Delirios y estereotipos racionalistas en ciencia: cómo combatirlos desde la consiliencia

 

César Marín

Estudiante Doctorado en Ciencias mención Ecología y Evolución

Instituto de Ciencias Ambientales y Evolutivas

Universidad Austral de Chile

Correo electrónico: cesar.marin@postgrado.uach.cl

 

Abstract

La exagerada compartimentación del conocimiento no refleja la realidad sino que es un artefacto de la academia. Esta división extrema, y en específico, la falta de diálogo entre las dos ‘grandes áreas’ del conocimiento, las ciencias y las humanidades, puede estar causada por dos factores: delirios racionalistas de y hacia los científicos, y estereotipos de cómo funciona la ciencia. Un delirio racionalista es afirmar sin mayor pudor que la razón es el atributo más noble del hombre, y que quienes la utilizan, por consecuencia, serán más íntegros, una casta racional y además impoluta. La evidencia muestra que esto en lo absoluto es el caso, y que la mente es como un elefante (intuiciones) y su jinete (razonamiento estratégico), donde hay una interacción compleja entre ambos. El elefante no es déspota pero tiene claramente el control, pero el jinete, con el tiempo, aprende a anticipar las acciones de su elefante. No existe un motivo claro para pensar que los científicos operan de una forma diferente, que no acuden tanto a las intuiciones como el resto de la humanidad, aunque este sea un mito común. Por otro lado desde y hacia la comunidad científica existen numerosos estereotipos sobre qué es la ciencia, que no corresponden a su práctica. Por ejemplo, Karl Popper dispersó con gran éxito el argumento de que sólo es ciencia lo que se pueda inferir deductivamente, pero en la práctica la gran mayoría de científicos hacen inferencias inductivas. Muchas de los grandes cuestiones de la filosofía de la ciencia son debatidas inconscientemente por los científicos al elegir un método estadístico, los cuales lamentablemente no son conocidos por muchos filósofos. Una consiliencia del conocimiento en aras de combatir estos delirios y estereotipos se puede lograr cuando científicos y filósofos empiezan a entender el lenguaje del otro (filosofía y estadística).

 

Palabras clave: consiliencia; deducción; delirio racionalista; estadística; filosofía de la ciencia; inducción.

 

Introducción

Constantemente se habla de una exagerada especialización y fragmentación del conocimiento, y constantemente se utilizan términos como “interdisciplinar” o “multidisciplinar” sin comprender sus implicaciones filosóficas plenamente o llevarlos a la práctica. En ciencias biológicas -por ejemplo- raramente un fisiólogo de plantas trabajará en conjunto con un evolucionista de mamíferos. Esta dañina especialización no se combate forzando la existencia de grupos o proyectos interdisciplinares, que terminarán probablemente enfrentados y produciendo mala ciencia, sino entendiendo las aproximaciones en común al conocimiento, y, sobre todo, desechando viejos estándares y estereotipos sobre la filosofía de la ciencia y el quehacer científico per sé que no aplican en el siglo XXI. Sin embargo, estas aproximaciones comunes no debieran, en ninguna circunstancia, limitarse a la fisiología vegetal y a la evolución de mamíferos, sino ampliarse de forma ambiciosa a todo el conocimiento, especialmente a dos ´ramas´ tradicionalmente enfrentadas: las ciencias y las humanidades -y su unificador, la filosofía. Como bien señala Wilson (1999): “la fragmentación continuada del conocimiento y el caos resultante en la filosofía no reflejan el mundo real, sino que son artefactos de la erudición” (p.8). Este texto pretende identificar algunos de los delirios y estereotipos más comunes de y hacia la práctica científica y ofrecer una posible aproximación desde la consiliencia para enfrentarlos.

 

