Los hombres sabios de Mileto

Pablo Andrés Villegas Giraldo

Universidad Tecnológica de Pereira – Caldas, Antioquia.

pavillegas@utp.edu.co

 

Abstract:

En este trabajo presento a tres hombres sabios de Mileto: Tales, Anaximandro y Anaxímenes. En estos tres pensadores se deja ver cómo se fueron adaptando el pensamiento y la educación del pueblo griego a los cambios de su entorno. A menudo se entiende este hecho obedeciendo a la tradición que heredamos de Aristóteles: como un desarrollo evolutivo hacia una forma de pensamiento filosófico más perfecto, del cual Tales de Mileto viene a ser el primer representante, que alcanzará su cumbre en el pensamiento metafísico que sistematiza luego Aristóteles. Es muy discutible la posición del filósofo de Estagira y en este trabajo se intenta dar otra lectura que se aleja de esta visión teleológica enmarcada en un desarrollo evolutivo del pensamiento filosófico. Más bien, se pretende demostrar que no hay tal evolución, sino que se trata sólo de respuestas esporádicas que, vistas en conjunto, parecen dar la impresión de sucederse in crescendo. Podría llegar a confundirnos el que algunos de estos pensadores fueran discípulos unos de otros (como es el caso de Anaximandro, discípulo de Tales) y en algunos casos se da una aparente superación del maestro, sin embargo, en otros sólo se ven dos posturas simplemente diferentes.

Palabras Clave: Educación, Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Hombres sabios, Arché.

El pensamiento filosófico inaugurado por Sócrates[1] hunde sus raíces muchos siglos antes de él, cuando se alzaban las voces de los rapsodas que contaban sus historias llenas de magia y fantasía. Fue allí, en los siglos oscuros, donde comenzó a gestarse la tradición cultural y religiosa que haría de Grecia la cuna de la civilización Occidental. Los primeros rapsodas de los que se tiene cuenta son Homero y Hesíodo, tradicionalmente conocidos como los padres de la Grecia antigua. Homero era un rapsodo[2] de gestas heroicas en las que se contrastan la suprema vida y poder de los dioses con la difícil y miserable vida de los hombres. Hesíodo, cantor de un canto melifluo, antes de convertirse en poeta era un pastor de ovejas que circundaba los hermosos campos de Beocia. Allí mismo las Musas le inspiraron cantos en los que se describe la generación de las divinidades, los héroes y la humanidad. Al mismo tiempo, el poeta le canta -en otros versos- a las fatigas diarias de los hombres en su lucha permanente por arrancarle a la tierra los frutos de su sustento.

Las enseñanzas de estos dos hombres[3] condujeron la Grecia antigua hasta que aparecieron otros educadores que, conservando esta tradición, continuaron con la misma tarea. Sin embargo, su lenguaje era menos bélico y más racional.  Habiendo superado a los antiguos maestros, estos nuevos educadores se apartaron del mito[4] afianzándose en un lenguaje mucho más elaborado, profundo y compacto, cuyo impacto y contundencia se transparenta en la cotidianidad de la vida. Los hombres que habían recibido de los dioses la virtud de educar al pueblo gozaron de un gran prestigio entre sus conciudadanos, tanto así que, algunos de ellos fueron considerados sabios y fueron recordados como tales durante cientos de años. Estos educadores griegos querían conducir las almas (psicagogía) hacia la prudencia y la sabiduría, de allí que, por ejemplo, sus sentencias insistieran en el cuidado de sí, en la mesura, en la búsqueda de la sabiduría, etc.

