Semejanzas entre las concepciones de Placer entre Epicuro y Platón.

 Camilo Garibello Zorrilla. Estudiante de Filosofía  Universidad Nacional de Colombia.

 

Introducción:

El pensamiento platónico y el pensamiento epicúreo no sólo están distanciados por el tiempo en el que acaecieron sino también por las escuelas donde se engendraron, pero con esto no diré que resultan totalmente inconciliables y contradictorios, pues aún poseen una conexión supremamente importante: la filosofía. A lo largo del Filebo de Platón y de La Carta a Meneceo de Epicuro podemos ver la preocupación que rodea el problema del placer para los autores, pues éste supera los límites de la ética al verse relacionado con algo como la felicidad. Ahora bien ¿qué entendía cada uno por Placer?[1]Dar una interpretación al respecto es lo que se propone este texto, por lo que primero abordaré cómo ambos autores entienden y tratan el placer, de modo tal que pueda determinar qué funcionalidad posee éste en cada sistema, finalizando así con un paralelo entre ambos sistemas de pensamiento.

Platón y su concepción del placer:

a. Dolor y Placer: una sola “cabeza”.

De manera temprana[2] en el corpus platónico se ha tocado el tema del placer, aunque no de una manera tan exhaustiva como se presenta en el análisis del Filebo. Hay dos diálogos, por lo menos, que evidencian esta afirmación: el Fedón y la República. Ambos textos nos proveen una aproximación de lo que veremos más adelante desarrollado en el Filebo. En el Fedón aparece:

“-¡Qué extraño, amigos, suele ser eso que los hombres denominan placentero! ¡Cuán sorprendentemente está dispuesto frente a lo que parece ser su contrario, lo doloroso, por el no querer presentarse al ser humano los dos a la vez!; pero si uno persigue a uno de los dos y la alcanza, siempre está obligado, en cierto modo, a tomar también  el otro, como si ambos estuvieran ligados en una sola cabeza.” (Fedón 60b-c)

Resalto, apegándome al fragmento, que el placer y el dolor (aunque no se diga muy bien qué son), resultan opuestos y contrarios, pero esa contrariedad conforma en algún sentido una unidad, pues cualquiera de los dos es totalmente dependiente de su contraparte; además de esto, Sócrates muestra que los dos tienen una existencia “cíclica”, o simplemente circular, ya que después de haberse experimentado alguno sigue, necesariamente, el otro. El razonamiento es intuitivo pues ¿cómo podríamos saber qué es lo placentero sin tener en cuenta lo que es doloroso? De ningún modo. Ahora bien, el análisis que nos suministra Platón en el Filebo está más allá de la misma intuición, porque provee un sistema muy bien ordenado para la aparición de las sensaciones placenteras y dolorosas. Habiendo caracterizado cómo funcionan el dolor y el placer, debemos mostrar cuáles son las causas de su aparición, además de considerar las consecuencias que de ello se deriva.

b. ¿Qué causa la aparición de las sensaciones placenteras o dolorosas?

La manera cómo surgen estas sensaciones para Platón se debe a una tensión existente entre el vaciamiento y el “llenamiento”, o repleción, del algún ser[3]. En ese sentido hablamos de un sistema compensatorio del placer. Se afirma en el Filebo: “(…) la destrucción es dolor y el regreso al ser propio de cada cual, ese regreso es para todos placer.” (Filebo 32b) Cuando hablamos de lo que es “propio a cada cual” estamos refiriéndonos a la naturaleza del sujeto, que parece ser un estado donde existe el pleno desarrollo de las capacidades del individuo; por ejemplo, recordando un poco el Menón, lo que es natural de un caballo es que pueda galopar, porque de lo contrario no sería un caballo[4].

