EL DESACUERDO DE LOS TIEMPOS: HACIA UNA RECONCEPTUALIZACIÓN DEL TIEMPO EN RANCIÈRE Y SU RELACIÓN CON LA EMANCIPACIÓN[1].

1. El tiempo y el reparto de lo sensible.

“As the present now
Will later be past
The order is
Rapidly fading
And the first one now
Will later be last
For the times they are a-changing”

Bob Dylan – The Times They Are A-Changing.

 

Esta canción de Bob Dylan grabada por primera vez en 1963 resume el sentimiento de una década: los 60’s como contraposición al movimiento universalizante de un modelo específico de sociedad que se piensa como necesaria en términos históricos. Los tiempos están cambiando, pero el presente histórico está plenamente subsumido en la lógica del consenso y el principio de imposibilidad, que actúa en ciertas comprensiones de la historia, hace imposible pensar un futuro distinto. Si la mayoría veían en el Mayo del 68 el nacimiento de una contracultura, de una conciencia colectiva que exigía otro tipo de sociedad, Rancière es pesimista al apreciar en este movimiento generalizado de contracultura la circunstancia excepcional a partir de la cual el capitalismo contemporáneo logra fortalecerse e imponerse como el único modelo de vida. Se trata de tiempos post-utópicos, donde se piensa que toda forma alternativa de sociedad y de modelo económico ha cedido ante la validez universal del capitalismo contemporáneo. Por dicha urgencia del pensamiento que ameritan nuestros días, el presente trabajo tiene como finalidad definir el lugar que tiene el tiempo en el pensamiento político y estético de Rancière. Para el pensador francés, resulta crucial pensar la política en términos de emancipación y lo político como el plano de confrontación, o más bien de torsión, que se presenta entre dichas prácticas emancipatorias y las medidas regulativas de la lógica policial. En este sentido, la importancia del tiempo estriba en que la acción política entraña cierta temporalidad, en tanto es configurada por las coordenadas de sentido establecidas por el sensorium oficial impuesto por el dispositivo policial.

Por lo tanto, en el primer acápite se establecerá el dominio que ciertas narrativas han establecido sobre el tiempo y por qué resulta clave pensar tanto el rol de la ficción como de la historia en este proceso. El segundo apartado procura demostrar el potencial político y emancipatorio sobre la temporalidad a partir del desacuerdo de los tiempos. Este último se entiende como la tramitación del daño que tiene lugar cuando ciertas contra-narrativas del tiempo irrumpen en el reparto de lo sensible; el problema con el reparto de lo sensible consiste en que este establece una visión hegemónica de la temporalidad que propone una gran narrativa de la necesidad histórica. Por último, se expondrán las ventajas que tiene pensar la historia en relación a una poética del conocimiento, que haga posible la introducción del disenso en el plano temporal y con ello pensar la posibilidad de pensar formas alternativas de vida con los otros.

2. Las formas del tiempo: ficción, narración e historia.

Pese a que Rancière no desarrolla una ontología del tiempo (como Heidegger) ni una teoría sobre las condiciones de posibilidad de la experiencia (como Kant), sus escritos y reflexiones filosóficas dejan entrever un interés crucial por pensar el tiempo. Pero no se trata de concebir el tiempo únicamente en términos físicos, sino también en sus connotaciones históricas y socioculturales. Tanto el tiempo como el espacio se han pensado como condiciones de posibilidad de nuestra experiencia, que se encargan de configurar los alcances de nuestra propia sensibilidad. No obstante, Rancière no piensa que se traten de intuiciones puras como diría Kant, comunes a la estructura mental de todos los individuos. Más bien se trata de condiciones de posibilidad históricas, y por ello permeadas de su propia contingencia y mutabilidad. La primera parte de la Crítica de la razón pura, la estética trascendental, entendía esta última como el conjunto de elementos que configuran nuestra propia sensibilidad. De manera análoga, Rancière entiende que el tiempo cumple un rol estructurante en la manera como se conforma nuestra propia experiencia sensible. En su idea del sensorium, Rancière habla de una manera compartida de sentir y de pensar, de experimentar sensiblemente la realidad y que se oficializa en virtud de una serie de dispositivos policiales que se encargan de regular la conducta de los individuos en sociedad. No obstante, no se puede negar que es gracias al tiempo que concebimos el cambio. Por esa razón, resulta clave que el dispositivo policial ejerza un dominio sobre el tiempo, ya que de esta manera se logran acotar las posibilidades de realización histórica ante las cuales una sociedad se encuentra expectante.