Como se dijo en el párrafo anterior, las enseñanzas de estos sabios se veían reflejadas en la vida cotidiana y no en las ocurrencias de un grupo de caprichosos dioses que como titiriteros dominaban la vida y el destino de los hombres. En este contexto, nos dice Carlos García Gual, hablando de los siete sabios y de su relación con la vida práctica, que “de algún modo sus figuras contrastan con las de los héroes de antaño, rememorados por los cantos épicos y afincados en los mitos tradicionales. No son grandes guerreros, sino constructores de un orden social, gente de paz y de diálogo, de ciudad y de justicia” (1989, pág. 14). Estos pensadores estaban abriendo camino hacia una Grecia más racional, prefigurando quizás la llegada de los filósofos. También pudo ser el caso que la mente inquieta de estos sabios los llevó a preguntarse por su entorno, y, reflexionando acerca de su propio mundo, encontraron respuestas (algunas de ellas inverosímiles) que los fueron llevando a una “mejor” comprensión del mundo.

Antes de continuar con nuestro estudio de los filósofos presocráticos, quiero hacer un alto y reflexionar si no estamos siendo injustos al nombrarlos tal: pre-socráticos. Si bien, la historia los ubica temporalmente antes de Sócrates, esto no nos da razones para mirarlos como una prefiguración a su llegada (como la tradición nos lo ha querido enseñar) o como unos pensadores primitivos que no pueden ser nombrados más que acudiendo al nombre del maestro de la mayéutica. Actuando de forma justa con los pensadores sobre los que versa este escrito, me referiré a los presocráticos con el apelativo: hombres sabios.

En este trabajo presento a tres hombres sabios de Mileto: Tales, Anaximandro y Anaxímenes. En estos tres pensadores se deja ver cómo se fueron adaptando el pensamiento y la educación del pueblo griego a los cambios de su entorno. A menudo se entiende este hecho obedeciendo a la tradición que heredamos de Aristóteles: como un desarrollo evolutivo hacia una forma de pensamiento filosófico más perfecto, del cual Tales de Mileto viene a ser el primer representante, que alcanzará su cumbre en el pensamiento metafísico que sistematiza luego Aristóteles. No obstante, yo considero que esto no fue así y mi tesis es -como dije antes- que estos pensadores cuando estaban reflexionando acerca de su propio mundo encontraron respuestas que los fueron llevando a una “mejor” comprensión del mismo, de tal suerte que no se trata de un desarrollo evolutivo y teleológico como afirmaba el estagirita, sino sólo de respuestas esporádicas que vistas en conjunto parecen dar la impresión de sucederse in crescendo. Es posible que haya una especie de desarrollo, por eso antes utilicé la expresión “mejor” entre comillas, ya que algunos de estos pensadores fueron discípulos de otros anteriores (como es el caso de Anaximandro, discípulo de Tales), es probable encontrarse con discípulos que “superan” al maestro, en otros casos sin embargo sólo se ven dos posturas simplemente diferentes.

Creo que la concepción que tiene el estagirita de los pensadores que precedieron a Sócrates falla en dos puntos: el primer punto es que Aristóteles tiene una mirada teleológica de la historia, es decir, considera que ésta debe llegar a un fin específico y que cada acontecimiento que sucede se va acercando hasta alcanzarlo. Eso sucede con los pensadores presocráticos, de los cuales el maestro de Estagira piensa que fueron desarrollando el conocimiento de manera evolutiva hasta alcanzar el pensamiento abstracto y metafísico que él mismo sistematizó en sus escritos. El segundo punto es que el pensador macedonio pone sus vocablos en los fragmentos que recoge de los autores previos a Sócrates sin respetar el uso que se hace de éstos, como sucede por ejemplo con los matices del término palabra, la cual para los tiempos de Homero y Hesíodo se refería al mythos y se escribía como epos. De ahí que a los pensadores de aquélla época los apodaran mitólogos y a sus versos se les llame hasta hoy en día poesía épica.

