, en concordancia con el sentido “débil” del principio de verificación, la proposición señalada refiere a una posibilidad teórica que no es posible comprobar por medio de la observación, solamente, debido a la carencia de herramientas adecuadas para ello y no por una carencia de significado en sus términos, pues la proposición se podría, eventualmente, verificar de modo conclusivo si se diesen los elementos necesarios para poder hacerlo.

Entonces, respecto a la distinciones mencionadas, concluimos que el principio de verificación modificado de A.J. Ayer, a diferencia del principio de verificación empírica tradicional, simplemente requiere, en un principio, que una proposición pueda ser dada en la experiencia como una posibilidad para que esta sea significativa, sin recurrir de manera necesaria a una verificación de manera conclusiva en la experiencia. De este modo, la amplitud de la verificación no se ve limitada por las proposiciones generales.

4) El emotivismo axiológico y la negación científica de la ética.

Hemos establecido cuales son los criterios con los que A.J Ayer delimita si una proposición es efectivamente significativa o si constituye una pseudo-proposición. Sin embargo, si bien descartamos la posibilidad de los valores objetivos al no constituir una proposición genuina y carecer de significado literal, no hemos señalado qué rol cumplen los valores y cómo estos son ubicados en propuesta empírica de A.J. Ayer. Por ello, ahora nos dedicaremos a analizar cómo es que en la primera mitad del sexto capítulo de Lenguaje, verdad y lógica, A.J. Ayer reduce los valores a una instancia emotiva que imposibilita una ciencia de la ética.

Nuestro autor, en la búsqueda de una forma de compatibilidad entre los enunciados de valor y la teoría empirista radical desarrollada a lo largo de la obra, señala que, en cuanto a los enunciados de valor y su relación con la ética, y a su vez, la de esta con las hipótesis probables, en primera instancia, debemos comenzar “[…] por admitir que los conceptos éticos fundamentales no son analizables, ya que no existe criterio mediante el cual se pueda poner a prueba la validez de los juicios en que aquellos figuran”(Ayer, 1965, p.131) Para justificar este punto, A.J. Ayer señala que “la presencia de un símbolo ético en una proposición no agrega nada a su contenido fáctico.”(Ayer, 1965, p. 131), es decir, un juicio de valor no provee información que modifique la comprobación de la hipótesis, sino más bien, aporta algo de diferente naturaleza. Veremos cómo el argumento de A.J. Ayer se aplica con los siguientes ejemplos: Si analizamos los enunciados: “me parece bien que le cedas el asiento a las mujeres embarazadas”, “es horrible que el que hayan permitido el aborto” y “que mal que no me hayas devuelvo el libro que te presté”, nos daremos cuenta que estos pueden ser traducidos como las siguientes proposiciones: “cedes el asiento a las mujeres embarazadas”, “han permitido el aborto” y “no me has devuelvo el libro que te presté.”, respectivamente, removiendo el símbolo ético sin que esto influya de manera alguna en la proposición. Los símbolos éticos en nuestros ejemplos: “me parece bien que…”, “es horrible que…” y “que mal que…”, respectivamente, pueden, para demostrar este punto, ser sustituidos por aprobaciones valóricas contrarias y la proposición seguirá siendo la misma. Me explico: si tomamos por ejemplo el enunciado “es horrible que aprueben el aborto” y reemplazamos el símbolo ético “es horrible que… “,  por su contrario, “es estupendo que…”, nos daremos cuenta que la proposición, en ambos casos, simplemente refiere a un hecho comprobable, el cual es si fue o no fue “permitido el aborto”, indiferente de la valoración que se pueda hacer al respecto. Por ello, siguiendo lo dicho, pareciera ser que el símbolo ético, en vez de entregar información comprobable a la proposición, simplemente agrega, como señala Ayer un particular tono de horror -o de agrado- , o como si hubiese sido dicho agregando un énfasis determinado en el volumen de la voz.