Por esa razón, Rancière precisa preliminarmente que el tiempo opera como un principio de imposibilidad, a partir de la separación que establece entre el pasado y el presente (Rancière, 2011a, p. 1). Centrar la reflexión en la cuestión del tiempo resulta clave porque se trata de un presupuesto fáctico, algo que asumimos como dado y a partir de lo cual nos desenvolvemos dinámicamente en el mundo. Pero, sin ir más lejos, resulta clave pensar que las formas de dominación y ciertas comprensiones hegemónicas de la cultura operan directamente sobre el tiempo. Por ejemplo, en el caso de la dominación, ciertas formas de regulación de la conducta procuran dinamizar la fuerza productiva de los trabajadores a partir de una domesticación del tiempo: se trata de una compartimentalización que separa el tiempo de trabajo del tiempo del ocio. De igual manera, el estudio que Marx realizó sobre el plusvalor entiende que este último es una modalidad de ganancia que se expresa en trabajo no remunerado, el cual a su vez es cuantificable en términos de cantidad de trabajo invertido, del tiempo de trabajo que no es reconocido por el salario y del cual se apropia el propietario de los medios de producción. Por otro lado, en el caso de la hegemonía cultural es claro que esta se torna legítima a partir de ciertas visiones y comprensiones del pasado: los acervos nacionalistas y chovinistas se justifican a partir de hitos fundacionales, grandes hechos o personajes del pasado. En contraposición, visiones progresistas de la historia se nutren de los hechos del pasado para diferenciarse cualitativamente de las mismas y alegar a favor de la superioridad del presente.

¿Cómo dar cuenta de la relación entre tiempo y reparto de lo sensible? En los dos ejemplos mencionados anteriormente se da un proceso de ficcionalización, ya que se construye una ficción específica sobre el tiempo, y con ella una versión específica sobre el pasado y el presente. La distinción entre historia y ficción se ha problematizado notablemente en numerosas corrientes historiográficas, ya que se procura salvaguardar el estatuto de cientificidad de la historia como disciplina autorizada para dar cuenta de los hechos del pasado y reconstruir provisionalmente su sentido a partir de ciertas metodologías de análisis, como el estudio de fuentes, la generalización inductiva a partir de evidencia empírica y la concatenación causal, pero provisional, de eventos históricamente situados. No obstante, esta dicotomía considera que el aspecto ficcional se reduce simplemente a la invención de una narrativa, imaginada y por ello carente de referente real. Rancière se distancia de esta definición de ficción al concebirla como “la construcción de un conjunto de relaciones entre diferentes sentidos, entre cosas que se dicen son perceptibles y el sentido que puede ser elaborado a partir de estas cosas” (Ibídem). Por lo tanto, no se trata de negar la realidad objetiva del pasado, sino que nuestro acceso al mismo siempre estará mediado por este ensamblaje de sentido y este entramado de ficciones que condicionan nuestra propia experiencia. Por lo tanto, los acercamientos a los diferentes sucesos históricos estarán mediados por un marco de interpretación, un estado de cosas a partir del cual se configuran intelectivamente los hechos del pasado en virtud del propio presente: “un estado de cosas es una forma que he propuesto para llamar la distribución de los sensible: un conjunto de relaciones entre lo perceptible, lo pensable, y lo realizable que define un mundo común, definiendo de este modo la manera por la cual esta o aquella clase de seres humanos toma parte en el mundo común” (Ibídem).

