Valor moral, respeto por la ley moral, buena voluntad y felicidad[1]

Manuela Rondón Triana

 

 

“En el concepto de deber se entrelazan dos connotaciones: por una parte el reconocimiento de la voluntad de un valor sin restricciones, y por otra parte el reconocimiento de la necesaria subordinación a él del resto de bienes condicionados.” Lisímaco Parra

Abstract

En la sección comprendida entre el numeral 397 y el 401 de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Kant expone qué hace que una acción tenga valor moral, considerando la diferencia entre actuar por deber y por inclinación (así sea conforme al deber), y en qué consiste el respeto por la ley moral. A continuación presentaré los argumentos principales de la sección mencionada, teniendo en cuenta las tres proposiciones centrales expuestas en ella. Posteriormente, examinaré cómo, a partir de lo planteado en las proposiciones, se entiende de manera más clara cuál es la relación que la buena voluntad, el respeto y la ley moral tienen con la felicidad.

 

Inclinaciones y deber

Para explicar en qué reside el valor moral incondicionado de la buena voluntad, Kant introduce el concepto de deber. Al hacerlo, plantea una distinción entre actuar conforme al deber (por inclinación) y actuar por deber. Antes de ver cómo se ejemplifican ambos tipos de acción y qué es el valor moral, hay que aclarar qué son el deber y las inclinaciones. Estas últimas hacen referencia a la dependencia de la facultad de desear respecto a las sensaciones, demostrando siempre necesidades, esto es, a una manera patológica de querer, en busca de satisfacción sensible (Cf. Kant 414 29). Así, las inclinaciones dependen de los objetos, de algo externo a la voluntad (Cf. Rawls 168). Por otro lado, lo que necesariamente haría una voluntad perfectamente racional es lo que los agentes racionalmente imperfectos deben hacer (Cf. Schneewind 317). El deber es, entonces, a lo que está obligada la voluntad si sólo se deja determinar por la razón pura y, por tanto, por la ley moral.

Primera proposición

Ahora bien, para aclarar en qué consiste actuar por deber, Kant excluye dos tipos de acciones. Aquellas que no son conformes al deber, ya que, como están en contra de él, ni siquiera se puede preguntar si fueron hechas por deber; y aquellas que son realizadas con miras a satisfacer una inclinación mediata, es decir, no por deber, pero tampoco por inclinación inmediata. Para ver más claramente en qué consiste el último tipo de acciones se plantea un ejemplo: un tendero, que está en un sitio muy transitado, cobra lo mismo a todos los compradores, ya que hacerlo es ventajoso para él. Que actúe honradamente, o sea, que sus clientes sean servidos de manera equitativa, no basta para concluir que lo hace por deber, ya que su interés personal lo lleva a obrar así. Tampoco se puede afirmar que lo que lo motiva a actuar de esa manera es el amor que siente por sus clientes, lo que sería una inclinación inmediata (Cf. Kant 397 20- 34). Esto, ya que, cuando el deber no se opone a las inclinaciones, inmediatas o mediatas, es muy difícil establecer si el que ejecuta una acción conforme al deber lo hace por deber. Este ejemplo pone en evidencia que hay una distinción entre inclinaciones inmediatas (el amor a los clientes) e inclinaciones mediatas (querer tener un negocio exitoso). Sin embargo, a pesar de que una inclinación mediata requiera en mayor medida del consejo de la razón para ser satisfecha, hay que recordar que, mientras se busque satisfacción y no sea la razón pura la que determine a la voluntad, la acción en cuestión no se hace por deber.

