La solidez o debilidad del materialismo eliminativo: un examen de las objeciones provenientes del funcionalismo

 

The Strength or Weakness of Eliminative Materialism: An Examination of the Objections from the Functionalism

 

Juan Fernando Álvarez Céspedes
juan.alvarez29@udea.edu.co
Estudiante del Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia

 

Resumen: Este artículo tiene un doble propósito: exponer los elementos básicos del materialismo eliminativo de Paul Churchland y examinar las objeciones que el funcionalismo ha planteado a tal perspectiva. Para la consecución de este doble propósito divido mi trabajo en tres secciones. En la primera presento la principal pretensión de la vertiente eliminativista, a saber, la eliminación de la psicología popular. En la segunda sección esbozo la postura funcionalista y, asimismo, muestro algunas de las principales objeciones que desde el funcionalismo se le ha hecho al materialismo eliminativo. En la última sección recojo las conclusiones que arroja el texto.

Palabras claves: Filosofía de la mente, Paul Churchland, Hilary Putnam, materialismo eliminativo, funcionalismo, psicología popular.

Abstract: This paper has a dual purpose: to expose the basics elements of Paul Churchland’s eliminative materialism and to examine the objections that the functionalism has directed to such perspective. In order to achieve this dual purpose I divide my work into three sections. In the first section I present the principal claim of the eliminative materialism: the elimination of popular psychology. In the second section I expose the functionalist position and also I show some of the main objections that this position has directed against eliminative materialism. In the last section I present the conclusions of this paper.

Key words: Philosophy of mind, Paul Churchland, Hilary Putnam, eliminative materialism, functionalism, folk psychology.

 

“La psicología folk es una prima moderna de un viejo amigo: la astronomía ptolemaica. Ésta sirve a los propósitos de predicción aproximada suficientemente bien, para un importante pero parroquial rango de fenómenos. Pero ésta tergiversa lo que realmente está pasando” (Churchland, 2007, p. 24).

 

  1. El materialismo eliminativo: la pretensión de una eliminación teórica

El materialismo, en general, deposita gran confianza en la ciencia –en particular en las neurociencias– para dar cuenta de la naturaleza de los estados mentales. Esta confianza y apelación al conocimiento científico se justifica haciendo referencia al gran éxito que tal conocimiento ha tenido en el consenso intelectual en medio de grandes disputas intelectuales (Cf. Armstrong, 1980). Si bien en este trabajo me interesa esclarecer de manera general los elementos esenciales del materialismo eliminativo, hay que reconocer que la propuesta eliminativa es sólo una vertiente entre otras. Con miras a aclarar la vertiente eliminativista es conveniente trazar la distinción entre materialismo reduccionista y materialismo eliminativo.

Así pues, el materialismo reduccionista propone que cada estado y proceso mental es idéntico a un estado y proceso físico del cerebro. De modo que este materialismo busca llevar a cabo una reducción interteórica, esto es, proponer una nueva teoría de los estados mentales más eficaz que aún utilice las proposiciones y principios de una teoría anterior, la psicología popular, lo cual podría llegar a permitir, como explica Paul Churchland (1999), “aprehender exactamente la misma realidad que el marco anterior describía en forma incompleta, pero con un nuevo marco de referencia conceptual más lúcido” (p. 52). Un posible ejemplo de reducción interteórica es el del calor de un cuerpo, pues hoy se sabe que el calor de un cuerpo es la energía del movimiento de las moléculas que lo compone, es decir, el calor es idéntico al alto valor medio de energía cinética molecular.

Ahora bien, el materialismo eliminativo rechaza las pretensiones de los teóricos de la identidad mente-cerebro, pues lo que se busca no es una reducción interteórica, sino una eliminación teórica. El materialismo reduccionista pretende mostrar que los conceptos de la psicología popular (creencia, deseo, conciencia, intención, etc.) se pueden explicar en términos de la neurociencia. No obstante, el materialismo eliminativo plantea que esta correspondencia que requiere la reducción interteórica no es adecuada, debido a que el marco conceptual de la psicología popular contiene una concepción falsa, engañosa e incompleta de la naturaleza de nuestra actividad cognitiva y de nuestra conducta.