En este orden de ideas, las nociones convencionales sobre el tiempo y la historia, que perviven en un determinado contexto cultural, no son ajenas al reparto de lo sensible. ¿Cómo se evidencia este reparto? Rancière acuña el concepto de metarrelato o gran narrativa propuesta por Lyotard en La condición posmoderna para aludir a esas grandes narraciones que incorporan todos los fenómenos históricos y sociales en un todo explicativo, que permite entenderlos como parte de una evolución global que determinan las transformaciones de nuestro mundo común (Ibídem, p. 2). Aunque Lyotard entendía la posmodernidad como esa fase histórica en la cual se produce la decadencia de las grandes narrativas, en tanto ya dejan de procurar la visión esperanzadora del futuro que se presenta en las promesas de la modernidad, Rancière no ignora que esas visiones narrativas totalizantes sobre la historia siguen operando en nuestros días. El neoliberalismo económico, y con él la globalización y la doctrina del libre mercado, se han impuesto como el paradigma económico imperante a nivel planetario. Y con ello el capitalismo se ha declarado como necesario históricamente: la consigna de Francis Fukuyama del fin de la historia y el triunfo del capitalismo con la implosión del bloque soviético ejemplifican esta pretensión de necesidad histórica que procura trazarse narrativamente.

¿De qué manera llega Rancière a esta apreciación sobre las narrativas que se elaboran sobre el tiempo y la historia? A partir de las narrativas que se construyen sobre el tiempo, logra apreciarse que estas procuran subsumir la historia a tres principios (o sentidos) ordenadores: (i) un sentido de evolución histórica, (ii) un sentido de inteligibilidad, y (iii) un sentido de posible transformación. A partir de la lógica explicadora que la narración elabora sobre el tiempo, se procura darle sentido a los diferentes sucesos históricos y articular relaciones entre ellos. Las narrativas que se construyen alrededor de la historia persiguen una doble finalidad: establecer jerarquizaciones sociales (distribuciones en el reparto de lo sensible) a partir de los usos que puede hacerse de la historia por medio del conocimiento, y asegurar posibilidades de transformación del transcurso de los hechos a partir de proyecciones futuras que propugnan por un estado alternativo de cosas. No obstante, esta última posibilidad puede verse alterada a partir de la capacidad adaptativa que tienen ciertos sistemas sociales (en concreto, el capitalismo contemporáneo) y la manera como logran perpetuarse históricamente por medio del aprovechamiento de sus propias condiciones de crisis. Podemos apreciar tres tipos de grandes narrativas que operan bajo los tres principios mencionados anteriormente: el representacionalismo, el marxismo y el consensualismo: En el caso del primero, se trata de una narración que procura imitar el transcurso de los hechos históricos, de captar su secuencialidad a partir de una ficción de su concatenación necesaria y de la plausibilidad con que puede trazar referencias directas con el pasado. Se trata de racionalizaciones del tiempo que procuran ser justas con los hechos. Sin embargo, son narraciones históricas bastante reducidas ya que parecen cumplir un rol únicamente descriptivo o mimético.

