Más allá de las diferencias

León Samar

  leo_mayeutica@hotmail.com

En tiempos de hoy, no es nada raro ver cómo la sociedad se divide a sí misma dejándose llevar por sus distintas formas de egoísmo y por el consumo masivo que entierran tristemente la posibilidad de pensar y ponerse en el lugar del otro para convivir y, en cambio, cada uno trata de sobrevivir en salvaguarda de sí mismo. Por eso, me ocupo de una de las problemáticas actuales como es la discriminación, y cómo ésta, además de afectar a la sociedad, es un acto inhumano de intolerancia e incomprensión, producto básicamente de una ignorancia, en el que hay un desconocimiento y desvalorización del otro, como si no fuera humano o fuese inferior.

Para llegar a tal conclusión, acerca de la discriminación, he comenzado por preguntarme si somos iguales o diferentes, puesto que, como dije, aquél que discrimina rechaza y humilla al otro por no considerarlo igual, es decir, un ser humano. ¿Pero esto es legítimo?, ¿Acaso no somos todos iguales en tanto seres humanos que somos? Pero también es verdad que nos diferenciamos unos con otros, en cuanto costumbres, valores, conductas. Entonces: ¿Somos iguales o diferentes? Habría que ver, por tanto, si existe una cualidad o esencia que nos constituye en seres humanos como tal.

Antes, quisiera señalar la relevancia de lo contradictorio que sería, tratando el tema que trato, el que utilice la palabra “hombre” para referirme al ser humano, como si éste fuese el “superior “entre ambos sexos, y por eso me referiré al ser humano, que es lo que corresponde.

He de preguntarme, ahora sí, entonces: “¿Qué es el ser humano?”, pregunta que no será fácil de responder, y la respuesta podría ir más allá de lo que la pregunta “sugiere” en sus palabras. Esto me lleva a preguntarme: ¿Acaso hay un solo y único modelo de ser humano? Max Scheler señala que en Occidente, fundamentalmente, ha habido tres concepciones de ser humano: la concepción judeo-cristiana, la evolucionista y la de Grecia Clásica.[1] La primera concepción se refiere al ser humano como un ser producto de la creación divina que ocupa un lugar privilegiado por encima de los demás seres, algo que no explica, según mi parecer, satisfactoriamente qué es el ser humano en lo esencial. En cuanto a la concepción evolucionista, ésta afirma que el ser humano pudo transformar la naturaleza adaptándose al medio y adaptando el medio a él, pero se limita a una explicación del mismo como un punto más en la “evolución natural de la vida”, y eso no nos dice tampoco si el ser humano posee una esencia que lo constituye como tal. Scheler sostiene que la tercera concepción del ser humano es la de los griegos, la que afirma que la esencia del ser humano es la razón, y es por la razón que el ser humano puede conocer el mundo y transformar la naturaleza, así como obrar, es decir, guiar su conducta. Sin embargo, Scheler interpreta tal esencia como “espíritu” comprendiendo no sólo la razón, sino también “una determinada especie  de intuición, y además una determinada clase de actos volitivos y emocionales tales como la bondad, el amor, el arrepentimiento, la veneración, el asombro, el deleite y la desesperación”.[2] El ser humano, todas las mujeres y los hombres, son seres racionales capaces de manifestar una conducta libre así como también poder expresar sentimientos y emociones. Según Scheler, la capacidad que tiene el humano, como ser racional, de manifestar una conducta libre se debe a que es un ser autoconciente, porque, a diferencia del animal, posee conciencia de sí mismo, lo que le permite ser un ser autoconstructivo, es decir, que se construye a sí mismo y se reinventa permanentemente. Aquí tenemos claramente una concepción que, en parte, descansa en la capacidad que tiene el ser humano de elegir, es decir, la libertad de elegir, que Jean-Paul Sartre por su parte, interpreta como sinónimo de la existencia del ser humano. Sartre afirma que “la existencia precede a la esencia”, y esto significa que el ser humano “empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y que después se define; así, el ser humano empieza por no ser nada, y sólo será después, y será tal como se haya hecho”. [3] Haciendo una síntesis entre estas dos visiones, se puede decir no sólo que el ser humano es libre porque elige y se elige, se hace a sí mismo, sino que éste “modelo” de ser humano tiene el carácter de ser universal  porque es común a todos los individuos. Es por esto que, considero que la Libertad de elegir, el Pensar y el Sentir constituyen la esencia del ser humano, y tal esencia se  encuentra muy por encima de las diferencias que se hallan entre los seres humanos en cuanto a costumbres, valores, ideologías, cuestiones físicas, etc. Por lo expuesto hasta aquí, tenemos un modelo de ser humano que denomino ser humano universal, porque obedece a lo esencial del ser humano, presente en todo ser humano.

