El furor divino en la filosofía de Marsilio Ficino

Marja Alcione Spencer Aguilar.

Universidad Nacional Autónoma de México

marjibarargi@gmail.com

Marsilio Ficino nació en Italia y vivió de 1433 a 1499; fue humanista y filósofo, pero también fue instruido en gramática, retórica y medicina; de ésta última recibió conocimientos de su padre Diotifice, quien era el médico particular de los Medici. Cosme De’ Medici notó el gran talento del joven Ficino y decidió ser su mecenas; bajo su cuidado Ficino tradujo al latín varios textos de exponentes importantes de la filosofía, como  Porfirio, Dionisio Aeropagita y todo el Corpus Hermeticum. Sin embargo, Ficino siempre estuvo interesado en la difusión de la filosofía platónica, y para su suerte Cosme por el año 1452 le encomendó a traducir la obra completa de Platón, encomienda que hizo con gran disposición. La labor de traducción de la obra platónica comenzó en 1462, cuando Cosme instituyó la Academia Florentina en la villa de Careggi. Y es a partir de 1474 que con ayuda de su amigo y discípulo Lorenzo “el magnífico” instauró la nueva Academia Platónica.[1] Las reuniones de la Academia Platónica consistían principalmente en rememorar a Platón con Banquetes, durante los cuales se discutía sobre el concepto platónico del amor divino.[2]

Para comenzar a hablar sobre el furor divino y sus efectos, me parece pertinente, recordar antes el mito platónico sobre la caída del alma. El Alma formaba parte del reino divino de la unidad eterna de Dios, por lo tanto su naturaleza es incorpórea y espiritual, y sólo se hace visible al entendimiento inteligible. El alma en el reino de la unidad eterna, también es divina porque comparte los dones característicos de la divinidad: sabiduría, bondad, unidad y estabilidad; los cuales se ocultan cuando cae al mundo material de la corporeidad. En este viaje de descenso, el alma olvida todo conocimiento del bien y termina su destino atrapada en un cuerpo temporal y material. El cuerpo que ahora habita la vuelve pesada y le nubla la visión, pues el velo de lo material no le permite contemplar la verdad divina, se vuelve mundana. En consecuencia, la salvación del alma del hombre consiste en el retorno a la verdad divina, al conocimiento de la sabiduría eterna de Dios.

¿Cuál es el medio para que el alma vuelva al seno de Dios? El furor divino; el heroico furioso es el único capaz de lograr el retorno anhelado. “Así pues, el furor divino es, a la vez, una consecuencia y la causa del regreso místico del alma al seno de Dios, que tiene lugar durante momentos de rapto. Los distintos estados de furor por los que va pasando el alma generan primero la producción erótica de hijos, luego la composición de poemas, el don temporal de la profecía y finalmente la unión con Dios.”[3] La idea de Furor Divino adoptada por la filosofía de Ficino es un concepto retomado del Fedro de Platón, en donde Sócrates dice que el furor divino es una especie de locura, la cual es producida cuando un hombre es invadido por la divinidad. Se podría afirmar que este tipo de locura es el más grande don que se pueda recibir, pues el hombre al servir de habitáculo de la divinidad, se convierte en receptor de la sabiduría que ésta le transmite, y a partir de esto se pueden obtener los mayores bienes. Sin embargo, el furor poético, en la filosofía de Ficino, ocupa un lugar primordial, puesto que forma parte de las cuatro fases del éxtasis del Furor divino: amor, poesía, adivinación y misterio; pero también se le considera de gran importancia como fuente de sabiduría cuando el filósofo-poeta lo sufre de manera aislada, separado de los otros furores. Y en ambos casos, al final, el resultado es la creación de versos.[4] En pocas palabras, “[e]l furor, que en estricto sentido platónico-ficiniano era un don o una gracia temporal, se convertía en un don a permanente disposición del poeta.”[5]