En el caso del segundo, la narrativa representacionalista de la historia, y por ende de la temporalidad, tiene implicaciones políticas importantes. A partir de la distinción que Aristóteles elabora en la Poética entre poesía e historia, Rancière considera que la primera es una forma narrativa superior porque permite articular los distintos eventos y establecer diferentes relaciones entre ellos. Mientras la historia solo los recuenta detalladamente como fueron, la dimensión narrativa de la poesía va más allá y piensa los eventos como podrían haber sido (Rancière, 2015, p. 9). De acuerdo con la lectura que Rancière hace de la poética aristotélica a partir de la dicotomía entre poesía e historia, se hace posible indicar dos maneras de experimentar el tiempo: una activa, en la que se habla de acciones y fines; y una pasiva, en la cual se concibe como simple sucesión. Esta separación de las temporalidades pone de manifiesto una distribución de formas de vida. De esta manera, las formas de experimentar la temporalidad establecen jerarquizaciones y exclusiones al interior de la sociedad. Esta narrativa representacionalista pervive de manera matizada en ciertas narraciones contemporáneas del tiempo. Por ejemplo, puede apreciarse en ciertas comprensiones científicas de la realidad social, en la cual se busca adecuar la complejidad de las interacciones sociales en modelos teóricos idealizados. Lo anterior puede apreciarse en ciertas formas de comprensión social propuestas por las ciencias económicas: el individualismo metodológico, en tanto método explicativo, solo privilegia un sentido específico de agencia, afín a la maximización de la utilidad presente en las sociedades de consumo actuales.

El marxismo claramente establece una narrativa sobre el tiempo, ya que su proyecto político es emancipatorio y a partir de esta prerrogativa traza un horizonte utópico: el socialismo. La interpretación marxista de la historia es bastante sofisticada, ya que concibe la existencia de leyes económicas que permiten dar cuenta de los hechos históricos y hace posible desarrollar una lógica explicadora que dé cuenta de las transformaciones sociales y políticas. De igual manera, hay un principio rector de todo despliegue histórico, el cual consiste en la confrontación antagónica entre clases sociales. Por lo tanto, el conocimiento científico de las condiciones históricas de enajenación y de explotación debe hacer posible la emancipación real, en tanto hace posible la fundamentación teórica de una praxis colectiva transformadora. En la narrativa marxista del tiempo puede apreciarse una suerte de necesidad histórica: la sucesión entre los distintos modos de producción, por ello los considerables avances técnicos y productivos deben acentuar las contradicciones internas del sistema capitalista, es decir, tornar las condiciones de explotación en posibilidad de emancipación. El mérito argumentativo de Rancière consiste en advertir la forma como el sistema capitalista ha reapropiado esta concepción de necesidad histórica. Si el marxismo planteaba un horizonte utópico pensable a partir de la extinción de la propiedad privada, y con ello la eliminación de las relaciones sociales de explotación, ahora el tiempo como principio de imposibilidad se cierne como el destino inexorable de todo transcurso histórico. No importa si se trata de sus versiones optimistas de un liberalismo amable e igualitarista, o de sus versiones pesimistas de una sociedad masificada, fetichizada y regulada por los hábitos consumistas, el sistema capitalista se cierne sobre los imaginarios sociales como la única e inexorable posibilidad de futuro histórico.

Este último elemento puede apreciarse en el consensualismo como narrativa histórica y temporal. El consenso reafirma el triunfo de la democracia liberal como modelo político por excelencia en las sociedades actuales, se proclama la defensa de las libertades individuales y la economía de mercado. A su vez, el capitalismo contemporáneo se reafirma como el modelo económico más afín a este orden social específico. De igual manera, Rancière afirma que los modelos welfaristas también han articulado cierta suerte de necesidad histórica al contraponer el mejoramiento de las condiciones de vida del presente a las formas de vida cualitativamente peores del pasado. Las lógicas consensualistas que operan en ciertos gobiernos democráticos y en ciertas economías (mayormente librecambistas, aunque algunas economías planificadas y proteccionistas también se incluirían) procuran armonizar la dimensión conflictiva que está a la base de toda configuración social, por lo que promueven y perpetúan la injusticia que está a la base de todo reparto de lo sensible. Bajo la consigna de igualdad de derechos y de igualdad ante la ley, se invisibiliza la injusticia que reproducen los dispositivos policiales encargados de estratificar la sociedad por medio de asignaciones específicas y del estrechamiento de los márgenes de aparición de prácticas específicas de disenso. El consensualismo debe entenderse entonces como una narración que perpetúa la lógica de la igualdad impuesta por el orden policial. En otras palabras, se trata de una manera de entender el tiempo que asegura la perpetuación del estado de cosas, del mundo común con todas sus desigualdades, violencias, discriminaciones y exclusiones que la hacen posible. La narrativa consensualista opera como práctica posdemocrática, es decir como una práctica consensual que liquida la apariencia, la cuenta errónea y el litigio del pueblo, que lo reduce al mero juego de los dispositivos estatales y las armonizaciones de energías e intereses sociales (Rancière, 2012, p. 129).