Si hablamos de naturaleza hablamos también de armonía, porque si algo le es “propio” al sujeto entonces funciona armoniosamente con él, de tal modo que naturaleza y armonía siempre son correlativas. Esto encuentra evidencia unas líneas antes cuando se afirma: “Digo, pues, que al deshacerse en nosotros los seres vivos la armonía, simultánea en el tiempo a la disolución de la naturaleza es la aparición de los dolores.” (Filebo 31d). El estado natural, al que se refiere Platón, parece ser un estado de completitud donde no requerimos ningún movimiento u objeto pues tenemos todo lo que necesitamos, en tanto nos encontramos en una especie de plenitud donde no necesitamos de nada. Dicha completitud no es un estado inalterable, pues puede ser destruido por alguna carencia, o vacío. Si se produce una necesidad, sin importar de qué clase sea, ya no podemos, obviamente, hablar de un estado de completitud.

Cuando se produce esta “disolución” del estado natural, gracias a alguna carencia, deseamos retornar al estado anterior de completitud, porque es conforme a nuestra naturaleza ser de ese modo, por tanto es necesario que se genere siempre un movimiento en un estado de incompletitud que tienda a regresar al estado natural y completo, y en ese sentido hablamos de deseo; por el contrario, cuando nos encontramos en aquél estado pleno no tenemos necesidad de movernos, no hay carencia alguna y por tanto tampoco no existen cosas como el deseo. Así resulta que el deseo se presenta como un vacío que debe ser rellenado con el objeto deseado, pues éste es justamente la carencia del objeto; es decir que siempre hablamos del deseo como una propiedad negativa, algo que no se posee pero se quiere poseer. Ahora ¿cómo se articulan las sensaciones de placer y de dolor según todo esto?

Sócrates habla del hambre como “disolución y dolor” mientras que presenta a la acción de comer como “satisfacción y placer” (cfr. Filebo 31e). Articulémoslo todo: existe un estado pleno que es el estado de completitud, cuando perdemos esa completitud a causa de algo, como por ejemplo el hambre -que es en sí el vacío de comida- se produce algo que denominamos dolor, pero, en cambio, cuando rellenamos ese vacío, que es el hambre, con la acción de comer sentimos placer, puesto que regresamos a lo que nos es natural. Es por esto por lo que hablamos de un modelo compensatorio del placer, de un ciclo, ya que el placer no puede existir sin que exista un vacío previo que nos genere algún dolor, de tal modo que el funcionamiento es circular (estado de completitud, luego vacío y por tanto dolor; repleción y placer, y finalmente regreso al estado de completitud.)[5], como ya se había mostrado un poco antes en el Fedón.

C. El Placer y el dolor en relación con el alma y el

El ejemplo presentado sólo nos habla de placeres o dolores “físicos”, en tanto sólo ocurren en una entidad de la misma clase como lo es el cuerpo, pero no sólo existe ese tipo de sensaciones físicas, también hablamos de placeres o dolores mentales o espirituales que son los que están presentes en el alma, -que en la distinción que ofrece Francisco Bravo son placeres o dolores “fisiológicos” (cfr. Bravo 2007)-. En la República aparece:

-Reflexiona sobre lo que te voy a decir-seguí-. El hambre, la sed y las demás necesidades naturales ¿no son una especie de vacío en el cuerpo? -¿Qué otra cosa cabe? -En igual forma, la ignorancia y la sinrazón, ¿no son un vacío del alma? -Sin duda. -¿No se llena la primera clase de vacío tomando alimento y la segunda adquiriendo inteligencia? -¿Cómo no? (República. 585a-b)

El fragmento anterior nos dice que hay dos clases de carencias, o de vacíos, unos afectan al cuerpo y los otros al alma[6]. Los primeros son vacíos físicos en tanto afectan a una entidad física, como el cuerpo, mientras que los otros son vacíos no- físicos, o mentales, en tanto afectan al alma; así, según donde se produzca el vacío, ya sea en el alma o en el cuerpo, de la misma manera debe llenarse con cosas de la misma naturaleza. Continuando con los ejemplos, el hambre se soluciona con alimento y la ignorancia se soluciona con conocimiento, siempre rellenando la ausencia. El placer y el dolor son como consecuencia movimientos que son engendrados por un deseo y siempre su generación tiene que ver con éste, y entendiendo que la vida completa es estática –no se requiere de nada-, diéremos que la vida completa ni es placentera, ni es dolorosa, pues carece de cualquier movimiento.