Sin embargo, es preciso aclarar que, en realidad, ningún ser humano puede hacerse sólo a sí mismo, puesto que, si bien, como dice Sartre, empieza por no ser nada, es decir, elige y al hacerlo traza su propio camino en la vida constituyéndose a sí mismo, también es verdad que necesita de otros para aprender cosas básicas como caminar, hablar, etc., inherente a cualquier ser humano. Este proceso, en el que los individuos necesitan de la interacción con otros individuos para constituirse como tal, se denomina Hominización, y por este proceso han de pasar todos los individuos. Ahora bien, ¿Acaso todos los seres humanos nacemos y vivimos en un mismo contexto o contextos iguales, es decir,  en épocas y sociedades semejantes?, ¿Atravesamos las mismas situaciones? Estas preguntas parecen irónicas, porque claramente no todos los seres humanos nacemos y nos formamos en un mismo contexto, puesto que nacemos en distintas familias, en un distinto lugar, así como el contexto histórico-social, en una distinta cultura, etc. Frente a esto, teniendo en cuenta el contexto en el que surgimos y nos formamos, la libertad de elegir existe como capacidad racional y en el marco de la autoconciencia, pero tal capacidad, a partir del hecho de que somos seres sociales, es relativa y puede verse condicionada. ¿Qué significa esto? La libertad de elegir, que constituye fundamentalmente el modelo de ser humano universal, permite que nos creásemos nuestro propio modelo de ser humano, moldeándonos a nosotros mismos en un “segundo modelo” de ser humano que denomino, pues, ser humano particular, en el que cada ser humano es un ser único e irrepetible con su propia forma de ser. Puede decirse que dicho modelo particular implica aquello que algunos llamarían la personalidad que tiene cada uno. Volviendo a la cuestión del contexto, la respuesta a la anterior pregunta tiene su explicación en la siguiente analogía: así como en la Filosofía se nos enseña que nunca se puede separar el pensamiento filosófico del contexto histórico al que perteneció o pertenece, tampoco nunca se pueden separar (más allá de nuestra innegable libertad de elegir), las ideologías, costumbres, valores y conductas de una persona del contexto general en el cual se encontró y se encuentra, y no sólo el contexto histórico político-económico y socio-cultural en el cual nació y se formó como persona (en tanto ser social), sino también el contexto de su primera sociedad: su familia, así como también su vida personal en el complejo entramado de situaciones determinadas por las que pasó y en el universo de relaciones sociales específicas. Lo que quiero decir es que la mayoría de las elecciones de cada ser humano se hayan muy influenciadas por los aspectos del contexto social general, de modo que si no somos conscientes de esto, tenderemos a pre-juzgar al otro sin conocer qué influencias se hayan detrás de él, qué condiciones lo han llevado a ser como es y a las decisiones que tomó…El ser humano se construye a sí mismo, pero no todos nos construimos inmersos en “un mismo mundo”. En síntesis, en el modelo de ser humano particular,  formación y contexto general (histórico-social) van de la mano.

Una vez que hemos abordado la cuestión del ser humano, en la que nos encontramos con dos diferentes modelos de ser humano, uno que es universal y otro particular, podemos decir, entonces,  que en un sentido somos iguales y, en otro, diferentes. Pero lo esencial es lo que nos hace iguales y es lo que realmente importa. Ahora sí, entonces, trataré la cuestión de la discriminación.

Antes de abocarme en profundidad a tal cuestión, podemos afirmar, en primer lugar, que discriminar significa, etimológicamente, diferenciar y separar, pero también se le atribuye en lo negativo: rechazar, humillar, subestimar, no respetar, etc. Considero que los aspectos negativos del acto de discriminar son el veneno del problema social de la cuestión, puesto que, si discriminar significa diferenciar o separar, pues se podría discriminar no sólo a individuos sino también en una situación a una cosa, a objetos, cosa que no me parece incorrecta. ¿Qué quiero decir con esto? Según mi parecer, he de concebir dos clases de discriminación: una que denomino Discriminación real y otra que llamo Discriminación social. Me permito explicar a continuación la Discriminación real, para ver en qué medida es correcta, y después la Discriminación social.