Por lo tanto, ante este desalentador panorama podemos apreciar que las narrativas sobre el tiempo y la historia tienen claras implicaciones políticas: legitiman un estado de cosas, aseguran el mundo común instaurado por un determinado reparto de lo sensible y a partir de su principio de imposibilidad niegan la aparición de otras narrativas posibles sobre el tiempo y la historia. Por lo tanto, ¿qué nos queda hacer? La ventaja de un pensamiento como el ranceriano es que no concibe las lógicas policiales y consensualistas como absolutas y omniabarcantes. Las narraciones sobre la historia permiten torsiones, fisuras e intersticios que hacen posibles prácticas de emancipación. Aunque los gobiernos se recrudezcan, cada vez irrumpen más movimientos sociales que reclaman su lugar en la configuración de lo social. Pero, más importante aún, se trata de iniciativas sociales, culturales y políticas que ponen en cuestión los lugares y las asignaciones dadas por el reparto de lo sensible. Su potencial político reside en que, de esta manera, procuran reconfigurar el campo de lo social. Aunque la cultura de masas parezca deteriorar toda posibilidad creativa, hay prácticas estéticas de resistencia que constantemente transgreden y reconfiguran el sensorium oficial. Y, de igual manera que se busca imponer un modelo de vida que se adecua a las exigencias de consumo y de producción, podemos volver nuestra mirada a los archivos del pasado y ver en los proletarios tránsfugas[2] una vindicación de una forma de vida distinta, en la cual se hace patente la justicia poética de una vida que reclama la igualdad de capacidad y por ello niega que su plena realización vital quede reducida al espacio laboral fabril. De igual manera, Rancière piensa que las distintas narraciones sobre el tiempo y la historia pueden alterarse. La historia puede convertirse en un espacio de desacuerdo y de conflictividad a partir de la irrupción de un daño. Como lo precisa Rancière: “hay intervalos, hay interrupciones: momentos en los cuales las maquinarias sociales que estructuran el tiempo de la dominación se rompen y se detienen” (Rancière, 2011a, p. 7).

¿De qué manera se logra hacer irrumpir en la gran narrativa, con su monopolio de los hechos históricos y del desenvolvimiento temporal, una reclamación otra que haga patente una expresión de disidencia e inconformidad? En los siguientes apartados se pretende demostrar que el tiempo, y la historia como construcción ficcional del mismo, pueden articularse emancipatoriamente a partir del desacuerdo y la poética del conocimiento.