Delirios racionalistas

El primer -y quizás el más dañino- estereotipo a combatirse en ciencia, es el delirio racionalista (Haidt, 2012, p. 78-79). De forma demoledora, Haidt (2012) argumenta y contraargumenta el delirio racionalista, definiéndolo como: “la idea que la razón es nuestro más noble atributo” (p.78) y que, por consecuencia, para pensadores racionalistas desde Platón, pasando por Kant y hasta Kohlberg, “la casta racional (filósofos o científicos) debería tener más poder” (p.78). Argumentan los racionalistas que la práctica de razonar bien y constantemente sobre asuntos éticos causa buen comportamiento y es una vía segura para la verdad moral. Se podría argumentar entonces, que los filósofos morales -quienes se dedican incansablemente a analizar los principios éticos- debieran tener un comportamiento más íntegro que otras personas. Lamentablemente esto no es así: se ha encontrado que los filósofos morales son más propicios a no devolver libros en librerías públicas, comparados a libros de otras áreas (Schwitzgebel, 2009), y tienen una opinión bastante mala sobre el comportamiento de sus colegas (Schwitzgebel y Rust, 2009). Los filósofos morales tampoco votan más que académicos de otras áreas (Schwitzgebel y Rust, 2010), son igualmente cordiales (no hablar mientras hay una presentación, no golpear la puerta, no dejar basura) que filósofos de otras áreas durante conferencias (Schwitzgebel, Rust, Huang, Moore, y Coates, 2012), y responden correos de estudiantes a la misma tasa que profesores de otras áreas (Schwitzgebel y Rust, 2014). Finalmente, los filósofos morales tampoco son más propensos que otros académicos a asociarse a sociedades académicas, estar en contacto con sus madres, a ser vegetarianos, a donar órganos, sangre y dinero, y tampoco son más honestos al responder cuestionarios (Schwitzgebel y Rust, 2014).

El delirio racionalista sin duda es un estereotipo bastante común desde y hacia la comunidad científica. Muchos científicos se ven a sí mismos como particularmente objetivos, o al menos más que la población general, que a su vez los ve de la misma manera. La formación epistemológica de muchos -quizás la mayoría- de científicos es inexistente. Debiera haber un gris entre el cientifismo radical de los Nuevos Ateos como Sam Harris y Richard Dawkins y el extremo relativismo cognitivo denunciado brillantemente por Bricmont y Sokal (1997) en Imposturas intelectuales. Ese gris intermedio se obtiene de dos formas: por un lado, agrupando la historia y la filosofía de la ciencia, y por el otro, revisando la misma evidencia científica sobre el rol de la razón en la mente.

El 18 de junio de 1858, Charles Robert Darwin recibió una carta de Alfred Russel Wallace en la que este describía exactamente la misma teoría de evolución por selección natural, que Darwin llevaba procesando desde 1831, cuando se embarcó en el HMS Beagle. Pese a llegar a las mismas conclusiones en ambientes tropicales y templados similares, los dos padres de la evolución no podían ser más diferentes: mientras Darwin provenía de una familia victoriana y pudiente, nunca pasó penurias económicas y pudo dedicarse largos años exclusivamente a sus investigaciones, mientras que Wallace desde su niñez hasta incluso después de alcanzar la fama, pasó muchas penurias económicas y tuvo múltiples empleos no científicos para sostenerse. Darwin nació en una familia de financistas, doctores y pensadores (su abuelo Erasmus Darwin es precursor de diversas teorías evolutivas), mientras que Wallace nació en una humilde familia campesina de Wales. Aunque Darwin fue abolicionista y al igual que Wallace denunció en sus escritos el colonialismo -incluso el inglés- sólo Wallace llevó esto al activismo político: durante décadas abogó públicamente por el fin de la esclavitud, el voto de la mujer y estuvo asociado a causas socialistas de la Inglaterra de fines del siglo XIX. Darwin fue transcendiendo al agnosticismo, Wallace al espiritualismo. Darwin tuvo 10 hijos, Wallace tres. Aun con todas estas diferencias, los dos llegaron a los mismos postulados evolutivos, que fueron usados por personajes tan diferentes como Sir Francis Galton (primo de Darwin) para apoyar el movimiento eugenista como por Pyotr Alexeyevich Kropotkin para apoyar sus postulados anarquistas. Esta pequeña revisión histórica -no necesariamente epistemológica- de una de tantas teorías científicas, la de evolución por selección natural, da cuenta qué el múltiple origen ideológico y motivaciones de sus precursores y defensores, permite desestimar posibles sesgos ideológicos, y debiera hacerse a profundidad en otras teorías y áreas del conocimiento.