Este punto puede observarse también al generalizar el enunciado. Podemos modificar el enunciado “me parece bien que le cedas el asiento a las mujeres embarazadas” en “es bueno ceder el asiento a las mujeres embarazadas” generando, nuevamente, como indica nuestro autor, “una oración sin contenido fáctico, es decir, que no expresa ninguna proposición susceptible de ser verdadera o falsa. (Ayer, 1965, p.132) Pues, en efecto, generalizar una valoración no produce contradicción alguna -inclusive si expresamos ambas-, como si sucede en el caso de las proposiciones, donde una proposición general y particular con la misma cualidad son contradictorias. Precisamente por este y por el punto señalado anteriormente, deducimos que no se pueden contradecir los juicios morales. Cuando alguien pronuncia un enunciado de valor en el cual se presenta un símbolo ético positivo, y otro individuo enuncia el mismo enunciado pero con un símbolo ético negativo, no hay contradicción alguna; “al decir que cierta especie de acción es moralmente buena o mala no formuló ninguna afirmación fáctica, ni siquiera una afirmación sobre mi propio estado de espíritu. No hago sino expresar determinados sentimientos  morales. Y la persona que aparentemente se contradice está  simplemente expresando sus juicios morales.”(Ayer, 1965, p.132) Entonces, deducimos que la función del símbolo ético “[…] es puramente “emotiva” y “se la utiliza para expresar un sentimiento acerca de ciertos objetos, pero no para hacer ninguna aserción acerca de ellos.” (Ayer, 1965, p.133)

Cabe destacar, para así evitar compromisos con las teorías subjetivistas del valor, cómo es que la propuesta emotiva de Ayer se diferencia del subjetivismo axiológico tradicional. Ayer señala que “el subjetivista sostiene que los enunciados éticos afirman efectivamente la existencia de ciertos sentimientos, nosotros sostenemos que los enunciados éticos expresan y suscitan sentimientos, sin implicar necesariamente aserción alguna.” (Ayer, 1965, p.135) Por ejemplo, si alguien enuncia “qué bueno que vine a la fiesta”  pero no actúa como si disfrutara el evento, no caería en contradicción, pues como señala Ayer, “no habría hecho nada más que manifestar mis sentimientos, lo que no es en absoluto lo mismo que decir que los tengo”(Ayer, 1965, p.134)

Para finalizar, siguiendo lo dicho anteriormente, aceptamos que los juicios de valor no pueden ser analizados por el principio de verificación modificado debido a que estos no constituyen proposiciones. Por lo cual, para nuestro autor, una posibilidad científica de la ética queda de inmediato descartada puesto que no hay manera, dentro de su propuesta empírica, de comprobar si dichos juicios son verdaderos o falsos debido a su carácter emotivo.

5) Conclusiones

Entonces, para finalizar mi exposición, resumiré los aspectos fundamentales que hemos tratado a lo largo de esta ponencia y las conclusiones que hemos obtenido de ellos: I) primero, negamos la posibilidad de existencia de valores objetivos por medio del análisis lingüístico de los enunciados que afirman su existencia. Esto se debe a que la afirmación “los valores existen” a pesar de su pretensión tautológica, carece de significado literal. Por ello, concluimos que simplemente constituye una pseudo-proposición debido a un uso inadecuado de la gramática dado por la ambigüedad que suscitan determinadas construcciones,  II) En adición a esto, Ayer agrega el principio de verificación modificado para el análisis proposicional. Dicho principio supera las dificultades de la verificación en el sentido fuerte y posibilita un alcance mayor para la propuesta empirista de Ayer. III) A pesar de ello, los juicios de valor son inanalizables por medio del principio de verificación modificado. Motivo de esto, es que los juicios de valor no constituyen proposiciones genuinas, sino más bien, mera expresiones de valor, lo que conlleva, a su vez, a una imposibilidad científica de la ética debido a que las expresiones de valor no son susceptibles de ser verdaderas o falsas, por lo cual, no se puede generar un criterio objetivo respecto de ellas.

Bibliografía

Ayer, A.J. (1965) Lenguaje, verdad y lógica. Buenos aires: Editorial universitaria de Buenos Aires

Dujovne, Leon. (1959) Teoría de los valores y filosofía de la historia. Buenos aires: Paidos.

Frondizi, Risieri. (1962) ¿Qué son los valores? México D.F:  Fondo de cultura económica.

Kant, Immanuel. (2013) Critica de la razón pura. México DF: Taurus.

Russell, Bertrand. (1956) Religión y Ciencia. México D.F: Fondo de cultura económica.

Salazar Bondy, Augusto. (1971) Para una filosofía del valor. Santiago de Chile: Editorial Universitaria.

Wittgenstein, Ludwig. (2015) Tractatus logico-philosophicus. Madrid: Alianza.

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