El valor de la educación artística. Una mirada a la propuesta de Daniel Barenboim sobre el papel de la música en las sociedades

Manuel Cortés

Estudiante de Filosofía

Universidad de los Andes – Bogotá

ma.cortes378@uniandes.edu.co

            Abstract

El presente escrito pretende realizar un análisis de las reflexiones ético-políticas del célebre pianista y director de orquesta Daniel Barenboim en su libro “El sonido es vida. El poder de la música”, y de su postura en torno al papel que podría desempeñar el arte musical en el encuentro entre sociedades y/o culturas. Con esto en mente, se llevará a cabo un análisis sobre la lectura de la Ética de Spinoza que realiza el músico para sustentar su teoría estética y cómo ella representa una alternativa pragmática a los problemas que suscita la discusión sobre alteridad en la Filosofía.

Palabras clave

Spinoza, Barenboim, Ética y alteridad, Música y Filosofía

Para algunos el nombre de Daniel Barenboim puede llegar a ser un poco desconocido, pero en el mundo de la música, en especial la académica o, como suele llamarse coloquialmente, clásica, él ha sido una figura relevante en el desarrollo y difusión de la música por cerca de sesenta años. Para un estudiante de filosofía como yo que posee un mínimo de formación musical fue sorprendente encontrar un libro de él en una feria del libro hace ya unos años. Pero lo que me pareció más interesante aún es que en dicho libro fuera a encontrar una propuesta política a partir de una reivindicación de la educación musical con pequeños matices racionalistas que tienen una fuerte influencia de la Ética de Spinoza. Mi objetivo en este breve escrito no es el de problematizar la propuesta de Barenboim; para algunos puede llegar a ser evidente que el autor de “El sonido es vida. El poder de la música” tiene algunas contrariedades que resolver al formular su propuesta: un manejo del concepto de libertad un tanto vago que es explicado, quizá en exceso, por medio de analogías musicales que no demuestran propiamente sus implicaciones ético-morales; o una convicción un poco caprichosa de que el desarrollo del pensamiento musical nos puede ayudar a resolver muchos problemas de alteridad en las sociedades, bajo el presupuesto de que la música es un lenguaje universal al que todo ser humano, al ser racional y al mismo tiempo emocional, puede acceder y que le permitiría comprender mejor su propia vida y la de los demás.

Estos problemas pueden discutirse más adelante en otro escrito o, si así lo quiere el lector, con un buen café en una amena tarde. Pero lo que quiero poner de relevancia es el valor que tiene el aprendizaje de un arte, entendiéndose éste como un reflejo de la existencia humana que necesita conocimiento, un desarrollo lógico, cuidado, constancia y libertad para su realización. Con este objetivo en mente, expondré unas cuantas tesis relacionadas con la lectura de la Ética de Spinoza en el libro de Barenboim y su influencia en el desarrollo de una forma de concebir la música, no sin antes mencionar una pequeña cuña biográfica de él para entender el porqué de su postura.

Overtura: Allegro giocoso

Daniel Barenboim es un hombre de origen judío consagrado a su oficio y una figura relevante para la música en la segunda mitad del siglo XX. Es un pianista excelente y ha sido reconocido como uno de los más grandes directores de orquestas sinfónicas y óperas de nuestro tiempo[1]. Pero su labor como músico no ha sido lo único que lo ha hecho una persona destacada. Barenboim también ha sido un fuerte activista político y ha luchado por proteger los derechos de los palestinos en el conflicto árabe-israelí. Uno de los proyectos más interesantes en su haber fue la fundación de la West-East Divan Orchestra en 1999, que llevó a cabo junto a su amigo el intelectual palestino-estadounidense Edward Said. Dicha orquesta ha sido una respuesta contra la postura excluyente de la nación de Israel frente a sus vecinos árabes y las acciones que han ejecutado en Palestina. Los músicos que la integran son tanto de origen árabe como israelí, y todos ellos no sólo componen una poderosa orquesta sinfónica, sino que también son personas que tienen una postura crítica frente a las políticas de división en medio oriente.