Respecto al rol de la razón en la mente, debemos remitirnos nuevamente a Haidt (2012), donde resume tal rol en una estupenda metáfora: “la mente está dividida, como un jinete sobre un elefante, y el trabajo del jinete es servir al elefante” (p.14), donde las intuiciones son el elefante y el razonamiento estratégico es el jinete. Haidt (2012, p. 64) reseña seis áreas de investigación experimental (en áreas como neurociencias, teoría de juegos, psicología social, psicología evolutiva, etc.) concluyendo qué: i. el cerebro hace evaluaciones -morales, sociales, psicológicas- instantánea y constantemente, ii. los juicios sociales y políticos dependen enormemente de flases intuitivos rápidos, iii. nuestros estados corporales a veces influyen nuestros juicios morales, por ejemplo, los malos olores y sabores hacen más crítica a la gente, iv. los psicópatas razonan, pero no sienten, v. los bebés sienten, pero no razonan, vi. en el cerebro, las reacciones afectivas están en el lugar correcto en el momento correcto. Todas estas evidencias dejan algo claro: el elefante -las intuiciones- es donde la mayoría de la acción se concentra en nuestras mentes. Tan pronto como vemos o escuchamos las acciones de otra persona, el elefante de inmediato reacciona. Pero el elefante en sí no es estúpido ni tirano, y un jinete -el razonamiento estratégico- habilidoso aprenderá, con el tiempo, a anticipar las acciones de su elefante.

Evolutivamente, el sesgo de confirmación tiene todo el sentido del mundo: necesitamos reafirmar nuestras intuiciones y mostrarnos propensos a no fallar ante los demás. La mente está construida para buscar la reputación, no la verdad. Tanto así, que uno de los cinco mecanismos para la evolución de la cooperación, uno exclusivo para humanos, es la reciprocidad indirecta de acuerdo con un estudio de teoría de juegos de Nowak (2006). La reciprocidad directa consiste en ayudar a un tercero -no relacionado genéticamente- simplemente porque tiene buena reputación, porque a su vez es conocido por ayudar a otras personas o ser alguien con muchas conexiones dentro de la red social (Nowak, 2006; Marín, 2015). La mente, pareciera, está adaptada más para asegurar su reputación y para hacer una buena argumentación, que, para buscar la verdad, especialmente cuando esa verdad la hace quedar mal y disminuye su reputación (Haidt, 2012, p. 78). En las clases de argumentación raramente se enseña a balancear las posiciones de ambos lados, y al contrario se enseña a defender las propias y contra argumentar las contrarias. Ni en el debate científico, filosófico, político y social es común que se consideren simultáneamente posiciones contrastantes. No hay ninguna razón particular para creer que los científicos son (somos) inmunes a todos los procesos mentales mencionados en el anterior párrafo, a los sesgos de confirmación y en general dominio de las intuiciones sobre el razonamiento estratégico.

Esto en lo absoluto quiere decir que debamos abandonar el razonamiento estratégico y ceder plenamente a las intuiciones, sino entender la intrincada relación entre ambos, y entrenar a nuestro jinete (Haidt, 2012, p. 79). En la actividad científica, no debiéramos esperar que cada individuo sea completamente de mente abierta y busque sólo la verdad sin prejuicios e intuiciones hacia el mundo, sino que debiéramos, bajo preguntas o programas de investigación en común, conformar grupos, redes y/o consorcios de investigación diversos en su formación, historias, ideologías, y enfoques frente a la pregunta o programa de investigación en cuestión. De esta forma, es más probable que la verdad, o lo más próximo a la verdad surja como una propiedad emergente de razonamiento grupal.

 

El triste legado de Karl Popper, y estereotipos sociales y filosóficos sobre el quehacer (y método) científico

Existen demasiados estereotipos sobre los científicos en sí y sobre la actividad científica, para describirlos todos en un solo texto. Estos estereotipos se explican en parte por una disonancia entre la práctica científica y la filosofía, historia y epistemología de la ciencia. Diez años en áreas como la biología molecular equivalen a cambios dramáticos no solo de sus métodos de laboratorio, pero también de la forma de ver la vida, de los métodos y filosofías estadísticas utilizadas, y cambios en dilemas éticos respecto a la manipulación genética. Secuenciar el primer genoma humano, el de James Watson (que describió en 1953 la estructura del ADN), tomó 12 años (entre 1990 y 2002) y un costo de USD $ 3.000.000.000. En el 2017, secuenciar el mismo genoma humano toma menos de 3 días y menos de USD $1.000. Un cambio enorme en sólo 15 años, en los cuales, por ejemplo -y con contadas excepciones, la filosofía de la ciencia no ha podido mantener el ritmo. Es aun habitual leer, sobre todo en América Latina, sendos textos referentes a problemas que ya a nadie importan en la comunidad científica, como el problema de demarcación (diferenciar ciencia de pseudo ciencia). La demarcación no es un problema dentro de la comunidad científica, porque las discusiones sobre marxismo, psicoanálisis y evolución, y si sobre estas constituyen o una ciencia (a lo Popper) parecen ya repetitivas y poco conclusivas. Mucha de la filosofía de la ciencia, especialmente la latinoamericana, pareciera enfrascada en este tipo de discusiones que siguen tradiciones y escuelas académicas que parecen no seguir el ritmo a la práctica científica.