Cuando Ficino se apropia del concepto, afirma que el furor divino se presenta como un arrebato inducido en el poeta que lo obliga a cantar y pronunciar versos sin ninguna preparación previa, sin ningún estudio de la técnica, además de que la divinidad escoge precisamente a hombres que no destaquen en el arte de la composición, para que no quepa duda sobre la autoría divina; no obstante, el poeta habitado debía tener cierta voluntad para ser raptado y él mismo ayudar a la divinidad en el proceso de su propia salvación[6]. Por otra parte, para Platón el hombre raptado casi siempre era ignorante y carecía de conocimiento sobre las reglas de la técnica, y cuando la divinidad lo abandonaba no recordaba lo que le había sido transmitido. Por lo tanto, la diferencia entre los conceptos radica en que en Ficino el poeta obtiene una recompensa y en Platón, no:

En el primer caso [el de Platón], el poeta no ganaba nada. Era escogido como portavoz de una Verdad que le rebasaba y no entendía. El poema era un a modo de augurio indescifrable, cuyo sentido sólo podían desvelar los hombres de religión y los filósofos. Mientras que en el segundo caso [el de Ficino], el poema ‹‹divino›› culmina el proceso de ascesis, y quien gana no es la humanidad en abstracto, ilustrada por la voz del poeta poseído, sino el poeta individual que se salva personalmente. El poeta, el hombre de religión y el filósofo son una misma persona.[7]

En este punto sería conveniente retomar la acepción que Diotima da en el Banquete de Poíesis, es decir creación. En ésta dice que todo lo que haga pasar algo del no ser al ser es creación, incluso los trabajos realizados en las artes y por los artífices son llamados creaciones. Se comienza a vislumbrar la importancia y el lugar que la poesía y el furor poético ocupaban en la filosofía ficiniana; pues la misma palabra nos lo dice, creación. ¿Qué es lo que crea la poesía y el poeta en la filosofía platónica de Ficino? La libertad y la determinación propia del hombre, su autonomía; el poeta es el artífice de su propio destino. La poesía se convierte en el camino que conduce al filósofo a la recuperación de su forma originaria. La poesía en la filosofía ficiniana es un furor divino que permite al hombre convertirse en creador, según afirma Pedro Azara, “sobre el concepto de furor divino, se quiere mostrar que gracias a la recuperación de dicha noción, el hombre dejó de ser un ‹‹saco lleno de inmundicias y excrementos›› […] y se convirtió en un poderoso descubridor y dominador de nuevos mundos, así como el creador en y de un mundo hasta entonces inexistente: el universo de la fantasía artística”.[8]

El gran responsable de que el hombre busque la salvación es el Amor, ya que sin él no existiría el deseo de recobrar la unidad perdida; él es quien evoca, en el poeta-filósofo, el recuerdo del bien olvidado. A partir de que la saeta penetra en el corazón del hombre flechado, este pasará sus días en la búsqueda del bien perdido. Su semblante ya no será el mismo, se verá pálido, se habrá vuelto melancólico y meditabundo; parece que ha muerto en vida, pues ha perdido interés por las cosas que lo rodean, no come, no duerme, no habla, solamente sueña y mira hacia arriba. El delirio lo ha esclavizado, nos diría María Zambrano: “Hay un delirio divino que es el amor. ¿Cómo al llegar aquí, no sintió Platón la necesidad de justificar a los poetas como hombres esclavizados por este delirio? Delirio del amor que ejerce la misma función que la violencia filosófica. Mediante él, el hombre queda arrebatado, suspenso, en éxtasis, según los místicos habían de repetir durante siglos, innumerablemente.”[9]

Es comprensible, entonces, que Ficino creara y practicara toda una doctrina guiada por el amor, en donde su concepto principal fuera el Amor Platónico. Dicho concepto apela al amor divino de un ser humano por otro, sin embargo, dicho amor sólo es la representación del amor que el alma siente por la divinidad, puesto que el fin último y verdadero del deseo es Dios; pero este deseo solamente es despertado por el reflejo del resplandor de la belleza. Eros (amor) es el punto mágico en donde se cumple la unión de los contrarios. Es el destello de luz que permite al amante vislumbrar al amado en la obscuridad:

“Es, en verdad, como si el ser verdadero y oculto dejara verse por un desgarrón del velo que lo cubre. Por eso es posible partir, para esta nueva ascensión, desde la belleza visible. Es lo único visible en que podemos apoyarnos. Mas para dejarlo enseguida por la belleza una. […]Comienza de esta manera la escala del amor a través de la belleza, más desprendida de la particularidad de un cuerpo”.[10]

¿Qué efectos sufre el alma cuando recuerda la belleza única, al verla reflejada en la belleza de los cuerpos? El alma despierta del profundo sueño en el que había caído desde que forma parte de la materia humana, pues de manera casi instintiva entra en contacto con Dios y es a partir de este momento que no puede evitar sentirse inflamada por el deseo de abandonar el cuerpo humano y ascender hacía el seno divino, su original morada.[11] El alma se despoja del velo que la mantenía adormilada, gracias al entendimiento que se da cuando la vista interior, es decir la espiritual, puede ver la belleza en sí misma y no como un símbolo. En este punto es pertinente citar un fragmento que Pedro Azara retoma del Tratado que Ficino le dedica a Lorenzo de Medicis en donde habla sobre la locura poética:

Dicha locura despierta al cuerpo del sueño y le impone la vigilia de la mente, lo saca de las tinieblas de la ignorancia y lo porta hacia la luz, lo sustrae de la muerte y lo encamina a la vida, del olvido leteo lo reclama para que recuerde lo divino, y por último lo estimula, aguijonea, y enardece para que exprese mediante versos todo aquello que contempla y presente[12]

El objeto de conocimiento del filósofo-poeta se concibe mediante un proceso espiritual como el furor divino, en donde los hijos que procrean son paridos por el alma. Del deseo de la contemplación surge el deseo de la generación. Desde el Banquete Platón afirmaba que la generación sólo podía surgir del amor por lo bello, porque lo bello es todo lo que está lleno de virtud. El hombre que se ha vuelto esclavo del delirio divino desea la eterna posesión del bien, por tanto ama la inmortalidad; es entonces que se puede entender la importancia de la generación del poeta. A través de sus creaciones el hombre trasciende la mortalidad para llegar a la inmortalidad de lo eterno, pues lo mortal se conserva inmortal en la procreación, la generación y el cambio. Cada nueva generación representa la procreación de la generación anterior, lo viejo le sede lugar a lo nuevo, pero lo nuevo es memoria de lo viejo. Gracias al morir renaciendo el hombre deviene inmortal:

De este modo se conservan las cosas que en el alma y en el cuerpo son mutables. No porque ellas sean siempre precisamente las mismas (porque esta característica es propia de las cosas divinas), sino porque lo que parte deja nuevo sucesor semejante a él. Mediante este remedio las cosas mortales se vuelven semejantes a las inmortales. Así pues, en una y otra parte del alma (tanto en la que tiene que conocer, como en la que tiene que sostener el cuerpo) se genera el Amor de engendrar para conservar vida perpetua.[13]

Es por eso que la poesía es tan importante para la parte del alma que quiere conocer, porque ella nos ayuda a recordar lo que olvidamos; los conceptos y las imágenes que nos presenta nos ponen de nuevo en contacto con la esencia divina. Las visiones espirituales que nos brinda la poesía nos permiten volver a ver, con el ojo del órgano interno, la verdadera cualidad del ser. Gracias a la memoria de la poesía podemos acceder al eterno retorno del recuerdo de Dios.

Así es como el filósofo-poeta logra su cometido, el conocimiento de Dios. Tal vez no lo logra conocer en su completitud, por su naturaleza finita, pero a través de este camino de ascenso el hombre logra el retorno a la fuente originaria. Retornar, es recordar y recordar es conocer. El camino que dirige al hombre hacía Dios es el autoconocimiento de sí, pues el proceso poético sólo se lleva a cabo mediante la creación del propio ser. Dios se afirma en el hombre y el hombre se afirma en Dios, pues para poder hacer visible lo invisible tiene que haber unión entre los contrarios. El poeta hace visible lo invisible gracias a la creación. La poesía es el vestigio de la existencia de un ser supremo que hace posible la realización del ser. El hombre necesita de Dios para ser y Dios necesita del hombre para ser visible.