El materialismo eliminativo deposita gran confianza en la investigación neurocientífica, en la medida en que ésta podría dar cuenta de manera adecuada de la naturaleza de la mente a través del estudio del cerebro. Para el materialismo eliminativo es imposible que la adecuada explicación que pueda llegar a ofrecer la neurociencia proporcione categorías teóricas que se correspondan con las categorías de la psicología popular. La tarea es, pues, eliminar de la explicación a tal psicología. Paul Churchland (1999) plantea que esta pretensión de eliminación teórica no es nueva y que en la historia ya se ha visto casos de eliminación. Por ejemplo, en el siglo XVIII y a comienzos del XIX se creía que el calor era un fluido que transitaba en los cuerpos y, además, había una teoría que explicaba este fenómeno de manera relativamente satisfactoria. Empero, a finales del siglo XIX se mostró que era más adecuado explicar el calor en otros términos nuevos, pues se predecía con mayor exactitud la conducta térmica de los cuerpos. Esta nueva teoría sostenía que el calor no era un fluido, sino la energía que resultaba del movimiento de una gran cantidad de partículas. De modo que la teoría que concebía el calor como un fluido que transitaba en los cuerpos fue eliminada.

El materialismo eliminativo plantea que la psicología popular debe ser eliminada; pero, ¿qué es la psicología popular? Churchland plantea que es una teoría producida por el sentido común que puede ofrecer, de alguna manera, explicaciones y predicciones de ciertos asuntos que han preocupado a la filosofía de la mente: la conducta, el problema mente-cuerpo, la intencionalidad de los estados mentales, etc. Así pues, las personas del común pueden explicar e, incluso, predecir fácilmente la conducta de otras personas haciendo referencia a las creencias, deseos, temores, intenciones, percepciones que tienen las personas. Esta teoría del sentido común presupone leyes que conectan las explicaciones y predicciones con la conducta o con el fenómeno que se considere.[1] Aquellas leyes derivan de, por ejemplo, preceptos familiares que se inculcan desde la niñez y, en general, del cuerpo de saberes populares que compartimos tácitamente por el mero hecho de ser individuos que pertenecemos a una sociedad.

Además, dentro del núcleo teórico de la psicología popular se encuentran las actitudes proposicionales, las cuales son estados mentales que pueden ser expresados en una proposición. Dos ejemplos claros son las creencias y los deseos. Estos dos términos (creencia y deseo) los utilizamos cotidianamente y nos permiten relacionarnos con los otros. De manera que, como es de esperarse, la psicología popular es una teoría que goza de amplia aceptación, tiene ciertas ventajas explicativas y pragmáticas y, asimismo, es una teoría socialmente apoyada y protegida. Empero, tal apoyo y protección proviene, según el materialismo eliminativo, de una concepción inocente y estrecha de lo que es la mente. A propósito de esto Paul Churchland plantea que:

El teórico de la identidad espera, con optimismo, que la psicología popular sea fácilmente reducida a la neurociencia completa y que su ontología se preserve en virtud de identidades transteóricas. (…) [E]l materialista eliminativo es (…) pesimista acerca de la perspectiva de reducción, pero su razón es que la psicología popular es una explicación radicalmente inadecuada de nuestras actividades internas, demasiado confusa y demasiado defectuosa como para sobrevivir a una reducción interteórica. (Churchland, 1981, p. 49)

En Eliminative Materialism and Propositional Attitudes el autor citado plantea tres argumentos por los cuales sostiene la tesis según la cual la psicología popular es una teoría errónea, engañosa e incompleta. El primer argumento tiene que ver con que si bien la psicología popular es una teoría que logra explicar y predecir algunos fenómenos, tiene graves falencias explicativas y predictivas con respecto a otros. Tales fenómenos son la memoria, el proceso de aprendizaje, el sueño, las enfermedades mentales, etc. Este primer argumento muestra, en resumen, que muchos de los elementos del marco conceptual de la psicología popular siguen siendo un misterio. El segundo argumento que ofrece Churchland es que la historia de la psicología popular da cuenta de cierto estancamiento, decadencia e infertilidad, es decir, tal teoría existe hace más de 2.500 años y los misterios mencionados en el primer argumento permanecen como tales y, por tanto, no se ha podido aprender a manipular esos fenómenos. Dicho de otra manera, a partir de la psicología popular no sabemos qué son las enfermedades mentales ni tampoco sabemos cómo curarlas o tratarlas. La pregunta que surge aquí es ¿por qué tal teoría con las falencias señaladas ha permanecido durante tanto tiempo? Una posible respuesta tiene que ver con que la psicología popular se enfrenta a problemas muy difíciles y, a pesar de sus falencias, ésta permite hacernos una idea de lo que son algunos de aquellos problemas y manejarlos de alguna manera en nuestra cotidianidad (Cf. Churchland, 1999, p. 81). El tercer argumento de Churchland es que la psicología folk no tiene ni coherencia ni continuidad con otras teorías que se han ocupado de problemas semejantes, pero que carecen de falencias explicativas, descriptivas y predictivas. Algunos ejemplos son: la neurociencia, la biología y la teoría de la evolución.