Con la Divan Orchestra Barenboim ha realizado giras a lo largo del mundo, llevando el mensaje de que es posible la unión y la fraternidad en el Medio Oriente, enfatizando el hecho de que es posible resolver el conflicto armado siempre y cuando las partes busquen la manera de entenderse y, sobre todo, tengan la iniciativa de vivir en paz. Una posible contribución para dicho fin sería enseñarle a las personas cómo comprender lo que es diferente a ellos mismos en el juego de la alteridad que hay entre las distintas culturas por medio de la música.

Scherzo: molto vivace

Barenboim tiene una lectura pragmática de la Ética de Spinoza. Así afirma:

“Spinoza me ayuda a verme a mí mismo y a lo que me rodea de un modo objetivo y hace que la vida sea soportable incluso en la experiencia del sufrimiento; las enseñanzas que presenta la Ética nos permiten percibir el mundo como un lugar manejable” (Barenboim, 2009, p. 54).

Con esta premisa de que el mundo es un lugar manejable, Barenboim apela a las posibilidades que una formación musical le puede brindar a una persona en aras de crear un mundo mucho más ameno. Recordemos que la Ética de Spinoza fue concebida como un proyecto de dominio o liberación de las pasiones, en el que la sensibilidad humana no se encuentra excluida, sino que hace parte íntegra de la comprensión de lo que es la vida humana para la realización plena de la libertad y la felicidad. En ese orden de ideas, la Ética nos brinda las herramientas para llevar a cabo un análisis que nos permita comprender nuestra propia condición en el mundo. Pero este dominio sobre las pasiones, o como las llama Spinoza, los afectos, no es absoluto: tan sólo podemos moderarlos o reprimirlos, y por eso es importante que tengamos un conocimiento previo sobre dicha condición. Si no, ¿cómo podríamos controlar algo que desconocemos?

Al concebir Barenboim la música como una manifestación de lo que es la vida humana, los principios de la Ética se pueden aplicar en la formación musical de una persona. Tomemos por ejemplo la proposición séptima de la cuarta parte: “Un afecto no puede ser reprimido ni suprimido sino por un afecto contrario y más fuerte que el afecto a reprimir” (Spinoza, 2005, p. 190). Barenboim parte de esta tesis para explicar aquello que llama control en la música de manera análoga a la forma como las personas tendrían que dominar sus propios sentimientos desbocados. No es suficiente que una persona comprenda intelectualmente que los celos pueden llegar a ser nocivos para alguien, también es menester que junto al conocimiento de que algo es perjudicial venga consigo una aplicación práctica concreta: contrarrestar el anterior afecto con uno igual o más fuerte que él.

Para Barenboim, este principio de acción aplica de igual manera en la música. Nos dice:

También en la música, el intelecto y la emoción van de la mano, tanto para el compositor como para el intérprete. La percepción racional y emocional no sólo no están en conflicto entre ellas sino que cada una guía a la otra para alcanzar un equilibrio de comprensión en el que el intelecto determina la validez de la reacción intuitiva y el elemento emocional proporciona a lo racional la sensibilidad que humaniza el conjunto” (Barenboim, 2009, p. 54).

Con la finalidad de alcanzar la verdadera libertad, Barenboim adopta la teoría del conatus[2] de Spinoza, que busca integrar todos los aspectos de la vida humana de tal manera que pueda crear un equilibrio emocional dentro de la conciencia para lograrlo. El conatus es la propensión que todo ser humano posee para poder seguir existiendo y mejorarse como individuo, realizando un equilibrio interior entre lo afectivo y lo razonable. Como sostiene el filósofo neerlandés, cuando el conatus se refiere al alma es llamado voluntad (intelecto), y cuando refiere al cuerpo se llama apetito (emoción). De modo que este conatus no es “otra cosa que la misma esencia del hombre, de cuya naturaleza se sigue necesariamente aquello que contribuye a su conservación y que el hombre está, por tanto, determinado a realizar” (Spinoza, 2005, p. 133). En la música podemos entender el valor del equilibrio del conatus en términos de interpretación. El análisis musical de una obra o el conocimiento previo de una partitura son condiciones necesarias para dar rienda a la imaginación de un intérprete. Sería irresponsable para un músico tocar una obra sin realizar un análisis previo que desentrañe el carácter de la pieza con la que tiene que lidiar, adaptarse y acoplarse según las indicaciones del compositor, sin obviar su propio contenido propositivo de la obra en la ejecución, su intención a la hora de tocarla. De esta manera, la interpretación musical se convierte en la búsqueda por determinar algo concreto en la ejecución, en establecer un fin que podríamos llamar bueno en tanto que “nos esforzamos por ello, lo queremos, apetecemos y deseamos” (Spinoza, 2005, p. 134).