3. Desacuerdo de los tiempos: heterología y heterocronía.

Si la lógica consensualista procura homogeneizar las diferencias a partir de una narrativa común del curso del tiempo, entonces la emancipación debe provenir del desacuerdo mismo que puede surgir entre distintas formas de experimentar la temporalidad. Si la narrativa es el mecanismo de ficción por medio del cual logramos configurar una cierta experiencia de la temporalidad, entonces la manera de instaurar el desacuerdo en la gran narrativa sobre la historia es a partir de narraciones alternativas que logren irrumpir sobre el reparto de lo sensible que instituye la gran narrativa. Lo que interesa sostener aquí es que dicho desacuerdo de los tiempos corresponde a un proceso de verificación de la igualdad. Como lo precisa Rancière, este proceso de verificación es un operador de demostraciones el cual funciona, no porque sea una clase de valor inherente a la condición humana, sino porque se trata más bien de un “universal que debe presuponerse, verificarse y demostrarse en cada caso” (Rancière, 2006, p. 19). En relación con el problema que nos compete, la igualdad puede verificarse de una doble manera: por un lado, se trata de dar cuenta de la capacidad que tienen los distintos actores sociales e históricos de crear contra-narrativas que desafíen la lógica consensualista que asigna roles y silencia la capacidad de decir que tiene cualquiera, de reafirmar su condición de ser-hablantes. Por ejemplo, en los trabajos más históricos de Rancière como La noche de los proletarios y El maestro ignorante, se puede dar cuenta de la manera como el archivo documental hace posible narrativas históricas distintas que escapan de la lógica explicadora del saber histórico experto y permiten apreciar la riqueza de la singularidad de ciertos escenarios históricos. Se pone de manifiesto que se trata de procesos de verificación de igualdad porque desestabilizan el reparto de lo sensible sobre el cual descansan ciertas lógicas explicadoras, por ejemplo, como aquellas que buscan explicar la conducta individual a partir de ciertas estructuras socioeconómicas que operan a nivel general o de ciertos acervos culturales, simbólicos y psicológicos compartidos por los actores sociales en cuestión y que son susceptibles de ser rastreados investigativamente.

Por otro lado, se trata de un operador de demostración de la igualdad porque hace posible ciertos procesos de subjetivación, entendidos estos como procesos de desidentificación y de desclasificación, pero también de reconfiguración (Ibídem, p. 21). Ya hemos mencionado que una narrativa histórica establece un reparto de lo sensible, por eso puede entenderse como dispositivo que funciona en relación a una lógica policial. Pero, al tratarse de procesos de subjetivación, las narrativas alternativas que se generan sobre el tiempo y la historia irrumpen en el plano de lo sensible, lo que a su vez permite romper con los roles asignados y desafiar las identidades impuestas por el reparto de lo sensible sobre cada actor social particularmente considerado. Lo anterior corresponde a una suerte de procedimiento por medio del cual el que no tiene parte toma parte, pero en tanto se trata de un sin parte. Como se menciona en El Desacuerdo, “una subjetivación política es una capacidad de producir esos escenarios polémicos, esos escenarios paradójicos que hacen ver la contradicción de dos lógicas [la lógica de la igualdad y la lógica policial], al postular existencias que son al mismo tiempo inexistencias o inexistencias que son a la vez existencias” (Rancière, 2012, p. 59). Esta aclaración resulta sumamente pertinente, ya que la verificación de la igualdad no supone tomar parte del reparto de lo sensible. Asumir esto sería compartir los presupuestos del consensualismo. Por el contrario, el reclamo que aquí tiene lugar se debe entender como la manifestación de un daño, por eso se trata de un problema político, porque hace alusión a una forma específica de reclamación que establece el entrecruzamiento de la política y de la policía. Reafirmar tanto la propia conciencia que se tiene sobre los eventos históricos como reclamar la capacidad de construir narrativas en torno a ella, puede considerarse una acción política porque supone tomar parte en el reparto de lo sensible. En otras palabras, a quienes no se les ha conferido ninguna potestad de narrar la historia, irrumpen por la posibilidad que tienen de tomar parte a partir de la exigencia de verificación de su propia igualdad. Este tomar parte también incorpora un registro estético. De acuerdo con Panagia, este tomar parte es estético (en el sentido clásico de aisthesis) porque reconfigura la disposición perceptiva de las visiones y de los sonidos por parte de quienes han sido excluidos del campo de lo visible y de lo decible (Panagia, 2010, p. 102).