En suma, el materialismo eliminativo de Churchland muestra que si nuestra pretensión es comprender de manera adecuada nuestra actividad cognitiva –y, en últimas, a nosotros mismos–[2] se debe llevar a cabo la eliminación de la psicología popular. Sin embargo, la eliminación teórica no puede ser el primer paso hacia la correcta comprensión de nuestros estados internos, pues “(…) esta eliminación no podrá tener lugar hasta que se cuente con una concepción alternativa, puramente neurofisiológica, que ofrezca mejores resultados” (Gomila, 1990, p. 246).  Más que en cualquier otro campo del conocimiento, el materialismo eliminativo promueve la investigación en neurociencia, pues esta disciplina representa, en buena medida, el campo del que surgirá una correcta teoría de nuestros estados mentales.

 

  1. El funcionalismo y las objeciones al materialismo eliminativo: Churchland vs. Putnam.

El materialismo eliminativo, en general, ha sido blanco de crítica desde muchas perspectivas y una de ellas es el funcionalismo. Éste sostiene que los estados mentales no son estados físico-químicos que se dan en el cerebro de un organismo ni tampoco son disposiciones conductuales, sino que los estados mentales son, más bien, estados funcionales de todo un organismo (Cf. Putnam, 1981, p. 11). Ahora bien, a un estado se le llama funcional, debido a que éste no se define por sus características internas o físicas, sino por sus relaciones causales que constituyen la función de un estado mental X. Dicho en términos de Ned Block (1996), “el funcionalismo metafísico caracteriza los estados mentales en términos de sus roles causales, (…) en términos de sus relaciones causales con estimulaciones sensoriales, outputs conductuales y otros estados mentales” (p. 32). El funcionalismo, para reconocer y estudiar los estados mentales, tiene como base a la conducta de los individuos. Esta perspectiva posibilita identificar los estados mentales con estados funcionales, los cuales permiten explicar las disposiciones conductuales de un organismo sin identificar a los estados mentales con las disposiciones mismas.

Hilary Putnam (1981) rechazó la identidad entre estados mentales y estados cerebrales debido a lo problemático que resultan las pretensiones de esta perspectiva de la identidad y la validación de esas pretensiones. Putnam señala que la hipótesis de la identidad pretende mostrar que todos los estados mentales son estados cerebrales. De modo que si sólo un predicado psicológico puede aplicarse a dos individuos –pertenecientes a especies diferentes– y tal predicado tiene un correlato físico diferente, entonces tal hipótesis debe ser descartada.  Respecto al materialismo eliminativo, Putnam (1964) dirige la primera objeción que será tratada en este artículo, a saber, que la psicología popular no es una teoría que se pueda corregir ni eliminar. Así pues, en 1964 la psicología popular es caracterizada por Putnam como una teoría psicológica implícita que subyace al uso ordinario de los términos psicológicos y que, además, tiene consecuencias empíricas (Cf. Putnam, 1964, p. 681). El autor sostiene, incluso, que los términos psicológicos están implícitamente definidos en el lenguaje ordinario y ello permite la construcción de los postulados de la psicología popular. Ahora bien, tal psicología postula que algunos estados internos están relacionados entre sí y con el comportamiento. Algunos ejemplos de esos postulados son, según Putnam, los siguientes: (i) un hombre en un estado de enojo se comportará de manera agresiva, excepto si tiene razones de peso para reprimir su enojo y una habilidad en el control de sus sentimientos, (ii) los insultos tienden a provocar en el hombre un estado de enojo y (iii) muchas personas son malas en el control de sentimientos fuertes como la ira.