Hemos mostrado finalmente que la generación del placer se da como una repleción, por lo que el placer es un movimiento que siempre pretende rellenar algún vacío que no nos es natural, mientras que el dolor es todo lo contrario, es un movimiento que incompleta nuestra naturaleza volviéndonos seres inarmónicos. Además, se dice que el placer y el dolor se pueden entender no sólo en el sentido físico, pues también se puede hablar de ellos en el sentido mental, o del alma.[7] Resta aún el problema de los “verdaderos placeres” o “placeres puros” (cfr. Filebo 36c).

d. Los verdaderos placeres son en consecuencia buenos

Los placeres verdaderos tienen una relación directa con el objeto del que se produce el placer, y en el caso de Platón lo único que tiene existencia verdadera son las Formas[8], de tal modo que sólo puede tener existencia un placer “verdadero” cuando se tiene alguna relación con objetos trascendentes del campo físico y que tienen existencia verdadera, como las Formas; mientras que un placer “falso” o impuro es comerse un bocadillo de guayaba, al estar sujeto exclusivamente con lo “generado”.

La falsedad de los placeres es causada por ser caricaturas de los placeres verdaderos (cfr. Filebo 40c); cuando no sentimos placer a razón de la Forma en sí, sino de su copia decimos que sentimos un placer falso. Platón se permite hablar de placeres malos, esto encuentra evidencia en el Filebo cuando se dice: “Tampoco, creo yo, consideramos que los placeres sean malos de otro modo que por el hecho de ser falsos.” (Filebo 40e)

e. ¿Cuáles la utilidad del placer en todo esto?

El Filebo inicia a la mitad de una discusión entre cuál de los dos tipos de vida considerados allí llega a la Felicidad (cfr. Filebo 11d). Por un lado tenemos a Protarco que aboga, al igual que Filebo, por una postura hedonista que entiende al placer como la base de una vida feliz, mientras que Sócrates, por el contrario defiende al conocimiento como principio de una vida feliz, adoptando una posición “racionalista” frente a la vida. Finalmente gana la vida “mixta” como única vía posible a la felicidad, donde participan de la misma manera placer y conocimiento, es decir que ambos -el placer y el conocimiento- son constituyentes necesarios de la vida feliz.

Entendiendo la vida mixta como un compuesto entre placer y razón, tendremos que conectarlos de un modo en que el placer obtenga una existencia verdadera como sí la tiene el conocimiento, y éste a su vez se vuelva placentero. Así cuando se articulan los placeres con el conocimiento en la vida mixta, siempre nos referiremos a los placeres como verdaderos, pues estos son necesariamente en relación con el conocimiento.

El placer se muestra como uno de los dos componentes que causan la vida feliz, es decir que el placer al tener la propiedad de movimiento es también una causa. Debemos ahora proseguir con el pensamiento de Epicuro, habiendo entendido, a grandes rasgos, lo que pensaba Platón respecto al placer.

Epicuro y su concepción de Placer:

a. El placer y su lugar en la filosofía de Epicuro

Epicuro, al igual que el Platón del Filebo, considera a la felicidad como la cumbre de la vida (cfr. C.M. 122), pero difiere de Platón en tanto las causas que pueden generarla, ya que coloca al placer como “principio y culminación de la vida feliz” (C.M. 129). ¿Esto qué quiere decir? Que todo ser humano, por lo menos, tiende de manera natural a la felicidad, pero que al iniciar esta búsqueda requiere necesariamente utilizar el placer como una herramienta, y también que, viéndose alcanzada finalmente la Felicidad, sentiremos un gozo constantemente. Ahora bien, ¿Qué entiende Epicuro por Placer?