Así pues, es evidente que Aristóteles deformó el relato de los sabios con el fin de estructurar su discurso, puesto que no se puede concebir la historia como un progreso lineal hacia una meta, de suerte que cada uno de los sabios de la antigüedad pensó su tiempo sin preocuparse por constituir una especie de escuela de pensamiento que se fuera edificando hasta llegar al culmen del pensamiento filosófico planteado por el hijo de Estagira. Antes bien, si miramos con más detalle, cada pensador se fue adaptando a la misma evolución de su entorno, a tal punto que, por ejemplo, en tiempos de Homero no era necesario pensar en la constitución de una ciudad justa y ordenada socialmente, o pensar en los primeros principios que dieron origen a todo, puesto que era más bien necesario aprender a dominar la tierra e indagar por el origen de los hombres y su relación con los dioses. La clasificación que hace Aristóteles es a todas luces desafortunada[5], ya que no todos los presocráticos eran physiologoi, puesto que algunos de esos pensadores creían que el arché estaba en lo indeterminado o en lo indivisible, dos conceptos que no cabe pensarlos dentro de la naturaleza a la luz de la teoría aristotélica. Tampoco se trata de un progreso hacia una forma perfecta de ciencia y/o conocimiento a partir un punto menos desarrollado. Si bien los sabios de la antigüedad eran herederos de pensadores anteriores y forjadores de sabios por venir, ni siquiera Homero y Hesíodo fueron pensadores originarios ya que heredaron sus historias de una tradición oral cuyo origen se nos hace difícil (si no imposible) determinar.

El asunto de la inserción de vocablos que hace Aristóteles se nota, por ejemplo, cuando en la Política dice que Tales predijo que habría una gran cosecha de olivas y alquiló a muy bajo precio todas las presas de aceite de Mileto y Quíos, de tal suerte que cuando llegó el momento oportuno (Kairós), es decir el momento de la cosecha, fue alquilando tales presas al precio que quería ganando mucho dinero (Kirk C. S., Raven J. E. y Shofield M., 1687, pág. 126). Así pues, Aristóteles introduce en el pensamiento de Tales la expresión kairós que es propia de la idea teleológica aristotélica. Así mismo, en De Anima dice: “Parece también que Tales, a juzgar por lo que cuentan, supuso que el alma era algo cinético (…)” (Kirk C. S., Raven J. E. y Shofield M., 1687, pág. 146). Sin duda Tales no conocía el término tan utilizado por el estagirita, se nota claramente una inclusión de un vocablo que no es propio del filósofo en cuestión sino que proviene de la Metafísica. Hablo del término que subrayo en la cita: kinetikón. En otra cita, que también recogen Kirk y Raven, Aristóteles le atribuye a la mayoría de los pensadores presocráticos la palabra teleutaîon al hablar del principio por el cual todas las cosas llegan a ser y en lo que terminan (teleutaîon) por convertirse tras su propia corrupción (Cfr. Ibíd. Pág. 138). En este mismo pasaje incluye los términos sustancia y accidentes que son propios -estos tres vocablos- de su estructura argumentativa, pero no de los filósofos a los que les quiere atribuir estos conceptos.

Muy sucintamente trataré de demostrar mi tesis de que no se trata de un desarrollo evolutivo sino que cada uno de los hombres sabios intentaron responder la misma pregunta que se haya implícita en su pensamiento: ¿qué es lo que origina todo y por ende en lo que todo llega a convertirse? Para no hacer muy extensa esta reflexión no me detendré en los problemas de datación histórica de los tres pensadores que he escogido, ni pretendo en este ensayo dar cuenta de todo el pensamiento y los aportes filosóficos de éstos. Simplemente me referiré a uno que otro fragmento que recoja de algún modo la reflexión de estos hombres sabios.