¿Se aclara con esto qué es el estado mental de enojo? Una respuesta desde el enfoque del materialismo eliminativo es, obviamente, negativa. Como mostré en la primera sección de este texto, Churchland plantea que la psicología popular puede llegar a ser útil para desenvolvernos en las relaciones interpersonales que se presentan en la cotidianidad. Sin embargo, ésta es una teoría considerablemente problemática cuando se trata de aclarar la naturaleza de nuestros estados internos. De modo que, a pesar de que Putnam defienda la consistencia de la psicología popular, ésta debe ser eliminada, ya que la pretensión de comprender los fenómenos de la mente (cerebro) requiere otro tipo de teoría más sofisticada que dé cuenta de la verdadera naturaleza de los estados mentales.[3]

No obstante, desde coordenadas funcionalistas se han presentado otras dos objeciones. La segunda objeción que se abordará en este artículo consiste en que la psicología folk no puede ser eliminada, debido a su carácter normativo. Dicho de otra manera, la psicología popular aclara y delimita lo que es tener una creencia, un deseo, etc. y, además, aclara y delimita la manera correcta de gobernar tanto a los deseos, como a las creencias. Nuestra racionalidad se define en relación con actitudes proposicionales, así que eliminar tal teoría resultaría, incluso, perjudicial. Igualmente, esta objeción plantea que los resultados de la neurociencia pueden enriquecer la psicología popular, pero no eliminarla.

La tercera objeción al materialismo eliminativo que hace el funcionalismo plantea que la psicología popular no puede ser eliminada, debido a su naturaleza abstracta. Como plantea el funcionalismo, la psicología popular caracteriza los estados internos en términos abstractos y no en términos de su constitución física. Esto quiere decir que los estados mentales son caracterizados desde la red de relaciones causales que se dan entre estos estados y, asimismo, en dicha caracterización se apela a la conducta y a las circunstancias sensoriales.[4] De acuerdo con el funcionalismo, este panorama pone en ventaja a la psicología popular, ya que le permite explicar los estados internos en mayor número de organismos o sistemas cognitivos, los cuales difieren de manera radical en su constitución física, pero no en su naturaleza abstracta. En últimas, no tiene sentido eliminar una teoría que tiene esta ventaja explicativa.

¿Cuál es la respuesta del materialismo eliminativo de Paul Churchland a la segunda objeción planteada por el funcionalismo (la objeción del carácter normativo de la psicología popular)? Por un lado, el autor plantea que el elemento que se suele proponer para dar cuenta del carácter normativo de la psicología popular es que su núcleo intencional, compuesto por las actitudes proposicionales, establece ciertas regularidades que son dichas de relaciones lógicas entre proposiciones. Empero, tal elemento no constituye un fundamento adecuado para revelar el supuesto carácter normativo de la psicología popular, puesto que las relaciones lógicas entre proposiciones sólo son, en principio, planteamientos objetivos sobre algo (Cf. Churchland, 1999).

Paul Churchland plantea que el componente normativo sólo se introduce cuando el hombre valora las pautas que plantea la psicología popular. El problema con la valoración es que el hombre ni siquiera valora todas las pautas de la psicología popular. Asimismo, la valoración es algo relativo, es decir, es algo que es susceptible de múltiples modificaciones. La existencia del aspecto normativo y éste por sí mismo son, entonces, elementos problemáticos. Por otro lado, las “leyes” de la psicología popular plantean, en realidad, una racionalidad confusa, incompleta y superficial. La postulación de una racionalidad ideal en tal psicología, como plantea la primera de las objeciones del funcionalismo, no tiene sentido.

Así pues, si se quiere alcanzar una comprensión más adecuada de nuestra actividad cognitiva, se debe ir más allá del marco conceptual de la psicología popular y dudar de las posibles pautas que plantee una teoría de nuestros estados internos basada en el sentido común. Ahora bien, esto no quiere decir que el materialismo eliminativo no preste atención al ámbito normativo de la teoría. Lo que quiere decir esto es, más bien, que la normatividad tiene que constituirse teniendo como base una teoría que permita la comprensión correcta de los fenómenos cognitivos. Este nivel de comprensión requiere, a su vez, del trabajo investigativo en neurociencia. En algunas ocasiones se suele creer que lo anterior significa que el materialismo eliminativo pretende eliminar, también, el trabajo filosófico de las indagaciones acerca de nuestros estados mentales. Si bien la apuesta del materialismo eliminativo llega a apelar a campos del conocimiento como la neurociencia y las ciencias cognitivas, esta postura plantea que la comprensión de nuestra mente (cerebro) es un trabajo interdisciplinar en el que la filosofía no se elimina de la investigación. Otra materialista eliminativa llamada Patricia Churchland (2002) da cuenta de que en la investigación de lo que es el cerebro “(…) la filosofía es útil a menudo en la medida en que muestra dónde permanecen los campos minados de la lógica” (p. X). Así que la filosofía debe aclarar e incluso justificar los conceptos que se emplean en la investigación del cerebro.[5]