Luego de hacer la exclusión anterior, se procede a considerar las acciones por las que se siente una inclinación inmediata, para ver, en contraste con ellas, en qué consiste el valor moral; ya que si una acción está en contra de las inclinaciones, es más fácil saber si fue hecha por deber. Todos tienen el deber de preservar su vida y, al tiempo, sienten una inclinación inmediata a hacerlo. Esto último hace que la máxima según la cual la mayoría lo haga no tenga valor moral (al ser resultado de una inclinación, de un deseo), aunque se actúe conforme al deber. En cambio, si no se tiene inclinación por preservar la vida, y aun así se la cuida (no por deseo a vivir o por temor), la máxima según la cual se actúa sí tiene valor moral (Cf. Kant 397 34-398 8). Esta idea queda más clara al considerar el siguiente ejemplo que se plantea en el texto: ser bondadoso es un deber y hay algunas personas que, por vanidad o por conveniencia propia, encuentran placer al difundir alegría a su alrededor. Las acciones bondadosas que realizan estas personas, si bien son amables y conformes al deber, no tienen verdadero valor moral. Éste sólo se da si la acción bondadosa no es realizada considerando una inclinación; si, a la hora de decidir actuar, solamente se tiene en cuenta el deber (Cf. Id. 398 8-38). En los dos ejemplos mencionados se pone de manifiesto que el valor moral consiste en actuar bien, esto es, conforme al deber, no por inclinación, sino por deber.

Segunda proposición

“Una acción por deber tiene su valor moral no el propósito que vaya a ser alcanzado por medio de ella, sino en la máxima según la que ha sido decidida […](Kant 399 35-37). Para entender la diferencia entre una máxima y un efecto de una acción como principios (o sea, lo que determina a la voluntad), es importante tener en cuenta que Kant, como señala Rawls, distingue dos principios de la volición, que son mutuamente excluyentes: uno formal y uno material (Cf. Rawls 170). El primero hace referencia a la máxima a la que llega la razón pura y, entonces, se caracteriza por ser a priori, por no considerar los fines que una acción pretende alcanzar. El principio material, en cambio, hace referencia al ‘resorte a posteriori’ de la acción, es decir, a sus efectos empíricos (Cf. Kant 400 10-11). Teniendo esto en cuenta, se puede decir que una acción realizada por deber solamente puede ser hecha desde un principio formal. Esto se debe a que si se realizara por un principio material, sería motivada por inclinación: al decidir cómo actuar, se estaría considerando un efecto que se espera sea satisfactorio.

Tercera proposición

“El deber es la necesidad de una acción por respeto por la ley.” (Kant 400 18-19). Para ver de qué manera esta proposición se sigue, como dice Kant, de las dos anteriores, hay que examinar qué es el respeto. “[Éste] significa meramente la consciencia de la subordinación de mi voluntad bajo una ley sin mediación de otros influjos sobre mi sentido. […] Propiamente es […] la representación de un valor que hace quebranto a mi amor propio.” (Id. 401 23-30). A propósito, cabe señalar que el amor propio es la tendencia a convertirnos a nosotros mismos en motivos determinantes de toda la voluntad, en tanto entes sensibles que se esfuerzan por hacer que las cosas que son materia de la facultad apetitiva, es decir, las inclinaciones, sean vistas como primeras y originarias (Cf. Kant 2003 66).  Entonces, al hacer quebranto al amor propio, el respeto permite que la voluntad se determine a sí misma sin tener en cuenta los apetitos (las inclinaciones), hace que se dejen de lado, que no se consideren como lo más importante o como aquello que ha de determinar la voluntad.

Ahora bien, el respeto es autoproducido por un concepto de la razón (Cf. Kant 401 18). Esto hace que aquél, a pesar de ser un sentimiento, no sea una inclinación, ya que no determina a la voluntad desde afuera, es decir, empíricamente. Por otro lado, el objeto de respeto es solamente la ley moral (Cf Id. 32). García Morente señala que el respeto expresa una doble emoción que inspira el deber, el hecho de concebir una ley moral que nos obliga a actuar de cierta manera. Por un lado, cuando el hombre siente respeto, se concibe como superior a sí mismo, es decir, se asombra del hecho de que él pueda pensar en la ley moral e imponérsela a sí mismo, lo que lo hace concebir su dignidad. Por otro lado, al sentir respeto, uno se siente inferior, en tanto subordinado a la ley moral, con conciencia de lo difícil que es actuar siempre por deber (Cf.  Morente 251). Ahora, que el respeto sea un sentimiento es lo que permite que nuestra voluntad ponga en relación sus máximas subjetivas con la ley moral y las convierta en objetivas. De este modo, que el respeto no sea producto de algo externo y que se dé exclusivamente hacia la ley moral es lo que permite que nuestra voluntad se relacione con ésta. En últimas, el respeto es aquello por medio de lo cual la voluntad es motivada a actuar por deber, a actuar por mor de la ley moral.