Tales

Al primer hombre sabio milesio, Tales, a menudo la historia de la filosofía lo ubica como el primer philósopho, tal como lo indica Aristóteles (Metafísica 983b, 20). Esto no es posible en absoluto, ya que el término fue acuñado por Pitágoras cuando, al ser tratado como sabio (sophos) por el tirano León, éste le contestó que él no era sabio sino que era un amante (amigo) de la sabiduría (philos-sophía)[6]. Esto sucedió según la tradición unos veinte años después de haber muerto Tales, lo que niega toda posibilidad de ser llamado filósofo en sentido estricto. Ahora bien Aristóteles lo dice en el sentido que en Tales fue el primer pensador que reflexionó a partir del conocimiento abstracto. Por otro lado, Nietzsche lo coloca como el primer filósofo gracias a que Tales de Mileto se distancia del pensamiento mítico, puesto que, como afirma el filólogo alemán en Los filósofos pre-platónicos, “no sólo filosofa esporádicamente mediante sentencias concretas; no se limita a hacer un gran descubrimiento científico. Él establece relaciones, aspira al todo, a una imagen del mundo” (Nietzsche, 2003, pág. 22). Sin embargo, a mi parecer esto no basta para llamarlo el primer filósofo, por la razón de que el mismo Nietzsche previamente hace la salvedad: “En sí, siempre es arbitrario decir que éste o aquél fue el primero, que con anterioridad a él no hubo filósofos. Pues este tipo de hombres no aparece de repente. Esta etiqueta parte de una cierta definición de filósofo” (Ibíd.).

Que Tales haya sido o no el primer filósofo no le quita que haya postulado por vez primera una respuesta a la pregunta por el origen (arché). Si bien explícitamente él no se preguntó por el arché, podemos asumir que al decir, según testimonio de Aristóteles (Metafísica 983b 20), que el primer principio es el agua (hydor) estaba respondiendo precisamente por la pregunta rectora de esta incipiente filosofía que estaba naciendo en Mileto. Para Tales es asombroso que el agua pueda pasar de lo sólido a lo gaseoso y que en cada estado conserve sus cualidades. Así mismo, por simple inspección, sabemos que la mayoría de las cosas conservan humedad lo que da pie a creer que el principio por el cual todo se origina sea un principio húmedo y más si se está pensando en el agua: que todo lo humedece. Tales con esta perspectiva, según nos cuenta Aristóteles[7], aún no se desprende de la sabiduría mítica, pero yo, aunque acepto la posición del estagirita, me distancio al pensar que, siendo evidente que para un pueblo como Grecia cuya economía giraba en torno al agua, no le reconozcan a Tales la importancia del agua y lo fatal que puede ser la vida sin su presencia. Tales, como buen heredero de la cultura egipcia, sabía que el agua es principio vital por ser indispensable para la fertilidad de la tierra y la nutrición de los seres vivos. Además, el agua permanece en sus atributos a pesar de sus cambios, lo que le da carácter de elemento primigenio en la medida de ese permanecer en el devenir. Todo esto no necesariamente se puede deducir de la religión, es decir sin recurrir al dios Océano.

Anaximandro

Ahora veamos al segundo sabio milesio, Anaximandro. Este hombre sabio fue el primero en plantear la pregunta por el origen de manera explícita. Sin embargo, lejos de pensar en un elemento que apareciera de manera evidente en la naturaleza (physis), como lo hizo su maestro Tales, Anaximandro consideró que el arché era to ápeiron (lo indeterminado). Lo primero que podemos decir de este principio que postuló el milesio Anaximandro es que se trata de un concepto negativo. Esto se deduce de la alfa griega del término, la cual como la “a” en español tiene la facultad de ser privativa, de tal suerte que á-peiron es lo i-limitado, lo in-determinado, en otras palabras lo que no tiene límite, lo que no puede determinarse. Del mismo modo que el agua en Tales lo ápeiron en este hombre sabio se refiere a lo que permanece (pero, a diferencia del agua de Tales, no puede determinarse), a lo que supera los límites cualesquiera que estos sean. Lo ápeiron además de ser indeterminado e ilimitado, es ingénito y por lo mismo eterno, no tiene principio ni fin. Por otro lado, lo ápeiron es indefinido, no tiene cualidades, es informe y elemental, es decir que es neutral. Esto último se puede rastrear en Guthrie, en su Historia de la filosofía griega: los primeros presocráticos y pitagóricos página 92, cuando define cómo debe ser el arché, o como él lo llama la materia primitiva: “Una materia primitiva tiene que ser, por decirlo así, neutral a estas hostilidades y, debido a ello, no puede tener características definidas propias” [8].