En cuanto a la tercera objeción que plantea el funcionalismo al materialismo eliminativista (la objeción de la naturaleza abstracta de la psicología popular), éste responde que los funcionalistas confieren, erróneamente, un carácter estipulativo a la psicología popular (Cf. Churchland, 1981, pp. 85-86). En otras palabras, el funcionalismo considera que los organismos y demás elementos de la experiencia deben adecuarse a la organización que plantea la psicología popular. Cuando, en realidad, debe ocurrir que una teoría se adecúe de la mejor manera posible a aquello que pretende explicar, describir y predecir. De modo que la psicología popular debe describir fielmente las actividades internas de los múltiples sistemas físicos. Empero, el funcionalismo busca comprobar la veracidad de los principios de esta teoría del sentido común, por lo que construyen artefactos para “(…) satisfacer requisitos preconcebidos” (Churchland, 1981, p. 55). No es de extrañarse, pues, que Putnam diga que “(…) investigar esta hipótesis [la del funcionalismo] consiste en tratar de producir modelos mecánicos de organismo y, después de todo, ¿no es esto acaso lo que persigue la psicología?” (Putnam, 1981, p. 14).

Las objeciones que plantea el funcionalismo, afirma Churchland (1981), se deben a su naturaleza conservadora. Con esta expresión el autor quiere decir que las críticas del funcionalismo son problemáticas en la medida que son una petición de principio en favor de un antiguo marco conceptual que la tradición nos ha legado. Ahora bien, las dos objeciones anteriores no son las únicas que constituyen peticiones de principio. Desde otros frentes el materialismo eliminativo ha tratado de ser refutado de manera equívoca al apelar a peticiones de principio. Por ejemplo, una de las críticas que a dicha postura se le hace es la que plantea que la introspección revela directamente la existencia de dolores, creencias, deseos y temores, es decir, de actitudes proposicionales. Como se ve, esto es una petición de principio, porque se insiste en la validez de la observación interna de nuestros estados internos interpretándolos con los conceptos de la psicología popular.[6] Al materialismo eliminativo se le suele adscribir una incoherencia, es decir, esta crítica concede que es verdad lo que tal postura sostiene, es decir, que los estados mentales como las creencias o intenciones no existen; pero, si esto es verdadero, entonces el enunciado es incoherente, porque éste ya expresa una creencia y una intención. Nuevamente, esta crítica es una petición de principio. Si el materialismo eliminativo es correcto, como lo concede la crítica, entonces el sinsentido de éste no puede señalarse desde la psicología popular.

 

III. Conclusiones: ¿solidez o debilidad?

Como mostré en este texto, una de las pretensiones principales del materialismo eliminativo es la eliminación (y no la reducción) de la psicología popular. Paul Churchland plantea que la eliminación teórica que pretende esta corriente podría ser análoga a la que llevó a cabo la química elemental de Lavoisier y Dalton respecto a la alquimia (Cf. Churchland, 1981). Esta última planteaba que había cuatro elementos o espíritus esenciales de la materia inanimada: el mercurio, la sal, el arsénico y el sulfuro. Cada uno de estos espíritus si se presentaba en la constitución de un cuerpo hacía que éste tuviese X o Y características distintivas. Estos espíritus constituían lo que hoy llamamos estados funcionales, pues éstos funcionaban en una red causal que se modificaba en virtud de su interrelación, lo cual presentaba a los cuerpos de una u otra manera. No obstante, la alquimia tenía defectos considerables, el principal de ellos era el poco control y la poca predicción sobre los fenómenos y cuerpos naturales. Esto se debía, en buena parte, a que su componente teórico se construyó a partir de lo que le prescribía la acción desordenada sobre la materia. Así pues, la teoría nunca mostró cómo se debía proceder en la investigación sobre la materia. Resultado de todo esto fue una teoría problemática. Empero, ésta fue eliminada por los avances en química que hubo a lo largo de los siglos XVII, XVIII y XIX.