El placer en Epicuro se presenta simplemente como la ausencia de todo dolor corporal o también como la ausencia de perturbaciones en el alma (cfr. M.C. 131); en ese sentido la definición del placer es nuevamente una definición negativa, pues se le precisa por lo que no es, pero entonces ¿qué es el dolor? Epicuro no da herramientas suficientes en la Carta, por lo que tendremos que apelar al sentido común y entender al dolor como cualquier sensación que nos sea desagradable e incómoda. De este modo encontramos sólo dos estados posibles para la capacidad sensorial del epicúreo: o bien, el doloroso, o por el otro lado, el placentero; es importante enfatizar en que no existe un término medio[9], a diferencia de lo que encontramos en Platón, donde existen tres: placer (restablecimiento), dolor (disolución) y “neutralidad” (completitud).

b. Placer y necesidad

Epicuro reitera la necesidad del placer unas líneas antes cuando afirma: “Al placer, en efecto, reconocemos como el bien primero, a nosotros connatural, de él partimos para toda elección y rechazo y a él llegamos juzgando todo bien con la sensación como norma.” (C.M. 129). De nuevo el placer se presenta como un criterio a la hora de escoger, pues suponiendo que podamos elegir entre varios alimentos, optaremos siempre por el que más placer nos produzca, rechazando todos los otros y en especial al que sea doloroso (cfr. C.M. 126) esto sucede ya que escogiendo al más placentero empezamos a recorrer el camino preciso a la Felicidad. La eliminación del dolor se realiza con acciones que sean placenteras, porque ambos son contrarios, es una suerte de neutralización. Epicuro continúa.

“Además los alimentos sencillos proporcionan igual placer que una comida excelente, una vez que se elimina del todo el dolor de la necesidad, y pan y agua procuran el máximo placer cuando los consume alguien que los necesita.” (C.M. 130-131)

Cuando sentimos placer físico, en este caso, es a causa de algún dolor de la misma naturaleza física que puede entenderse como una carencia. Al llenar ese vacío sentimos placer, pero no siempre que sentimos placer existe un vacío previo, así uno podría decir que acá no hay un problema, como sí en Platón, acerca de los placeres “sutiles”. Cabe resaltar que el placer no sólo es una gratificación sensorial, sino que también se habla de la ausencia de perturbaciones mentales.

Las perturbaciones, pese a ser estados no-físicos, también son dolorosas, por lo que, según el criterio del epicúreo para alcanzar la vida feliz, las evitaremos a toda costa en pro de alcanzar dicha Felicidad. Entenderemos mejor si no consideramos a las perturbaciones como vacíos que requieren ser llenados, como lo exponía Platón, más bien diremos que son “excesos” que deben ser retirados a causa de su inutilidad, pues si no producen placer ¿qué sentido tiene poseerlas? La fórmula de la felicidad de Epicuro requiere eliminar las perturbaciones porque engendran males innecesarios, es decir que al sentirnos preocupados, por ejemplo, por la nota de un examen que no hemos recibido, estamos generando en nosotros un innecesario estado de angustia, que Epicuro definiría como doloroso.

Pero ¿En función de qué trabajan estas perturbaciones? Aunque parece poco relevante, en el fragmento 127 de la Carta encontramos una caracterización importante: la del futuro. “Ha de recordase que el futuro «ni es completamente nuestro», a fin de que no lo esperemos con total certeza como si tuviera que ser, ni desesperemos de él como si no tuviera que ser en absoluto.” (C.M. 127) Vemos que para Epicuro el futuro, aunque posee un carácter determinado por nosotros, no siempre resulta así. De ese modo se sigue que hay cosas que no podemos evitar y pero que también las hay -puesto que, en algunos casos, podemos asumir el curso de nuestro futuro-, de tal modo que nuestras preocupaciones no deben encontrar raíz en la expectativa o “expectancia”. Este estado es un exceso de preocupación, una perturbación, que no engendrará la vida feliz pues el placer es principio de la felicidad, en ese sentido deberíamos eliminar dicha perturbación para alcanzar la felicidad.

