Deducción trascendental, el papel de las categorías en las representaciones

 Manuel Cortés Estudiante de Filosofía Universidad de los Andes marduk.osiris@gmail.com

 En la analítica trascendental Kant busca explicar cómo la intuición sensible interactúa con el entendimiento a modo de unidad para constituir el conocimiento humano. El conjunto de categorías que son la base a priori del entendimiento humano es expuesto en el capítulo primero de la analítica de los conceptos. En el presente trabajo nos ocuparemos del apartado sucesivo: la deducción trascendental de dichas categorías, con el fin de aclarar la problemática que suscitan las dos posturas encontradas en la primera y la segunda edición de la Crítica de la Razón pura.

Por “deducción” no debemos entender el sentido lógico que la palabra representa, sino más bien debemos comprenderla, bajo una metáfora jurídica, como la búsqueda del quid juris de algo cuyo quid facti se tiene. Es decir, aquella búsqueda que es llevada a cabo en el texto consiste en remontarse desde el hecho mismo hasta sus condiciones de posibilidad (Gómez, 2010). ¿A qué se refiere Kant con esto? Los conceptos puros del entendimiento que había deducido al comienzo de la analítica no fueron deducidos por vía de la experiencia sino a priori, por lo tanto su legitimidad solo puede ser establecida a priori. Lo que se pretende es demostrar cómo el fenómeno se constituye en nosotros como objeto en la medida en que todas nuestras representaciones se encuentran ungidas por el entendimiento: “Conocer un fenómeno como objeto (…) significa atribuirle una serie de relaciones y de predicados universales y absolutos que desbordan totalmente mi representación concreta y pasajera” (Colomer, 1986, p. 107). No existen fenómenos pasajeros reducibles a una mera afección sensible. Todo objeto se encuentra mediado por el entendimiento, dado que nuestra experiencia humana es posible sólo si tenemos categorías que nos permitan pensar las cosas que se nos dan a la intuición sensible. ¿Pero en qué consiste propiamente el problema al  que la deducción se enfrenta? Kant jamás ha puesto en duda la existencia de los conceptos puros del entendimiento, pero ¿Cómo un concepto puro puede referirse a un objeto de experiencia? Es decir, ¿Cómo es posible tal conexión entre el plano a priori del entendimiento y el perceptivo de nuestros sentidos? Eusebi Colomer nos da una pista de ello: el punto de partida son los siguientes supuestos:

  1. El sujeto sólo puede recibir lo dado de la experiencia mediante la
  2. Con la intuición sensible alcanzamos sólo lo singular, el puro dato de hecho; por tanto, todo concepto abstraído de la intuición sensible es un concepto empírico, incapaz de engendrar ciencia rigurosa alguna.
  3. Un concepto puro es independiente de los datos de la sensibilidad; por consiguiente, se halla en nosotros independientemente de todo influjo de los objetos.

El problema es evidente: por un lado, los objetos no pueden producir conceptos puros, porque de hecho ya no serían puros, sino conceptos empíricos y, por otro lado, los conceptos puros no pueden producir los objetos porque ya no serían conceptos sino más bien invenciones hechas por una intuición creadora. La solución de Kant es ingeniosa al establecer que “los conceptos puros no pueden ser causa del ser de los objetos (entendidos como cosas en sí), pero pueden ser causa del modo como un objeto debe presentársenos para poder ser pensado” (Colomer, 1986, p. 114). En otras palabras, la sensibilidad nos da la materia del objeto, pero el entendimiento es el que nos da su forma. Por lo anterior, es menester, entonces, llevar a cabo una deducción que dé cuenta de aquélla necesidad por la que los conceptos deben dar la forma de los objetos pensados.