Anaximandro comparte con Tales (y como veremos también con Anaxímenes en el arché pensado como pneuma) la idea de que la physis es una unidad, dinámica y vital en sí misma, a la que pertenecen la materia, la vida y el espíritu. A tal punto elevan la physis estos hombres sabios milesios que llegan a divinizarla, de esto da fe Anaximandro cuando afirma que lo indeterminado es a la vez divino (to ápeiron: to theîon)[9]. De igual modo Tales afirma que todo está lleno de dioses (panta plere theôn) dándole a la realidad un carácter infinito y eterno, ordenado y divino, del que se desprende que el cosmos sea concebido como un brotar de sí mismo, como autoproducción, pues tienen la idea de un cosmos al cual la vida y el movimiento le pertenecen esencialmente. Así mismo, como veremos más ampliamente en Anaxímenes, Anaximandro sostiene que to ápeiron contiene (peri-echein) y gobierna (kybernan) todo[10].

Me parece necesario, por cuestiones de claridad, citar a este punto la lectura que hace Nietzsche de la sentencia de Anaximandro. A pesar de que la interpretación clásica y más difundida sea la de Heidegger, por su alto contenido poético es confusa y difícil. Paso pues a citar al filólogo alemán:

“El pensamiento fundamental de Anaximandro era: todo lo que deviene, perece, y, por lo tanto, no puede ser un principio. Todos los seres con cualidades propias son perecederos; por lo tanto, lo verdaderamente ente no debe tener ninguna determinación. De lo contrario, perecería. Así, pues, ¿por qué la esencia primitiva, el άpeιρον [indeterminado], debe ser aόριstον [ilimitado]? Para que el devenir no se acabe. En toda determinación del ser, el devenir debe concluir en algún momento, porque todo lo determinado perece. La inmortalidad del ser primitivo no está en su infinitud, sino en el estar libre de las cualidades concretas que conducen a la decadencia. Si el ser primitivo fuera όριstόν [limitado], también sería γιγνόµeνον [engendrable]. Pero con ello estaría condenado a la decadencia. Para que la γένesις [el nacimiento] no acabe nunca, el ser primitivo debe conservarse por encima de ella. Sólo de este modo hemos conferido unidad a la explicación de Anaximandro, en justicia con la frase aquella de la tίsις [el pago] y de la adικίa [la injusticia]. Por lo demás, debemos suponer que tο άpeιρον [lo indeterminado] no ha sido comprendido hasta ahora. No significa «lo infinito», sino «lo indeterminado»”. (Nietzsche, 2003, pág. 52).

Así pues, afirma Anaximandro: “a partir de donde los seres tienen su nacimiento, en ello también acontece su destrucción por necesidad [:] Pues pagan los unos a los otros sanción y reparación [castigo] de la injusticia, según el orden del tiempo” (Nietzsche, 2003, pág. 48). En la sentencia se deja ver que hay dos expresiones enlazadas por la partícula gramatical “pues (a saber)”, de lo que se deduce que la segunda expresión es una explicación de la primera. Sabemos que de donde las cosas tienen origen y en lo que llegan a convertirse es lo indeterminado, de tal suerte que con esta expresión tan abstracta el sabio milesio quiso explicar cómo lo que es originado tiende a perecer, pero lo ingénito es ilimitado. Lo que tiene origen está regido por la ley del tiempo en la que se nace, a medida que se vive se envejece, y luego se muere, pero aquello que no tiene nacimiento en el tiempo es infinito, y gracias a esto que no se genera es que nacen todas las cosas.