Ahora bien, aquello que queremos y deseamos en música se expresan a la manera de un tema, una idea musical que tiene un desarrollo. Por ejemplo, un tema muy famoso es el del primer movimiento de la quinta sinfonía de Beethoven[3]:

No es necesario que el lector comprenda lo que hay propiamente en la partitura. Simplemente puede observar que en ella hay en los cinco primeros compases un patrón en las figuras, el cual es el tema de todo el primer movimiento. Dicho tema es una idea, una expresión del pensamiento del compositor que le ha exigido a él una exploración intelectual constante y un tiempo considerable para reexaminar una y otra vez aquello que ha escrito; lo mismo que le supondría a un intérprete al llevar a cabo la ejecución de la pieza. Es por ello que el intérprete no puede reducir el fundamento de su interpretación a una mera repetición de experiencias que le impongan de manera autómata cómo ejecutar la obra. Él no sólo debe buscar la comprensión intelectual que la pieza le exige, sino que también debe comprender en qué medida la obra misma le afecta emocionalmente, de modo que pueda hacer de su experiencia como intérprete un equilibrio interior que le permita mejorar como músico. De esta manera, el músico transforma la observación en saber, dejando a un lado falsos prejuicios sobre la partitura dado que utiliza la razón para dominar todo pensamiento y emoción relacionado con la obra.

En la Ética, a esto se le llama una vida gobernada por la razón. Sin embargo, puede parecer a primera vista que la razón se convierte en una tirana de las pasiones. Pero a la manera como Barenboim comprende a Spinoza, el conocimiento racional de la música, que es lo mismo que el de la vida, lo que se pone de manifiesto es la amalgama de posibilidades dentro de la interpretación. ¿Qué supone esto? La necesidad de espontaneidad en la ejecución, es decir, “ser lo bastante flexible para adaptar [una] idea de lo que debe hacerse a la realidad del momento” (Barenboim, 2009, p. 63). Realizar un acto espontáneo significa actuar con libertad. Pero este logro no se da en la medida que poseamos libertad de pensamiento, sino que a la luz de la razón podamos aprender a pensar libremente. Tener un conocimiento de causa sobre las emociones para dominarlas sin soslayarlas y encontrar un equilibrio emocional en el conatus nos permitiría desarrollar de manera óptima nuestras propias ideas en aras de alcanzar la libertad como individuos para poder llevar una vida más dichosa.

Finale: Allegro con brio

La constitución de una nación podría compararse a una partitura y los políticos a sus intérpretes, que constantemente tienen que actuar y reaccionar según principios enunciados en ella. En una democracia, el pueblo puede debatir sobre la constitución y adaptarla a los tiempos cambiantes, como si fuese una sinfonía compuesta colectivamente” (Barenboim, 2009, p. 62).

La política es como la armonía en la música. Dentro de ella hay un juego de relaciones entre disonancias y consonancias que construyen entre ellas una idea de lo que es una sociedad. En un sistema político democrático ideal existe un diálogo constante entre las distintas partes que tienen voz dentro de la sinfonía política. Y, como en el Conatus, las decisiones que se toman dentro del organismo político están guiadas por los correctos razonamientos que canalizan los afectos dentro de la sociedad con la finalidad de obtener un mayor bienestar en comunidad. Para que todo ello sea posible, se necesita que los miembros dentro de una sociedad democrática tengan las suficientes capacidades intelectuales, emocionales e intuitivas para poder definir de manera objetiva el curso de acción idóneo de las cosas. Según Barenboim, la mera educación técnica y administrativa que impera actualmente no puede llegar a concretar estas exigencias, por lo que es necesario darle una mayor participación a la educación artística para que los individuos en una sociedad tengan todo a disposición, y puedan pensar libremente sobre qué rumbo tomar como miembros de una gran colectividad.