c. Bien, mal, placer y dolor

La relación de bien y mal con el placer y el dolor se evidencia un poco antes en la Carta a Meneceo cuando se afirma: “Ciertamente todo placer es un bien por su conformidad con la naturaleza, (…) así como también todo dolor es un mal (…).” (C.M. 129). Decimos que todo placer es un bien, porque si éste se siente, quiere decir que estamos actuando de una manera correcta en relación a lo que nos es natural, de tal modo que aparece la sensación de placer como una especie de gratificación o premio de ese actuar. El caso del dolor es todo lo opuesto, es más bien como un castigo al no estar funcionando correctamente con la naturaleza. Acá la naturaleza se entiende como lo que es común a todos, pues no se habla de múltiples naturalezas, y ese ser común es la meta de la felicidad: es natural buscar la felicidad.

Placer, Platón y Epicuro:

Ambas concepciones del placer resultan en propuestas éticas, en la manera como las dos proveen argumentos para actuar de determinada forma y así lograr una meta en común: la vida feliz1[10]. Ahora bien ¿de qué modo se distancia o es similar el pensamiento de ambos autores cuando se habla de placer? Para responder a esta pregunta tenemos que dividir los campos donde los autores resuelven los problemas.

a.  La concepción del placer y sus consecuencias

Platón muestra el placer como un movimiento de repleción que supone una carencia base, mientras que Epicuro sólo estaría de acuerdo con esto cuando se trata de placeres corporales o físicos, y no es muy claro que vea al placer estrictamente como un “movimiento”. Ambas concepciones del placer están ligadas necesariamente con la felicidad, mientras que Platón considera que el placer debe ser parte constitutiva pero no absoluta de una vida feliz, pues se requiere también del conocimiento, Epicuro cree y argumenta porqué el placer -entendiéndolo como gratificación sensorial y ausencia de perturbaciones mentales- es y causa a la vida feliz.

b. Campos donde actúa el placer y sus respectivas consecuencias

Ambos filósofos son dualistas, en tanto aceptan que el ser humano está provisto de dos sustancias: el alma y el cuerpo; del mismo modo, tanto Platón como Epicuro concuerdan en que existen placeres que tienen como objeto al cuerpo y otros como objeto al alma.

En Platón el dolor, sin importar si es mental o corporal, siempre va a encontrar raíz en una carencia que debe ser rellenada con un objeto de la misma naturaleza (hambre con pan, ignorancia con conocimiento) para alcanzar la vida completa, que es el estado natural donde todos los sujetos deben encontrarse.

En Epicuro los dolores físicos son causados, al igual que en Platón, por carencias y deben ser rellenados del mismo modo con cosas físicas, sin embargo, los dolores “mentales” o perturbaciones son excesos, y se dice que son excesos al ser inútiles a la hora de alcanzar la felicidad, porque en vez de procurar placeres procuran dolores a causa de estos pensamientos estorbosos. Epicuro los llama miedos[11].

c. Existencia del placer

Epicuro no es tajante al afirmar que todo placer es un bien y que todo dolor es un mal. Existen dos excepciones a este caso: la primera es cuando resistimos un dolor que a la larga nos proveerá de un placer mayor, y la segunda cuando un placer nos traerá consecuencias mucho más dolorosas que el mismo placer; pero usualmente un epicúreo aceptaría un placer en vez de un dolor.

Platón no siempre aceptaría lo que Epicuro afirma, pues para él un placer es bueno si y sólo si tiene una relación directa con el conocimiento, como hemos demostrado, de lo contrario son sólo placeres malos, falsos y perjudiciales porque tendrían la capacidad de nublar la vista respecto a lo que en verdad es, y el caso de los placeres malos es el caso específico de los placeres corporales por sí mismos.

d. existencia del placer

Un epicúreo no dudaría nunca de lo que siente, pues su concepción del mundo no niega la existencia de lo sensible como sí lo hace el platónico, por lo que es un absurdo hablar de la falsa existencia de los placeres para el sistema de Epicuro, caso contrario al pensamiento de Platón. Sin embargo Platón acepta la existencia de los placeres sí sólo son lo que él denomina “placeres verdaderos”, que son placeres derivados de contemplar las Formas y no el caso de los placeres corporales.