Afortunadamente existen excepciones a este escenario que de otro modo sería desolador. Algunas de estas excepciones, por ejemplo en biología, corresponden a biólogos que en algún momento cuestionaron las bases mismas de su quehacer: Ronald Fisher, Sewall Wright, Francisco José Ayala, Stephen Jay Gould, John Maynard Smith, Richard Lewontin, David Sloan Wilson, Humberto Maturana, Edward Osborne Wilson, por mencionar algunos. Pero las excepciones buscadas hacen referencia a filósofos que hayan mantenido el ritmo vertiginoso de la ciencia. Estas excepciones incluyen a Elliott Sober de la Universidad de Wisconsin y a Samir Okasha de la Universidad de Bristol. En Philosophy of Science: a very short introudction (2002), Okasha hace un fascinante recorrido por la filosofía de la ciencia y los principales problemas que enfrenta la comunidad científica. Okasha (2002, p.16) empieza, precisamente, con el infortunadamente popular criterio de demarcación de Popper, señalando que es muy poco plausible que una actividad tan heterogénea como la ciencia, que comprende tantas disciplinas con tantas teorías y estadísticas y análisis y comunidades tan diferentes, tenga un único criterio demarcador. Ni siquiera confesos ‘agrupadores’ (quienes postulan que hay un método científico) como Elliott Sober (2014) llegan a una conclusión definitiva sobre la existencia de parámetros únicos que demarquen claramente lo que es ciencia.

El gran error de Popper fue, precisamente, demarcar lo que es ciencia sin adentrarse de algún modo en la práctica científica. Uno de los criterios de demarcación popperianos que menos sentido tiene, es el de utilizar siempre inferencias deductivas. Lastimosamente así no funciona la ciencia: desde hace décadas se ha establecido que el síndrome de Down es causado por la presencia de un tercer cromosoma en el par 21 (a diferencia de los dos que la mayoría de la gente tiene). Con base a muchos estudios por todo el mundo durante décadas, se ha llegado a la conclusión inductiva de que un cromosoma en exceso causa el síndrome de Down. Sin embargo, desde la (no) lógica de Popper, para llegar a una conclusión debieran observarse los cromosomas de absolutamente todas las personas con síndrome de Down, y aun así no se podría concluir la causa del síndrome, sino falsear su causa. En la práctica, nadie quiere no-afirmar sus conclusiones, o mejor, negar las hipótesis de otro. El principio de gravitación universal de Newton indica que todo cuerpo en el universo ejerce una atracción gravitacional sobre todos los demás cuerpos (Okasha, 2002, p. 22). Newton no pasó su vida midiendo la atracción gravitacional de absolutamente todos los cuerpos del universo, pero infirió inductivamente este principio al observar la relación del sol y los planetas, y de la tierra y la luna. El gran problema con estos planteamientos popperianos es que se enseñan y siguen enseñando como ‘filosofía de la ciencia’ y/o ‘método científico’ sin llegarse a cuestionar mucho por los mismos científicos (‘¿en realidad sólo podemos hacer inferencias deductivas?’), por quienes deciden las políticas públicas sobre ciencia (llegando a absurdos burocráticos como pedir hipótesis de qué especies nuevas para la ciencia se descubrirán en una expedición biológica), y son usados por los críticos de la ciencia en su contra, como si reflejaran la práctica científica moderna.