En este trabajo recogí algunas de las críticas que el funcionalismo le ha planteado al materialismo eliminativo: (i) la psicología folk no es corregible ni eliminable, pues ésta es útil en nuestra misma cotidianidad; (ii) el carácter normativo de la psicología folk no permite su eliminación; (iii) tal teoría no puede ser eliminada, debido a su naturaleza abstracta; (iv) la introspección revela la existencia de actitudes proposicionales, y (v) hay una incoherencia en el materialismo eliminativo al pretender negar la existencia de creencias e intenciones a través de una creencia y una intención. Asimismo, di cuenta de que todas estas críticas no muestran al materialismo eliminativo como una postura débil. Lo que es débil es, más bien, las objeciones anteriores, pues todas constituyen una petición de principio a favor de una teoría antiquísima. Concluyo, entonces, que hay más posibilidades de catalogar la postura materialista eliminativa como sólida, aunque hay que tener en cuenta que –como dice Gomila (1990)– “la clave [y el éxito] de esta posición (…) gira sobre el propósito de la falsedad de esta concepción [la de la psicología popular]” (p. 244).

Pero, ¿es del todo sólido lo propuesto por el eliminativismo? Una de las falencias de esta postura es presentada por el mismo Paul Churchland en su libro Materia y conciencia. Allí el autor da cuenta de la objeción consistente en hacer una montaña de un grano de arena (Cf. Churchland, 1999, p. 84). Tal objeción muestra que el materialismo eliminativo exagera los defectos de la psicología popular y disminuye el valor de sus éxitos. La pretensión de eliminar a gran escala dicha psicología es demasiado ambiciosa, tanto que no podría conseguirse plenamente, al parecer. ¿No sería más prudente y no tendría más sentido plantear que, gracias a los descubrimientos de las neurociencias, algunos conceptos de la psicología popular sean evaluados y, posteriormente eliminados? Churchland afirma, pues, que esta objeción tal vez es correcta. A pesar de eso, el autor sostiene que la investigación en neurociencias tendrá aquí la última palabra.

Referencias

Armstrong, D. (1980). The Nature of Mind. Brisbane: University of Queensland Press.

Block, N. (1996). What is functionalism? London: Macmillan

Churchland, P. (1981). Eliminative Materialism and Propositional Attitudes. Journal of Philosophy, 78, 77-90.

Churchland, P. (1999). Materia y conciencia. Introducción contemporánea a la filosofía de la mente. Barcelona: Gedisa.

Churchland, P. (2007) Neurophilosophy at Work. USA: Cambridge University Press.

Churchland, P. S. (2002). Brain-Wise: Studies in Neurophilosophy. USA: The MIT Press.

Gomila, A. (1990). El materialismo eliminativista de los Churchland. Contextos, VIII (15-16), 241-259.

Putnam, H. (1964). Robots: Machines or Artificially Created Life? The Journal of Philosophy, 61 (21), 668-691.

Putnam, H. (1981). La naturaleza de los estados mentales. México: UNAM.

Rodríguez, A. (2002). La neurofilosofía como punto de encuentro entre filosofía y neurociencias. Contrastes. Revista interdisciplinar de filosofía, 7, 149-166.

Notas:

[1] Para ver la solución que puede dar la psicología popular a los otros problemas: Cf. Churchland, 1981, pp.44-49.

[2] El materialismo eliminativo no se centra única y exclusivamente en proponer una teoría diferente y adecuada del cerebro, sino que, como dice Gomila (1990), “(…) Churchland es bien consciente de que la posición que está defendiendo implica una total modificación de nuestras autoconcepciones” (p. 253).

 

[3] Un comentarista como Antoni Gomila (1990) dice acertadamente a propósito de esto que, para Churchland,  “(…) no hay ningún marco conceptual, ningún lenguaje privilegiado, insustituible. Ni siquiera nuestras autoconcepciones (…) estarían libres de la contaminación conceptual, por lo que incluso aquellos aspectos de nuestra concepción de sentido común que nos parecen más indudables, y que constituyen nuestra comprensión de nosotros mismos, serían teóricos y eliminables” (p. 250).

[4] El asunto de lo abstracto en la psicología popular puede ser ejemplificado con las características que, desde el funcionalismo, debe de tener una caracterización del dolor: “el dolor es identificado con una propiedad causal abstracta atado al mundo real solamente a través de sus relaciones, directas e indirectas, con inputs y outputs” (Block, 1990, p. 32).

[5] Para un mayor desarrollo de la tarea de la filosofía en el marco de la propuesta del materialismo eliminativista: Cf. Rodríguez 2002.

[6] “(…) [E]ste argumento comete el mismo error que comete una persona que viviera en la época antigua o medieval si insistiera en que podía ver con sus propios ojos que el cielo constituye una esfera giratoria, o que las brujas existen” (Churchland, 1999, p. 83).

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