La Discriminación real obedece al acto por el cual ante una determinada situación se establece un juicio de valor en medida de ver aquello que es lo más conveniente para tal situación, pero tratando de que los resultados sean, a su vez, los más convenientes posibles para todo aquél que pueda verse involucrado. En este sentido, todos discriminamos a veces, y resulta necesario puesto que no podríamos andar por la vida eligiendo todo y todas las cosas, sino ver cuáles son las que más nos son necesarias. Por ejemplo, si yo voy por la vereda caminando y me encuentro con una baldosa rota, elegiré entre pasar por esa baldosa o bien por la que me es más conveniente pasar (aquella que se encuentra en buen estado) y para esto uno piensa primero y lleva a cabo un juicio. Así, cuando buscamos información sobre algo específico, es más conveniente la opinión de un profesional en el área, pues tiene una opinión calificada y no consideraremos cualquier opinión. Pero, por otro lado, la discriminación social es una acción en la que un individuo discrimina a otro sin tener en cuenta su situación y aún su humanidad, manifestándose en la humillación, el rechazo, el no respeto, etc.; obedece a un acto que, en términos filosóficos, designaría una cierta “desigualdad existencial”, en el sentido de considerar diferente la existencia del otro como de menor valor, refiriéndonos a la existencia del otro como ser concreto y vivo presente en este mundo. Con esto digo que, en verdad, la mayoría de las personas que discriminan socialmente, al discriminar al otro lo consideran diferente como inferior por sus diferencias culturales en cuanto costumbres, valores y hasta por sus rasgos físicos, y por eso lo dejan de lado, no lo respetan, etc. Cuando discriminan al otro se adelantan a juzgarlo como si conocieran la situación en la que está y por la que pasó, con sus respectivas causas; no obstante, no se trata de un juicio válido sino de un pre-juicio, puesto que uno no piensa y no tiene un conocimiento real sobre el otro y tal acto se manifiesta, además, en una desvalorización de tal individuo.

Vemos, entonces, como la discriminación social no sólo es un acto inhumano de intolerancia e incomprensión, sino también irracional en verdad. La discriminación social se torna como problemática cultural porque contribuye a la exclusión social que genera pobreza espiritual, y a la vez, también está presente cuando hablamos de desigualdad social. Rousseau concibe una desigualdad como desigualdad moral o política sosteniendo que ésta es establecida por los propios individuos, y afirma que “ésta consiste en los diferentes privilegios de que algunos gozan, para perjuicio de los otros, tales como ser más ricos, ser más reverenciados, más poderosos que ellos, o incluso de hacerse obedecer por ellos”.[4] Se puede decir que a muchos no se les da una oportunidad, y aquí el problema pasa por el lado de la libertad en tanto que “no hay igualdad de condiciones”. Sólo una sociedad capaz de tolerancia y de autodeterminarse a sí misma en condiciones de igualdad en el más amplio sentido podrá actualizar sus posibilidades para que cada individuo pueda realizar sus propias posibilidades inherentes en armonía con ella.

Por todo ello, es necesario conocer y comprender al otro para aceptarlo, para comunicarnos y vivir en una comunidad fraterna, porque todos convivimos en este mundo. Todas las culturas y cada persona tienen derecho a ser respetados. Hay una gran diferencia entre considerar al otro diferente teniendo en cuenta su situación y su cultura, etnia o religión, y considerarlo inferior por tales diferencias culturales, como si no fuera humano y por ello fuese correcto dejarlo de lado.

La discriminación social, como acción y problemática social se trata, pues, de un prejuicio porque nos adelantamos a juzgar al otro sin conocerlo ya que, si bien somos diferentes, todos merecemos ser respetados y tener igualdad de condiciones como seres humanos que somos, puesto que todos convivimos en este mundo y somos iguales en lo esencial: aquello que es lo que realmente importa.

 

Notas:  

[1] Scheler, Max, El puesto del hombre en el cosmos, página 11, Betiles, Buenos Aires, 1979.

[2] Scheler, Max, El puesto del hombre en el cosmos, página 39, Betiles, Buenos Aires, 1979.

[3] Sartre, Jean-Paul, El existencialismo es un humanismo, página 14, Folio, Barcelona, 2007.

[4] Rousseau, Jean-Jacques, Discurso sobre las ciencias y las artes, Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad entre los hombres, página 77, Losada, Buenos Aires, 2005.

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