Gustavo Silva

Es por ello que todo era el miedo, esa tormentosa dictadura en el alma que se entreteje en cada mirada, en cada vacío de la noche donde la música del lugar y la embriaguez de los leones y las valientes zorras hacen del hombre y su ley un murmullo entre las horas; y el ropaje del acorde, de una nueva disonancia, de nuestra disonancia.

Dos cafés con Baileys, una pequeña picada eran suficientes para compartir un breve momento. Y hablar y hablar de las historias de nuestros amigos, de filósofos que olvidaron cómo vivir, de artistas que se educan en el sinsentido, de ese maldito hombre y su causalidad en la referencia. Y odiando esas palabras, odiando esa teoría me preguntaste por el valor del “te quiero”, por los vínculos de aquellos mortales que se pronuncian susodichas letras entre ellos una y otra vez; ¿las mismas sílabas?, en distintos idiomas, el mismo presente, en distintos fonemas, ¿un mismo verbo?, pero distintas referencias.

¿Qué clase de suceso, infortunio o poder de la Imperatrix mundi fue causa para que mujeres y hombres afirmaran el “te quiero”? Tus ojos, errantes en los míos, pudieron leer que la cuestión se nos escapaba de las manos, y que buscábamos pasados in-ni-maginados en los que lográsemos encontrar el motivo por el que decidimos decirnos esas dos simples palabras. Entonces de mis labios brotaron las razones, nuestros relatos sobre pretéritos amores, nuestro tiempo cuando éramos nada más que unos conocidos, y todas aquellas remembranzas compartidas entre dichas y dolores que de antaño nos han unido. La noche se hizo húmeda, nos dimos un tiempo antes de que el poderoso olímpico dejara de llover, y entonces el verbo dejó de ser un mero sonido en el aire y decidió ser acción, decidió ser movimiento, decidió ser silencio, decidió ser nosotros.

Se pierden los motivos, los besos son la consecuencia última de las palabras, son el verdadero después de ese odioso verdadero entonces falso, entonces falso todo y tú y yo como verdaderos. De hecho ya no sé dónde está el miedo, quizá lo hablamos, quizá lo olvidamos, quizá hicimos de él arena en el desierto de la memoria, y el mar… aquél desbordado mar por los vientos a meo desiderio. Pero en este momento, en nuestro templo lo único que hay son calles, lluvia y el calor de nuestros brazos mientras nuestros cuerpos nadan entre dos aguas primaverales: un agudo río recorre la carne y un fértil arroyo lleva la conciencia.

El agua me arrastra, en el agua te quiero, en el agua danzamos y del agua de tus ideas bebo. No sé si hemos encontrado el valor de aquéllas palabras, pero por ahora tomaré esta piedrecilla y he de tirarla a la Rayuela; no sé si quiero quedarme en la tierra o irme al cielo, pero sea cual sea mi rumbo, frente a estos dos cafés creo que me he perdido en la séptima casilla de este juego.

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