Anaxímenes

Anaxímenes es el tercer hombre sabio salido de Mileto. Al igual que Tales y Anaximandro, su doctrina está consagrada en descubrir el principio por el cual todo tuvo origen y en el que todo llega a convertirse. Este pensador afirmó que el origen de todo es el aire (aerpneuma), a este principio llega este milesio a partir de dos presupuestos: por un lado, que las cosas deben tener origen en algo que no puede ser originado, lo que lo hace primer principio (arché). Por otro lado, que las cosas no pueden tener origen en la nada, ya que la nada no puede tomarse como principio originario. El arché por lo tanto debe ser único e ilimitado y de él debe desprenderse todo lo existente. Así mismo, la sentencia[11] de Anaxímenes, se aferra a estos dos presupuestos y, como nos lo cuenta Aecio, la sentencia reza: “Y así como nuestra alma, que es aire, dice, nos mantiene unidos, de la misma manera el viento (o aliento) envuelve a todo el mundo” (Kirk C. S., Raven J. E. y Shofield M., 1687, pág. 233).

Como vemos la sentencia está dividida en dos partes, a saber la primera está determinada por la partícula correlativa “así como”, lo que nos da la idea de que algo está implicando dos situaciones diferentes en una idéntica realidad. En este caso el aire cumple con dos tareas distintas: por un lado nos gobierna, esta es la función del alma al mantenernos unidos, y por otro, contiene al cosmos, lo abarca, lo envuelve. Esta segunda tarea responde a la siguiente parte de la sentencia conectada por la partícula “de la misma manera”. De este modo, Anaxímenes, continúa con la tradición monista e hilozoísta de los hombres sabios de Mileto. Monista porque recurre a un único elemento como origen de todo, como ya dijimos.  Hilozoísta porque considera, de alguna manera, que el cosmos es un ser animado, por tanto, que respira y cuya respiración o alma es un soplo ardiente que vivifica[12].

Pero aquí no termina todo, pues hay otra implicación en esta sentencia. Cuando el hombre sabio afirma “nuestra alma” se está refiriendo al alma de los hombres y lo confirma acto seguido al decir “nos mantiene unidos”. Esto es, que el alma es el principio rector de la vida del hombre (tal como veíamos antes con su maestro Anaximandro, cuando hablábamos que to ápeiron contiene y gobierna todo, así mismo el alma, que es aire –pneuma-), es pues componente característico de vida, la que la origina, gobierna y mantiene. Así al menos lo da a entender el uso del verbo poli-semántico synkrato (synkrateí), que es a la vez mantener, sostener, contener, gobernar y envolver. Así pues, el uso de este verbo deja entrever que el alma es como un ímpetu que impele, que impulsa, que mueve al hombre, que también lo gobierna y lo mantiene unido, tanto en sus miembros como interiormente. En otras palabras, el alma mantiene al hombre como algo orgánico. Sin embargo, Anaxímenes no se queda allí, en la unidad constitutiva del cuerpo, sino que va más lejos en su sentencia al afirmar que, más allá de ser causa de la organicidad del hombre, el alma es también origen del cosmos. Diciendo con esto que tanto el cosmos y en la misma medida que el hombre, tiene un principio vital que lo rige, mantiene, sostiene, contiene, y envuelve. Es decir, que el alma es principio motor de vida y alimento, tanto del hombre, como del cosmos.

Al final del párrafo anterior se dijo que el alma es principio motor, esto hace referencia a que el aire, que es el elemento esencial del alma, se transforma (muta), se mueve o, dicho de otra manera, es infinito y dinámico. Es precisamente el movimiento el que da ocasión a que las cosas se produzcan, por eso el movimiento es la característica fundamental del aire, el cual se transforma y aparece de diferentes maneras. El proceso por medio del cual el aire originario cambia, transformándose a veces en sustancias de naturaleza distinta, lo que se conoce como rarefacción y condensación. Proceso del que resultan cuatro elementos primarios: fuego, agua, tierra y piedra, de los cuales se origina todo lo demás en la naturaleza. Así pues, Anaxímenes, nos muestra la generación de todo el universo a partir del aire, apelando a estos cuatro elementos primarios que resultan de la densificación o la dilatación de éste.