Se puede demostrar numéricamente lo erróneo que estaba Popper. En un estudio, el Profesor Sven Hansson (2006) seleccionó 70 artículos altamente citados de la revista Nature, publicados en el año 2000, e hizo en orden las siguientes preguntas sobre estos artículos: i. ¿hay una hipótesis que se está poniendo a prueba?, en 21 estudios hubo una hipótesis clara sometida a prueba, pero 49 estudios fueron análisis exploratorios; ii. ¿hay solo dos opciones como respuesta a esta hipótesis?, por ejemplo, opción A=la hipótesis es verificada y opción B=la hipótesis es falseada, 20 de los 21 estudios tenían este esquema de dos opciones, iii. ¿se favorece claramente más una opción que la otra?, 17 de los 20 estudios favorecían claramente más una opción que la otra, iv. ¿es una hipótesis más fácilmente confirmada que otra?, en 9 de los 17 estudios esto fue así, y, finalmente, v. ¿es la falsificación de la hipótesis más fácilmente confirmada que su verificación?, sólo en 2 de los 9 estudios (y de los 70 estudios analizados) fue este el escenario. ¿Qué hizo el Professor Hansson con este análisis? Simplemente aplicar los criterios del mismo Popper para definir qué es ciencia. Aunque su muestra es muy limitada (70 artículos científicos), se puede inferir –inductivamente, irónicamente- que se obtendrían unos resultados similares en el resto de la literatura científica. La práctica científica no es popperiana pero el daño ya está hecho. No sería mesurado o razonable afirmar que todos los otros 68 artículos científicos que no cumplieron los parámetros popperianos, no son ciencia, ni que los millones más que seguramente tampoco los cumplen.

Okasha (2002, p. 24) en respuesta a este caos popperiano recién descrito, acude a la solución radical -pero efectiva- de David Hume: el uso de las inferencias inductivas no puede ser justificado racionalmente de ninguna forma, pero las usamos, todo el tiempo y de forma intuitiva (como argumenta también Hadit, 2012, más arriba en este texto), tanto en la vida diaria como en la ciencia. Muchas inferencias inductivas en conjunto, en espectros espaciales y temporales llevarán a aproximarse a la verdad, aunque de por sí no se puedan justificar racionalmente. Siempre que se utilizan inferencias inductivas, se acude a lo que el mismo Hume denominó ‘uniformidad de la naturaleza’. No es necesario tomar una fotografía de absolutamente todos los cromosomas de las personas con síndrome de Down, para afirmar que se posee una evidencia lo suficientemente fuerte de que una trisomía cromosómica en el par 21 causa el síndrome de Down. No necesito calcular la masa de absolutamente todos los cuerpos del universo y su atracción gravitacional entre sí (como pareciera sugerir Popper a Newton), para afirmar que tengo suficiente evidencia del principio de gravitación universal. La comunicación científica, especialmente al público en general, puede ser uno de los grandes gatilladores de malos estereotipos en ciencia: quizás si los medios de comunicación, las escuelas y por supuesto la misma comunidad científica explicaran la enorme diferencia entre tener evidencias fuertes a tener pruebas de x o y fenómeno de la naturaleza, habría una mejor comprensión de cómo opera la ciencia.

Denunciar las pseudo ciencias claramente es una prioridad del quehacer científico y debiera ser también prioridad de los Estados y las sociedades enteras. Muchas de estas pseudo ciencias representan claros problemas de salud pública (como los anti vacunas, la homeopatía, flores de Bach, etc), y otros representan simples y llanas estafas a las personas (astrología, tele evangelistas, etc). Pero lo que las separa de la ciencia no son los criterios fallidos de demarcación de Popper, que lastimosamente parecen esparcidos y popularizados en todas las esferas imaginables: desde cursos introductorios de estadística y método científico a jóvenes científicos en formación, pasando por la blogósfera, académicos y filósofos de otras áreas, y hasta a figuras públicas como los Nuevos Ateos (Richard Dawkins, Sam Harris, entre otros) que promueven públicamente esta visión distorsionada y poco realista de la ciencia.

Con esta refutación de Popper a través de Hume, Okasha (2002) hace un barrido sobre los problemas filosófica que sí afronta la comunidad científica a diario, casi que sin saberlo: inferencias a la mejor explicación, la relación entre la probabilidad y la inducción, el modelo de explicación de Hempel, la relación entre explicación y causalidad, el reduccionismo, la distinción entre lo observable y lo no observable, las causas indeterminadas y no medidas, entre muchos otros. Quizás estos debates no son conocidos para la comunidad científica con esos nombres exactos, pero sin dudas están presentes al decidir analizar los datos obtenidos de forma bayesiana o con métodos no bayesianos. O al analizar los datos con un modelamiento estructurado de ecuaciones, que tiene una cantidad importante de supuestos de causalidad, o al determinar que los datos presentan una distribución alejada de la normalidad (estadística) y por ende se deben analizar de formas alternativas. Y es altamente probable que toda esa terminología estadística suene extraña y distante para muchos filósofos. Es con esa estadística, y una mezcla de razonamiento e intuición que los científicos diseñan sus experimentos, eligen sus preguntas y analizan sus datos. La filosofía actual de la ciencia, es pues o debiera ser, en realidad la filosofía de la estadística.