A partir de lo anterior, podemos sostener que el desacuerdo de los tiempos que supone la creación de narrativas distintas sobre la historia y la temporalidad conllevan dos aspectos: en primer lugar, se trata de una heterología tal y como la entiende Rancière: como la lógica de la emancipación, por medio de la cual se da la verificación de cualquier ser hablante con cualquier otro (Rancière, 2006, p. 19). En otras palabras, lo que se sugiere es que, con este desacuerdo, que hace posible la desestabilización del reparto de lo sensible y la demostración de la igualdad, es que cualquiera tiene la capacidad de establecer una narrativa sobre la historia, es decir que tiene la capacidad de establecer un registro estético autónomo sobre el tiempo por medio del uso de la ficción. La apuesta de Rancière por la emancipación claramente no es identitaria, ya que no se trata de que una colectividad diferenciada, social y culturalmente, haga visible su reclamo particular, su demanda concreta o su denuncia frente a ciertas situaciones de vulneración de sus propios derechos. Claramente esto es reprochable, pero Rancière piensa la emancipación en un sentido mucho más amplio, no en términos de demandas concretas sino en términos de impropiedad: el daño se invoca en nombre de un anónimo, en nombre de un cualquiera. En este sentido, el desacuerdo de los tiempos debe hacer posible cualquier otra manera distinta de experimentar la temporalidad. La heterología desafía la gran narrativa del consensualismo y propone una visión disensual de la historia y del tiempo.

No hay una historia unitaria, universal y verosímil, sino que hay múltiples narraciones históricas que hacen patentes reclamaciones distintas. Se trata de apreciar en la historia un escenario de aparición de distintas configuraciones de la temporalidad, de narrativas disensuales que se entrecruzan mutuamente. A esto es lo que Rancière alude con el término de heterocronía: “dispositivos que construyen posibilidades alternativas para abordar el presente, a una distancia tanto de la convergencia absoluta de los tiempos como de la construcción crítica de su divergencia”, dispositivos que hacen posibles las distintas “combinaciones de tiempos que son normalmente incompatibles” (Rancière, 2011a, p. 9). Resulta interesante que en tanto dispositivos, se traten de mecanismos de visibilización que no prescinden ni de la convergencia ni de la divergencia de tiempos, sino que precisan de ambos para poder realizarse plenamente.

Sin embargo, cabe preguntarse ¿qué es un dispositivo heterocrónico? A partir de las sugerentes pistas que ofrece Rancière podemos entender que la heterocronía alude a un dispositivo estético. En primer lugar, ¿por qué hablar de dispositivo estético? De acuerdo a Agamben (2011, p. 250), la noción de dispositivo reúne las siguientes cualidades: (1) es un conjunto heterogéneo que incluye virtualmente la cosa que designa, ya sea por medio de instituciones, discursos, instancias, medidas policiacas, sistemas filosóficos o prácticas disciplinarias. (2) Tiene una función estratégica concreta en tanto está inscrita en una matriz (o matrices) de relaciones de poder. Y (3) es resultado del entrecruzamiento de relaciones de poder y formas de saber. Claramente, está descripción es altamente deudora del pensamiento foucaltiano, pero claramente la finalidad emancipatoria o disensual del dispositivo estético entra en clara desavenencia con el esquema disciplinario y de adecuación de la conducta que está presente en la definición preliminar de dispositivo. En relación a este contraste, se puede definir tentativamente el dispositivo estético como una especie de disposición hacia lo existente. En otras palabras, “el dispositivo no funciona tanto como una red que captura, sino más bien como una experiencia sensible que resulta de la articulación de maneras de ver, decir y pensar” (Cadahia, 2016, p. 281).

Se trata de que el dispositivo estético no reproduce el esquema de lo dado al abrir la posibilidad de experiencias singulares que exploran los límites de lo pensable y de lo representable, por ello problematizan lo que se presupone como dado o evidente. En concreto, Rancière alude a las políticas del arte como aquellas formas de visibilización que hacen posible la confluencia de diferentes tiempos. Propone como ejemplos las producciones cinematográficas de Dziga Vertov y de Pedro Costa, como también el teatro de Bertolt Brecht. Por lo tanto, se trata aquí de una apuesta estética por pensar la temporalidad: la imagen-movimiento característica del cine hace posible la integración narrativa de distintas temporalidades, incluso si pueden resultar contrarias entre sí. Un posible ejemplo concreto es el siguiente: La Rabbia de Pier Paolo Passolini. En este documental de 1963 (curiosamente el mismo año de la canción de Bob Dylan), Passolini articula distintos registros históricos y produce una nueva narrativa. Hace uso de las imágenes de la revolución húngara pero no hace un trato apologético del comunismo, incorpora imágenes de Marilyn Monroe pero no cede ante las pretensiones esteticistas de la sociedad del espectáculo hollywoodense. Se trata de un dispositivo que combina distintos registros temporales, provenientes de distintos contextos culturales, pero que confluyen e irrumpen como una propuesta alternativa.