A mi modo de ver, Barenboim exige una mayor atención a la formación musical en tanto que ella nos permitiría desarrollar nuestras habilidades sociales y nos permitirían convivir mejor entre todos. Él nos dice:

La educación del oído es quizá mucho más importante de lo que podemos imaginar no sólo para el desarrollo de cada individuo sino también para el funcionamiento de la sociedad y, por tanto, también de los gobiernos. (…) La capacidad de escuchar varias voces al mismo tiempo captando la exposición de cada una de ellas por separado, la capacidad de recordar un tema que hizo su primera entrada antes de un largo proceso de transformación, [etc] (…). Quizás el efecto acumulativo de estas habilidades y capacidades podría formar seres humanos más aptos para escuchar y entender varios puntos de vista al mismo tiempo, más capaces de valorar cuál es su lugar en la sociedad y en la historia, y seres humanos con más posibilidades de captar las similitudes entre todas las personas que las diferencias que las separan” (Barenboim, 2009, p. 51)

Es muy discutible el hecho de que la educación musical realmente tenga esta sorprendente capacidad de crear sujetos con estas características. De hecho, Baremboim parece reconocer que este tipo de educación es limitada cuando se pregunta “¿cómo puede explicarse que Hitler fuera capaz de enviar a millones de personas a la cámara de gas y sin embargo se le saltaran las lágrimas cuando escuchaba música?” (Barenboim, 2009, p. 136). Apelando nuevamente a Spinoza, Barenboim aboga por una mayor comprensión de la música para superar esta situación; es decir, en tanto que apelamos a la razón para educar mejores seres humanos, “tenemos que aprender a ver la música como vemos la existencia humana” (Ibid).

La educación musical no es suficiente para resolver todos los problemas de este mundo: es verdad, no podemos reducir todas las soluciones a ella. Sin embargo, la música nos ofrece una perspectiva sobre la vida que nos permitiría comprenderla mejor, al igual que todas las demás labores del hombre. Si puedo sacar una conclusión propiamente de la lectura de este libro ha sido que la educación artística tiene un mayor sentido en el instante de encuentro con las demás disciplinas, lo que a mi modo de ver nos lleva a una redefinición del concepto de lo interdisciplinario: compartir el mundo con los otros desde mi asiento, comprendiéndolos. La crítica de Barenboim a la educación actual me parece que es contundente, y desde esta perspectiva es muy problemático concebir la educación de una manera excluyente.

Para finalizar, quiero decir que así como el saber propio de la ciencia no es exclusivo de los científicos, ni el del arte de los artistas, la filosofía no es un mundo exclusivo para las personas con formación filosófica. Todo lo contrario, la filosofía está abierta para aquél que está dispuesto a “amar la sabiduría” que para mí es lo máximo a lo que los seres humanos pueden llegar. Es decir, y parafraseando un poco a Kant en su Opus postumun, no creo que podamos llegar a ser propiamente sabios, mucho menos si hay exclusión entre las labores humanas y pensamos vivir de manera no interdisciplinaria. Del mismo modo, tampoco podemos vivir sin conocimiento sobre las cosas del mundo, sean ellas nosotros mismos o todo aquello que consideramos perteneciente al campo de la alteridad. Si el conocimiento no nos permite solventar totalmente los problemas que surgen a lo largo de la existencia humana, por lo menos nos ayuda a llevar una vida más amena. En el aprendizaje de un arte podemos hallar herramientas que nos permitan desenvolvernos mejor en la sociedad y con aquello que es diferente, distinto de nosotros. En virtud de esta aspiración es que la propuesta de Barenboim tiene sentido.

Bibliografía

Barenboim, D (2009).  El sonido es vida. El poder de la música (Dolors Udina, Trad.) Bogotá: Grupo Editorial Norma.

Spinoza, B (2005) Ética demostrada según el orden geométrico (Atilano Domínguez, Trad.) Segunda edición. Madrid: Trotta.

Notas: 

[1]Si el lector está interesado en saber más sobre Daniel Barenboim puede consultar su página web: http://www.danielbarenboim.com/

[2] Conatus, -us, m: Inclinación, instinto natural; empresa o esfuerzo bien sea físico, moral o intelectual.

[3] El lector puede encontrar en el siguiente link esta sinfonía interpretada por Barenboim junto a la
West–Eastern Divan Orchestra: https://www.youtube.com/watch?v=jv2WJMVPQi8

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