Finalmente, un aspecto que pareciera obvio para la comunidad científica pero no tanto así para muchos filósofos en general, es que, un azúcar es diferente a una hormiga y a una constelación. En otras palabras, existen problemas filosóficos muy particulares para la química, la biología y la física (Okasha, 2002, p. 95), que son tan marcadamente diferente que llevan a visiones distintas del universo, la vida y la religión (Marín y D’Elía, 2016) y a estereotipos persistentes. Por ejemplo, a los biólogos evolutivos se les acusa normalmente de ‘deterministas’, cuando el concepto mismo de la selección natural requiere de la indeterminación y el azar tanto de las mutaciones, las migraciones y el ambiente (y acá entra todo: clima, historia, familia, cultura) para operar. Y se vuelve aun más complejo si se actualizaran las críticas de ‘determinismo’ al estatus actual del conocimiento: ahora sabemos que en la gran mayoría de los casos no existe un gen para la estatura (o la capacidad de argumentar, o el color de los ojos), sino interacciones positivas y negativas en redes complejas de genes que llevan a determinada característica sólo si las condiciones ambientales antes mencionadas, lo permiten. A esto se añade un nuevo nivel de complejidad al saber que este mecanismo de interacción entre lo heredado (genes) y el ambiente no sólo ocurre a nivel génico, sino en todos los niveles (desde las moléculas hasta los ecosistemas) de la jerarquía biológica (Marín, 2015; Marín, 2016). Esto representa un problema filosófico particular de la biología (la jerarquía), que, explicado correctamente, combatiría exitosamente los estereotipos contra esta área, como los de determinismo.

 

Conclusión: hacia una visión consiliente del conocimiento

Es difícil terminar de dimensionar el enorme daño que los delirios racionalistas y los estereotipos filosóficos y sociales hacia la ciencia y los científicos le hacen al quehacer de la ciencia y al avance mismo del conocimiento. La forma tradicional de enseñar el método científico no corresponde a la práctica científica, ni tampoco tiene mucho asidero filosófico. Esto causa problemas más allá de debates filosóficos o debates entre académicos: se desincentiva, por ejemplo, los estudios exploratorios (como descubrir nuevas especies, fósiles, elementos químicos), ya que bajo ciertos criterios de demarcación, estos no son ciencia. Pero la ciencia de verdad no puede operar sin dichos estudios exploratorios. Darwin y Humboldt y Caldas y Galileo, todos fueron grandes exploradores, así como Newton y Leibniz utilizaron siempre la inducción. Y todos fueron, claramente, científicos, pese a los mencionados criterios de demarcación. El sostener estos estereotipos y mitos puede incidir negativamente sobre un país: menos jóvenes querrán seguir una carrera donde, desde las administraciones públicas y los financiadores de ciencia, pidan criterios de demarcación que sólo cumplen una inmensa minoría de los estudios científicos.

Tanto las intuiciones controlando el razonamiento estratégico como un elefante controla a su jinete, así como la imposibilidad práctica de hacer siempre inferencias deductivas, llevan a replantear los supuestos que se tienen sobre lo que es la ciencia. Estas grandes cuestiones filosóficos, como los mencionados por Okasha (2002), se debaten contante e inconscientemente en los análisis estadísticos de los estudios científicos. Una aproximación a la realidad surge como propiedad emergente de grupos de académicos, ojalá, con ideologías, ideas, hipótesis, vidas y prejuicios e intuiciones diferentes, y por la incapacidad Humeana de no utilizar siempre inferencias inductivas. Un camino consiliente para combatir estos prejuicios, sería, por ejemplo, que filósofos tomaran cursos y aprendieran estadística avanzada, y que los científicos aprendieran elementos básicos de la filosofía occidental para entender porqué están eligiendo un método de análisis estadístico, y consecuentemente de supuesto filosófico sobre la verdad, sobre el tipo de preguntas que se hace, sobre su diseño experimental y sobre cómo ve el mundo.  Esta integración real de entendimientos, este preguntarse las implicaciones filosóficas de un diseño experimental, por un lado, y de mirar la práctica científica en directo, por el otro, permitiría una conectividad más que necesaria del conocimiento.

 

Bibliografía

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