Juan Afanador

Como no pasa ningún bus desde hace un buen rato y ya va tarde, agarra el primero que le sirve. Es uno de esos buses pequeños que, para colmo, está repleto. Tiene que irse parado. Aunque estar parado, en realidad, significa estar casi totalmente encorvado, pues él no cabe en esos buses. Mientras paga y ve lo que le espera, piensa que la ciudad a veces no está hecha para su tamaño. Pero ya no puede hacer nada. Tan solo se adentra y se promete que al menos no va mirar el reloj. Esa es su regla: no mirar el reloj cuando va tarde. Y la verdad es que logra cumplirla por un buen tramo. Primero se distrae examinando las cabezas de las personas que van sentadas y luego se dedica a escuchar a un vendedor. Pero, de repente, distraídamente y por pura costumbre sus ojos se detienen en la hora. Ya va diez minutos tarde y del paradero a la universidad son otros cinco. Aunque está llegando, se tensiona de nuevo y su cabeza empieza a planear infinitas estrategias que, al fin y al cabo, son inútiles, pues todas implican que corra y él sabe muy bien que no es capaz de hacerlo: odia llamar la atención y en medio de su trote podría llegar la policía a requisarlo.

Decide caminar con una velocidad prudente y, a pesar de esto, llega deshidratado y húmedo por el sudor. Pareciera que el líquido quisiera abandonarlo más que siempre esta mañana así que, aunque ya va veinte minutos tarde, va al baño y llena su botella con agua por precaución.

La clase es en un auditorio enorme. Uno de esos cursos magistrales que las personas inscriben porque alguien les ha dicho que son fáciles y donde el profesor no se sabe el nombre de nadie, ni le importa. Pero esto le conviene a él, pues así puede pasar desapercibido. Entra sigiloso de todas formas. Su amiga, que siempre llega temprano y le cuida puesto no está hoy, lo cual significa que no hay sillas disponibles en los costados de las filas. Así que tiene que adentrarse por segunda vez en un lugar donde no cabe. Pide perdón, pide disculpas y da las gracias como entrando al cine. Algunas personas lo miran mal por tener que reacomodar sus portátiles, pero él está tan concentrado en alcanzar su objetivo que ni siquiera lo nota.

Después del largo recorrido, logra llegar a un lugar que lo satisface. Abre la silla plegable y se sienta, aliviado de haber salido de lo peor. A lo lejos, el profesor se mueve de un lado a otro tratando de explicar algún punto. Pero él aún no puede poner mucha atención. Necesita unos segundos para calmar su agitación y concentrarse, de modo que, mientras su cuerpo decide relajarse, saca el cuaderno, el lápiz verde y el borrador y los alista uno al lado del otro, junto a la botella de agua. Por último, se quita el saco e inclina su cuerpo ligeramente hacia adelante, preparándose para entrar de lleno en el mundo lejano que se expone en el tablero.

El profesor aún no ha acabado la primera frase, cuando dos pequeñas gotas de sangre deciden florecer de su nariz y caen sobre las hojas abiertas del cuaderno. Aunque al principio se sobrecoge, él conoce demasiado bien esa sensación como para actuar con lentitud. Lanza, entonces, su cabeza hacia atrás con la esperanza de que esto frene la hemorragia. Pero el movimiento, además de torpe, es inútil. Esta posición sencillamente pospone el problema y le hacer tragar el líquido de manera más directa. Recuerda, entonces, que tal vez ha guardado unos pañuelos en el bolsillo delantero de su maleta. Pero ésta está en el suelo, de modo que, si no quiere seguir manchando el mundo a su alrededor, debe mantener su cabeza inclinada y mandar a su mano en una excursión solitaria. La contorsión se ve como la imagen de alguien luchando contra el nivel del agua mientras busca un objeto debajo de ésta. La mano explora y explora como un pez nervioso, pero no encuentra nada. A su alrededor, las personas se empiezan a impacientar con sus movimientos. No le prestan atención a lo que hace exactamente, pero la agitación los distrae de sus pantallas y, por esto, lanzan cortas miradas quejosas. Él presiente esto y se detiene, buscando otra solución. Se le ocurre huir al baño, pero con cierto pánico descubre que la fila ya está totalmente llena y que él está justo en la mitad. Salir es imposible: está atrapado.

En este momento hace un gran esfuerzo por respirar, por tranquilizare y buscar nuevas opciones, cuando ve el cuaderno abierto en el escritorio. Se reprocha por no haber pensado en esto antes; la respuesta más evidente ha estado allí todo el tiempo. Sólo debe arrancar una hoja y construir un tapón que tranque el flujo. Y así lo hace. Arranca una hoja de la forma más silenciosa que puede y se cerciora de que nadie lo esté vigilando. Después de algunos minutos, logra producir una serie de tapones bastante satisfactorios que va aplicando uno a uno. Está feliz, ha logrado alcanzar un procedimiento eficaz y pulcro. Cuando acaba, ve la botella de agua y se felicita por su precaución. Ahora procede a limpiarse la cara, visiblemente manchada. Está un poco agotado y entumecido por el episodio, pero su voluntad inquebrantable está más preparada que nunca para la clase.

En ese momento el profesor está hablando acerca del próximo examen, está molesto. Dice entender que se trata de una clase magistral pero que espera un poco de respeto y atención. Dice que ha visto a la gente jugar en sus computadores todo el tiempo y que, por eso, avisa desde ya que el tema de esa clase va a aparecer en uno de los puntos del parcial. Él se angustia, les pregunta a unas cuantas personas qué es lo que se ha dicho hasta ahora, pero nadie sabe muy bien. Parece que, en efecto, no han puesto mucha atención a lo que sucede a su alrededor. De repente, la persona que está a su lado se para, cruza la fila grácilmente y sale del salón hacia el baño. Él la observa en silencio y se queda pensando en el reloj, que nunca debió haber mirado.

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