Teniendo en cuenta lo anterior, se puede afirmar que hacia la ley moral no se tiene una inclinación. Así, actuar por mor de ella es actuar por deber. Entonces, como una acción por deber aparta el influjo de las inclinaciones, sólo la ley, objetivamente, y la máxima de dar seguimiento a esa ley, subjetivamente, pueden determinar la voluntad (Cf. Kant 25-35). Teniendo esto en cuenta, se puede decir que la tercera proposición se sigue de las dos anteriores, debido a que el valor moral recae en actuar por deber y a que al hacerlo, como lo que se considera es lo que motiva la acción, esto es, la razón pura que constituye la ley (y el respeto que subjetivamente se le tiene), el deber consiste en la necesidad de actuar por respeto a la ley.

Cabe señalar que la máxima es el principio subjetivo del querer, es decir, un principio de acción que determina a un cierto agente en un cierto momento. En cambio, la ley es el principio objetivo, o sea, aquel que serviría para todos también subjetivamente si la razón tuviera pleno poder sobre la facultad de desear (Cf. Kant  400 35). Esto último pone en evidencia que, como se menciona en el prefacio de la Fundamentación, la ley es universal y necesaria: “[…] una ley, si es que ha de valer moralmente, esto es, como fundamento de una obligación, tiene que llevar consigo necesidad absoluta; […] el fundamento de la obligación tiene que ser buscado aquí no en la naturaleza del hombre, o en las circunstancias […]” (Id. 389 16-19). El fundamento de la ley, por tanto, sólo puede ser buscado a priori en conceptos de la razón. Por este motivo, es universal (vale para todos los seres racionales), ya que no tiene contenido material (Cf. Parra 42), y es necesaria, porque se llega a ella a priori y en todos los casos dice cómo se tiene que actuar.

Buena voluntad y felicidad

Kant sostiene que lo único que puede ser tenido por bueno sin restricciones es la buena voluntad (Cf. Kant 393 6). Esto quiere decir que ésta es buena sin excepciones, sin considerar las circunstancias que la rodean o cuáles son sus efectos. Lo que se debe a que es fundada por principios puros de la razón, que la determinan a actuar sin tener en cuenta si se satisface alguna inclinación o no. Esto tiene como consecuencia que la buena voluntad sea aquella que actúe por deber, que, como vimos, consiste en dejarse determinar de acuerdo con los principios de la razón pura, excluyendo cualquier motivación proveniente de las inclinaciones. Así, la buena voluntad es buena por el querer, es decir, porque su motivación es el deber. Esta idea está de acuerdo con que el deber sea la necesidad de una acción por respeto por la ley, ya que a ésta se llega a priori, considerando exclusivamente los principios de la razón. La buena voluntad, entonces, al actuar por deber, actúa por respeto por la ley, o sea, se deja determinar por la ley moral y no por las inclinaciones.

Ahora bien, en la idea de felicidad “[…] se reúnen en una suma todas las inclinaciones.” (Kant 400 10). Así, la felicidad necesariamente tiene que ver con las inclinaciones, actuar buscándola es actuar por inclinación. La voluntad que se deja determinar por la búsqueda de la felicidad es determinada por un principio material, por el deseo de que ocurra algún efecto empírico. Además, la felicidad es indeterminada. Aunque todos quieran llegar a ella, nadie sabe, en realidad, en qué consiste. “La causa de ello es: que todos los elementos que pertenecen al concepto de la felicidad son en su totalidad empíricos […]” (Id. 418 1-6). La felicidad es, entonces, contingente y, por tanto, no puede ser, a diferencia de la ley moral, un principio objetivo que determine la voluntad. La felicidad no puede ser traducida a una ley sin contenido, que sea universal y necesaria para todos los seres racionales.