En la primera edición, la imaginación trascendental es la facultad que sirve de puente entre la sensibilidad y el entendimiento. Ella es quien nos da la síntesis de la reproducción, a la que el entendimiento añade la síntesis de reconocimiento en el concepto (Colomer, 1986). La conexión entre ambas proviene del entendimiento: “la unidad necesariamente formada por el objeto sólo puede ser la unidad formal de la conciencia que efectúa la síntesis de lo diverso de las representaciones” (Kant, 2006, A105). Solo por medio del entendimiento podemos constituir, unificar los objetos a partir de toda la multiplicidad de los datos que se nos dan en la sensibilidad, pero dicha acción es atravesada por la imaginación trascendental. En efecto, ésta última es la base de todo objeto intuido en una realidad múltiple y contingente de impresiones sensibles. Su función es la de reunir toda esa

diversidad y posibilitar el reconocimiento de cada uno de los objetos de esa pluralidad. Lo que hace el entendimiento es sintetizar, gracias a la imaginación, toda la disparidad de las representaciones sensibles en conceptos normativos que les den coherencia y unidad; éstos son las categorías.

En la segunda edición, Kant rehace todo lo anteriormente expuesto. Aquí el punto de partida es la relación entre la objetividad de la experiencia y su relación necesaria con un sujeto único. El conocimiento objetivo es entendido aquí como determinadas relaciones que guardan las representaciones dadas con un objeto, el cual es aquello cuyo concepto se halla unificado con lo diverso de aquellas intuiciones (Kant, 2006). Conocer consiste “en representarse en un concepto la unidad sintética de una diversidad de fenómenos” (Colomer, 1986, p. 117). Hasta este punto el argumento es el mismo que en la primera edición: tenemos una diversidad dada en la sensibilidad, una unificación y una síntesis de ésta (realizada por el entendimiento), lo que supone un concepto normativo que haga posible la experiencia. La diferencia radica en que el acto de unificación de la diversidad no lo lleva a cabo la imaginación, sino el hecho de que todas las representaciones se refieren a un yo, a una conciencia. Para que el conjunto de datos dados en la intuición sensible se conviertan en objeto de experiencia para , deben hacerse míos, deben volverse conscientes para mí como sujeto único (Colomer, 1986). ¿Qué papel juegan las categorías en todo esto?

En primer lugar, para que todas las categorías puedan tener validez como parte del funcionamiento del entendimiento, ellas tienen que tener una sede unitaria, un yo trascendental. El yo es en un foco unitario en el que desplegamos todo un mundo coordinado por el lenguaje y la percepción sensorial, en donde cada uno de nosotros existe “como inteligencia que es consciente sólo de su facultad de combinación, pero sometida, en lo relativo a la variedad que ha de combinar, a una condición restrictiva llamada sentido interno” (Kant, 2006, B159). Sin embargo el yo trascendental no es lo mismo que el sentido interno, ya que este es una facultad intuitiva que tenemos para poder percibirnos a nosotros mismos como un algo en el tiempo en relación con un sentido externo, el cual se refiere a las cosas que son dadas a la intuición, que no son el yo. El yo trascendental, por el contrario, no se debe entender en un sentido intuitivo, ni ontológico, sino más bien en un

sentido lógico trascendental. Él es un sujeto de conocimiento que sirve como condición común y originaria que acompaña todas las representaciones y que es idéntica a sí misma en todo estado de conciencia (Colomer, 1986). En este punto, el entendimiento es entendido como la unidad de la conciencia en cuanto ésta es puesta en relación con todas las representaciones de la sensibilidad (Colomer, 1986).

En segundo lugar, toda intuición empírica que se halla en la diversidad está determinada por las funciones lógicas del juicio (Kant, 2006). Por la anterior definición de entendimiento, las categorías son entendidas, a su vez, como las diferentes formas con las que la unidad de la conciencia se relaciona con las representaciones sensibles. De ahí que Kant pueda decir que “Lo diverso de una intuición dada también se halla, pues, necesariamente sujeto a las categorías” (Kant, 2006, B143). Las categorías, entonces, solo suministran conocimiento objetivo en la medida que se relacionan con las intuiciones sensibles; es decir, lo logran solo si su aplicación no va más allá de éste ámbito, por lo que ellas sólo sirven ante la posibilidad de un conocimiento empírico (Kant, 2006). Su uso sólo es válido cuando es atribuido a la experiencia.