Así, después de tratar sobre los temas del alma, el amor y la poesía, elementos tan importantes en la filosofía ficiniana podemos corroborar por qué Ficino retoma la idea del furor divino y en especial del furor poético tratado, anteriormente, por Platón. Recordemos que en un principio se hablaba de por qué el alma buscaba la salvación, pues había sufrido una caída de lo celestial a lo terrenal, y ahora pesarosa sufría por encontrar el regreso al origen divino. Es entonces que al actuar cada uno de los elementos antes nombrados, el alma, el amor y la poesía y al converger en un mismo propósito se hace posible la manifestación y  el efecto del furor divino, el cual se simplifica en la salvación del hombre puesto que la salvación del alma consiste en el retorno a la verdad divina, al conocimiento de la sabiduría eterna de Dios ¿Cuál es el medio para volver al seno de Dios? El furor divino:

Por tanto, cuando Dios se preocupaba de salvar nuestra alma, debía restablecer el primitivo estado de pureza y de armonía entre las distintas facultades anímicas, limpiando el pneuma quemando escorias. Tal era la misión de los cuatro furores: se producían en el momento en que el alma volvía a atravesar en sentido inverso cada región del cielo y gracias a su fuego purificador restablecían parcelas de la unidad perdida.[14]

Como conclusión queda decir que la Academia Platónica, dirigida por Marsilio Ficino, subsumió en su filosofía la nueva forma de ver el mundo, promovida por el movimiento humanista. En dicha visión el hombre aparece ya no como un “simple saco lleno de inmundicia”[15], sino más bien como el dueño de su propio destino. El hombre se ha vuelto capaz de confrontar el avenir voluble de la fortuna, pues ha aprendido a ser el artífice de su propio destino; sus mejores dones son la voluntad y la inteligencia, los cuales lo han hecho acreedor de una famosa dignidad. Para él ya no existe más la oposición entre el cuerpo y el alma, ahora tiene el poder de encontrar el equilibrio que le permite la realización más extensa de todas sus potencialidades. Su mejor hazaña es la de serenar sus impulsos e instintos y educar el dominio de sus facultades racionales.[16] Al fin se conoce a sí mismo, es determinación de sí mismo. Ha conquistado su autonomía.

 

 

Bibliografía

Baldi, G., Giusso, M., Razetti, G. (1993). Dal testo alla storia dalla storia al testo. vol. II. Tomo Primo. “Dal Rinascimento all’età della Controriforma”. Torino: Sigla: TS.

Ficino, M. (1994). Sobre el Amor. Comentarios al Banquete de Platón. México: Nuestros Clásicos, UNAM.

Azara, P. (1993). Sobre el furor divino y otros textos. España: Anthropos.

Zambrano, M. (1996). Filosofía y Poesía. México: FCE.

Notas:

[1] Cf. Lamberti, M. (1994). “Nota bibliográfica”, en Marsilio Ficino. Sobre el amor. Comentarios al Banquete de Platón, México: Nuestros Clásicos, UNAM, p. 9.

[2] Cf. Azara, P. (1993). Sobre el furor divino y otros textos. Barcelona: Anthropos, p. XXIX.

[3] Marsilio Ficino, Op. cit., p. LV.

[4]  Cf. Ibidem, pp. LVI-LVII.

[5] Ibidem, p. LXIX.

[6] Cf. Ibidem, pp. LII-LIII y LXIV.

[7]  Ibidem, p. LXXIV.

[8] Azara, P. op.cit, p. XIII.

[9] Zambrano, M. Filosofía y poesía, p. 67.

[10] Ibidem., p. 65.

[11] Azara, P. op. cit., p. XLI.

[12] Ibidem., p. 39.

[13] Ibidem., pp. 134-135.

[14] Ibidem., pp. LVII-LVIII.

[15] Ibidem., p. XIII.

[16] Cf. Baldi, G. et. al. , Dal testo alla storia dalla storia al testo.

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