Conclusiones:

Aunque sus escuelas fueron distintas encontramos similitudes de tal modo que podemos llegar a afirmar que ambas filosofías desembocan en una propedéutica para la vida. Ahora bien, un asunto totalmente diferente es donde se haría efectiva cada ética, pues en Epicuro vemos una realización constante en el mundo físico, mientras que en Platón el objetivo de la ética trasciende los límites de la vida terrenal y lleva a pensar en una Felicidad posterior a la muerte.

Y no sólo eso, pues con este texto podemos también afirmar que, pese a que los dos autores tengan una concepción teórica del mundo radicalmente distinta pueden confluir en un mismo punto cuando hablamos de ética: la felicidad como cumbre de la vida. Y desde ese punto de vista la filosofía no es una labor estrictamente teórica pues también posee alguna incidencia en lo cotidiano, de modo tal que esa teoría que ha sido engendrada pueda tener también consecuencias relacionadas con lo cotidiano de la vida y del actuar.

Bibliografía:

Bravo F., (2007), La naturaleza del Placer en el Filebo de Platón: en (41), p. 133-150. Durán, A, y Lisi, F, Platón: Diálogos VI, Filebo, ed. Gredos (1992) Madrid, España, p.9-124.

Gual, C, Carta a Meneceo de Epicuro ed. Alianza (1998), Madrid, España. Gual, C, Platón; La República ed. Austral (1986), Madrid, España.

Oyarzun, P. Epicuro: Carta a Meneceo, en Onomazein 4, 1999, Santiago de Chile. Platón, Fedón, ed. Librodot.com.

Warren, J, Removing Fear En Warren (2009): p.234-248.

[1] Tomaré la problemática desde cada autor, despreciando la evolución que cada escuela tuvo posteriormente.

[2] Me refiero también al lugar de cada texto en la evolución filosófica de Platón y no sólo al orden cronológico de aparición de cada texto. Pues al Fedón y la República los encontramos en plena etapa de madurez donde se gesta la teoría de las Formas, pero del Filebo, presumiblemente decimos, que pertenece a la etapa de vejez o autocrítica del autor.

[3] Tenemos como presupuesto, gracias a la obviedad del caso, que el placer o el dolor siempre existen en un sujeto que posea capacidades sensoriales, como los animales o el hombre.

[4] Quizá estaríamos ahondando en que la “naturaleza” de algo es su “esencia”, entendiéndolo

simplemente como lo que le es propio o intrínseco. Esto, a grandes rasgos.

[5] No estoy sugiriendo que luego del estado de completitud se siga necesariamente un vacío. El vacío se produce únicamente porque existe alguna causa que lo genere, que no es de ningún modo estado de completitud mismo

[6] En este texto alma y mente tienen el mismo significado.

[7] Quedan algunas intrigas abiertas como los placeres “sutiles” que se ven en el Filebo, o la contestación de Aristóteles respecto al movimiento y la velocidad, pero la finalidad de este texto no es analizar qué problemáticas posee la concepción de Placer en Platón, sino mostrarlas de una manera breve, ya que la extensión es limitada, de tal modo que luego se puedan hacer las aproximaciones con Epicuro.

[8] Ver Platón, Timeo. “Lo que el ser es a la generación, la verdad es a la creencia.” (Timeo 27b)

[9] Aristóteles dirá posteriormente en la Ética que hay tres estados posibles para las sensaciones: el doloroso, el placentero y el neutro, y que a su vez todos son opuestos.

[10] Es importante decir que no hablo de múltiples felicidades para ambos autores, sino de la

Felicidad.

[11] Una de las más grandes tareas que ha emprendido Epicuro y sus discípulos es la eliminación de todo clase de miedos, pero en especial de dos: el miedo a la muerte y el miedo a los dioses. (Ver Warren, J, “Removing Fear”. En Warren (2009): 234-248.)

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