Daniel Casado Gallegos
Universidad Nacional Autónoma de México
daniel_casg@hotmail.com

I

¿Contener?, ¿liberar? Estaba claro, la solución era matarlas. No podía dejarlas libres ni tolerar rebeliones: el libre albedrío le provocaba náuseas. Debía ordenar el mundo, evitar una catástrofe. Iracundo, sepultado, delirante, irremediablemente dominado miró sus manos cadavéricas y temblorosas; sobre la hoja, las criaturas destripadas bajo la pluma fuente.

II

Eran tan repulsivas que intentó matarlas: envió la peste, plagas, tinieblas y un diluvio, pero fue insuficiente. No había nada más que hacer con ellas. Debían morir bajo sus propios términos. Ansioso, miró las pequeñas manos alcanzar el borde de la hoja y salir del papel; a las criaturas caer sobre el concreto y destripar sus cuerpos al impacto.

III

La lucha fue inevitable. Su destreza sugería preparación previa. – ¡Estrategas! – concluyó. ¿Ejecutar un contraataque? Demasiado tarde. Debió prever las consecuencias. Debió escribir sobre hadas, olvidar el apocalipsis. Miró, entonces, a los jinetes aproximarse y empuñar sus espadas; aterrado, sintió el acero hundirse en su piel destripando su vientre.

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