Es pertinente señalar que la felicidad, además de no poder constituir una ley objetiva, tampoco puede vincularnos con la ley moral, como el respeto. Si bien éste hace que nos relacionemos de manera directa con la ley  (o sea, que estemos subjetivamente motivados a cumplirla) en virtud de que es un sentimiento, difiere esencialmente de la felicidad. Ésta, como vimos, es contingente debido a que depende de elementos empíricos, que, en tanto tales, no son producidos por la razón pura. En cambio, el respeto, al ser autoproducido por la razón pura, no es un sentimiento como los demás, no es una inclinación. Como se mencionó, cuando se actúa por respeto a la ley, lo que motiva a la voluntad no es una inclinación. Esto permite que el respeto sea el sentimiento por medio del cual nos relacionamos subjetivamente con la ley moral, que es objetiva. Así, debido a que actuar buscando felicidad es actuar por inclinación, no es posible, de ninguna manera, decir que por medio de la felicidad la voluntad se motiva a actuar por mor de la ley moral.

Teniendo en cuenta lo anterior, la buena voluntad, debido a que actúa solamente por deber y no por inclinación, no puede buscar la felicidad (en la media en que es resultado de las inclinaciones), porque si lo hace, deja de ser buena. Esto, ya que dejaría de determinarse por la ley moral, que es objetiva, y se determinaría por algo contingente, por las inclinaciones. Parece, entonces, que la buena voluntad y la felicidad son excluyentes. Sin embargo, Kant sostiene que la felicidad también es un deber (Cf. Id. 399 3-8). Esto, porque la falta de satisfacción con el propio estado podría convertirse en una tentación para infringir el deber. Entonces, la buena voluntad sí ha de considerar la felicidad, pero no por la satisfacción que siente al ser feliz, sino porque es un deber. Si una voluntad es buena, su motivación no puede ser la búsqueda de la felicidad. Ésta es un deber sólo cuando no es considerada como un fin, sino como un medio para que se pueda cumplir con otros deberes. Entonces, la buena voluntad sí puede ser compatible con la búsqueda de la felicidad, pero sólo en la medida en que ésta se busque por deber y no porque se desee sentir satisfacción o placer, esto es, haber satisfecho las inclinaciones que se tengan.

 Bibliografía:

García Morente, Manuel. La filosofía de Kant. Obras completas I (1906-1936). Madrid: Antrophos Fundación Caja de Madrid. 1996.

Kant, Immanuel. Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Barcelona: Editorial Ariel S.A. 1996.

Crítica de la razón práctica. Buenos Aires: Editorial Losada S.A. 2003.

Parra, Lisímaco. Naturaleza e imperativo categórico en Kant. Ideas y Valores. Nos. 74-75. Agosto Diciembre 1987.

Rawls, John. Lecciones sobre la historia de la filosofía moral. Traducción de Andrés de Francisco. Barcelona: Editorial Paidós. 2001.

Schneewind, J.B. Autonomy, obligation, and virtue: An overview of Kant’s moral philosophy.  The Cambridge Companion to Kant. Ed. Paul Guyer. Cambridge University Press. 1992.

[1] Este texto es el resultado del trabajo realizado en el seminario sobre la Fundamentación de la metafísica de las costumbres que dictó la profesora Ángela Uribe, a quien agradezco por sus correcciones y comentarios, durante el segundo semestre del 2014.

Sobre el autor: Manuela Rondón Triana .Universidad Nacional de Colombia – Bogotá. mrondont@unal.edu.co

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