Está claro también que esta formulación del aire como arché obedece a una tradición (de la que se excluye Anaximandro) de los hombres sabios milesios, quienes buscan generalizaciones a partir de una experiencia vital, ciertamente decisiva. El aire es pues como se sabe una exigencia de primer orden, el aire es absolutamente necesario para la vida. Por otro lado, a partir de la simple inspección podemos hacernos una idea de lo que pasaba por la mente del filósofo al ver, por ejemplo, en un día lluvioso la presencia de un aire denso y pesado que daría la impresión de estar formando el agua-lluvia. Del mismo modo que, al observar el agua hirviendo, tendría la idea de que esa misma agua que se formó del aire estaba de nuevo convirtiéndose en su origen. Además, agrega el milesio un punto que no es tan claro con una simple inspección: en la medida que habla de una especie de cuantificación de los procesos de rarefacción y condensación, nos muestra que en una diferencia cualitativa mayor de densificación se formarían la tierra, las rocas y luego elementos aún más duros.

Finalmente, volviendo a mi tesis, estos pensadores reflexionaron su propio mundo, se admiraron de él y se consagraron a intentar deducir de dónde se había producido todo y en qué llegaba a convertirse después de decaer. Cada una de las respuestas de los hombres sabios los fue llevando a una “mejor” comprensión del cosmos, de tal suerte que no se trata de un desarrollo evolutivo y teleológico como lo afirmaba el estagirita, sino sólo de respuestas esporádicas a las que se llega aguzando la observación y que, vistas en conjunto, parecen dar la impresión de sucederse in crescendo. En el caso de estos tres sabios de los que acabo de hablar se puede ver que hay ideas en común, como también existe un quiebre en Anaximandro: pues este ve el arché de un modo más abstracto que los otros dos, los cuales lo entienden como un elemento que -aunque abstracto- tiene su referente en la physis. Para no volver sobre las cosas que tienen en común estos tres sabios milesios, que me parece quedó claro en el transcurso de este ensayo, termino aquí mi argumentación, aspirando que con esto fuera suficiente para demostrar que no se trata de un desarrollo teleológico, sino sólo de respuestas esporádicas, pero no espontáneas, que son fruto de la observación permanente y concentrada de este grupo de sabios.

Bibliografía

Aristóteles. (1990). Metafísica. Madrid: Gredos.

García Gual, C. (1989). Los siete sabios (y tres más). Madrid: Alianza-Del Prado.

Jeager, W. (2001) Paideia griega: los ideales de la cultura griega. Libro primero. México: Fondo de Cultura Económico.

Kirk C. S., Raven J. E. & Shofield M. (1687). Los filósofos presocráticos. Madrid: Gredos.

Nietzsche, F. (2003) Los filósofos preplatónicos. Madrid: Trotta.

Osorio Valencia, A. E. (2002). Introducción a la filosofía presocrática. Los orígenes de la metafísica, de la dialéctica y del nihilismo en Grecia. Manizales: Editorial Universidad de Caldas.

Notas:

[1] Obviamente me refiero aquí el estilo dialéctico socrático de la mayéutica, con el cual el pensador griego andaba en busca de la verdad revelando a los hombres su ignorancia. Nietzsche dirá, con toda razón, que el primer filósofo bien pudo ser Tales de Mileto ya que él se distancia del pensamiento mítico, puesto que “no sólo filosofa esporádicamente mediante sentencias concretas; no se limita a hacer un gran descubrimiento científico. El establece relaciones, aspira al todo, a una imagen del mundo” (Nietzsche, 2003, pág. 22).

[2] Esta cuestión de si Homero fue rapsodo (el que canta versos) o aedo (el que escribe versos) merece un trabajo posterior.