Ahora bien, ¿este cambio sustancial entre ambas ediciones es para salvaguardar la soberanía de la razón?[1] Lo que está en juego no es simplemente la supremacía de la razón, sino el sentido global de toda la obra kantiana. La tarea que lleva a cabo la imaginación en la primera edición descansa en su relación con la forma pura del tiempo, ya que recorrer y enlazar toda la multiplicidad de las impresiones sensoriales sólo es posible cuando la imaginación las sustrae del plano temporal. Es decir, la condición a priori del entendimiento encuentra su base en la condición a priori de la sensibilidad, por lo que todo el conocimiento reposa sobre la sensibilidad.

Kant vio de inmediato que su proyecto crítico estaba peligrando. ¿Por qué? Recordemos que el motivo por el que fue escrita la Crítica de la razón pura estaba desde el principio asociado con un interés ético. Si Kant se propone ponerle límites a la razón es para darle un sitio a la fe[2], por lo que la razón pura tendría validez en uso práctico. Para que ello sea posible él necesita:

  1. Poner las ideas trascendentes de Dios, la libertad y la inmortalidad fuera del alcance de la razón teórica.
  2. Mantener, pese a lo anterior, un uso puro práctico de la razón que no esté ligado a la condiciones de la intuición sensible (Colomer, 1986).

Lo primero se logra perfectamente en la primera edición, sin embargo, pone en peligro lo segundo. Esto se debe a que las categorías sólo pueden tener valor cognoscitivo dentro del ámbito de la experiencia. Lo que pretende Kant es que las ideas trascendentales se conviertan en objetos trascendentales afirmados por vía de la praxis ética, es decir, que éstas ideas sean utilizadas como instrumentos para pensar ulteriormente dichos objetos. Es por esto que necesita que el entendimiento sea independiente de las condiciones de sensibilidad, de modo que no subordine los objetos trascendentales al plano cognoscitivo de una razón teórica. Podemos ver, entonces, cómo en la primera edición el entendimiento se encontraba, de cierta manera, subordinado a la imaginación trascendental y, por ello, a la forma pura de la sensibilidad del tiempo (Colomer, 1986).

Por lo anterior, la segunda edición busca precisamente asegurar la independencia del entendimiento. Si bien antes la síntesis pura era llevada a cabo por las categorías junto con la imaginación, ésta pasa a ser potestad exclusiva del entendimiento, por lo que la síntesis trascendental de la imaginación es ahora el primer efecto de la acción del entendimiento en la sensibilidad (Colomer, 1986). Al no depender más el entendimiento de la imaginación (de la sensibilidad), las limitaciones que puso Kant a la razón en su uso teórico no van contra la posibilidad de que ésta pueda tener otros usos aparte del epistemológico, por ejemplo el ético-práctico. El problema ahora es cómo justificar que el entendimiento pueda realizar dicha síntesis, cuando ésta no es una función intelectual debido a que se realiza de manera concreta en la intuición. Éste es el problema a tratar en el esquematismo de los conceptos puros del entendimiento.

Bibliografía

  • Colomer, E. (1986). El pensamiento alemán de Kant a Heidegger. Tomo primero, La filosofía trascendental: Kant. Barcelona:
  • Gómez, J. (2010). Diez lecciones sobre Kant. Madrid:
  • Kant, I. (2006). Crítica de la razón pura. (P. Ribas, Trad). México D.F

Notas:

[1] Ver Heidegger: Kant und das Problem der Metaphysik, p 117ss.

[2] “Tuve, pues, que suprimir el saber para dejar sitio a la fe” B XXX

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