[3] Es difícil precisar que los autores de estas enseñanzas fueron propiamente Homero y Hesíodo, de acuerdo a las últimas propuestas de la cuestión Homérica, los himnos son fruto de una composición oral-formularia, según la cual la base de los poemas tal y como hoy los conocemos es un complejo sistema de dicción poética tradicional (por ejemplo, combinaciones de sustantivo-epíteto: Aquiles, el de los pies ligeros) que sólo puede ser producto del esfuerzo común de varias generaciones de bardos heroicos. Este tema se puede encontrar ampliamente desarrollado. En Rodríguez Adrados, Francisco. Introducción a Homero. Madrid: Editorial Gredos, 1984. Y en un artículo publicado por el mismo autor Orígenes de la lírica griega. Madrid: Revista de Occidente, 1976.

[4] Vale la pena aclarar que aquí no se entiende mito como algo falso, o como una simple narración fantástica, sino como la fundación de una cultura que se gesta precisamente a partir de relatos mágicos cargados de profundas enseñanzas racionales.

[5] Esta clasificación de la que hablo podemos comprenderla mejor a partir de la cita que hace Carlos García Gual del filósofo y teólogo Juan Filópono (“el Gramático”). En el texto citado por García Gual el Gramático hace una lista de cinco tipos de sabio expuestos por Aristó   Acerca de la filosofía: la palabra sophía tiene una interesante variación en el transcurso del tiempo (¿un progreso?), su sentido fue haciéndose de algún modo un poco más comprensivo. El primer sentido del que nos da cuenta el texto citado por García Gual lo podemos llamar sabio pastor, se consideraba sabio al hombre que lograba adaptarse a los cambios de la naturaleza y vencía su entorno hostil mediante técnicas agrícolas y de pastoreo. Luego aparece la sabiduría artística (éntechnos sophía) que aprende el sabio gracias a los dones recibidos por Prometeo, sabio (téchnai) es pues el que crea objetos que no son necesarios, que más bien son ornamentales. El siguiente paso se da hacia la Polis, estos sabios son “los constructores de un orden social, gente de paz y de diálogo, de ciudad y de justicia” (García Gual, 1989, pág. 14). Acto seguido, nos dice que la sabiduría se convierte en theoría, en simple especulación, de allí que el cuarto sentido que toma la palabra son los denominados physiologoi, que investigaron sobre la naturaleza creadora, physis demiourgiké. Finalmente, los philósofoi quienes extendieron la reflexión hacia lo divino, lo trascendente e inmutable, hacia el saber metafísico (García Gual, 1989, pág. 20).

[6] Este asunto lo aborda Carlos García Gual citando un fragmento de Diógenes Laercio en, Óp. Cit. Página 39.

[7] Me refiero Metafísica 583b 30. También se encuentra en Jeager, 2001, pág. 151.

[8] Citado por Osorio Valencia, Amado Ezequiel. Introducción a la filosofía presocrática. Los orígenes de la metafísica, de la dialéctica y del nihilismo en Grecia. Manizales, Colombia: Editorial Universidad de Caldas, 2002. P. 115.

[9] DK 12 B 3. Citado por Ibíd. P. 116.

[10] Siguiendo aquí la interpretación de Werner Jeager “Anaximandro habla del ápeiron, que no es elemento alguno determinado, sino que todo lo incluye y todo lo gobierna” (2001, pág. 158).

[11] Llamo aquí sentencia, en contra de la tradición y el contenido que se halla en dicha palabra, al fragmento que recoge de modo sintético lo que podemos llamar el pensamiento filosófico del hombre sabio milesio, o en términos más precisos, recoge la respuesta a la pregunta por el origen de una manera más o menos completa.

[12] Sigo al final de este párrafo algunas consideraciones de la propuesta interpretativa del profesor de la Universidad de Caldas Amado Osorio, en cuanto a la tradición monista e hilozoista en: Osorio Valencia, óp. Cit. P. 130.

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