Sin embargo, cabe preguntarse lo siguiente: si la heterocronía parece ser la propuesta más coherente con los presupuestos de emancipación y de igualdad que postula el desacuerdo de los tiempos, ¿cómo entender el lugar de la historia en tanto disciplina? ¿Debe acaso el saber histórico ceder su lugar ante las políticas del arte, las cuales logran dar cuenta de la confluencia de esta heterogeneidad de tiempos? ¿Cuáles son los retos ante los cuales se encuentran enfrentadas las diferentes narrativas de la historia? Aunque un apropiado tratamiento de estos problemas escapa a las pretensiones expositivas del presente trabajo, en parte porque las concepciones sobre la historia en tanto disciplina suelen ser divergentes y las posturas sobre el oficio del historiador dan cuenta de diversos intereses políticos, resulta clave pensar si la disciplina histórica puede tener un rol emancipatorio o no. Ciertas formas de conocimiento científico resultan contraproducentes para cualquier pretensión emancipatoria porque se amparan en ciertas formas de cientificismo, lo cual resulta más afín a ciertas lógicas policiales que procuran establecer regularidades sobre los hechos de la realidad social y articularlos narrativamente bajo una lógica explicadora con pretensiones de validez universal. Además, como se mencionaba previamente, algunas visiones sobre la historia buscan prescindir de cualquier componente literario o ficcional, los cuales pueden ser un riesgo para la credibilidad y aceptación pública de la veracidad de los postulados que la historia hace sobre el pasado. Por el contrario, para Rancière resulta clave enfatizar en el componente ficcional, ya que la ficción no es necesariamente una ilusión, sino que es la operación que crea un topos, un espacio y una regla para la relación entre un sentido y otro (Rancière, 2009b, p. 16). El hecho de que la ficción se conciba como una operación de creación de un topos, remite a la noción de cronotopos propuesta por el crítico y teórico ruso Mijáil Bajtín. Este último lo definió como una categoría de la forma y el contenido en la cual “el tiempo se condensa aquí, se comprime, se convierte visible desde el punto de vista artístico; y el espacio, a su vez, se intensifica, penetra en el movimiento del tiempo, del argumento, de la historia. [En otras palabras,] los elementos del tiempo se revelan en el espacio, y el espacio es entendido y medido a través del tiempo” (Bajtín, 1989, p. 238). La reflexión de Bajtín se concreta en la novela, en tanto se trata de una creación artística donde confluyen distintos espacios y tiempos, en virtud de la trama narrativa impuesta por el autor.

Al igual que en Bajtín, en Rancière la temporalidad y la espacialidad se entrecruzan y se piensan recíprocamente. En una de las entrevistas contenidas en el Método de la igualdad, Rancière entiende el espacio como un lugar que puede ser material, pero que principalmente alude a una distribución, una disposición, a un conjunto de relaciones. Adicionalmente, entiende el espacio en términos de una distribución de los posibles y el tiempo lo asocia a la coexistencia (Rancière, 2014, pp. 86-87). A partir de lo anterior, Rancière piensa la relación entre espacio y tiempo en términos de escena, la cual reitera nuevamente el componente estético de todas estas formas de visibilización. Si en el cronotopos se logra la articulación narrativa de distintos espacios y tiempos, en la escena se hacen posibles desplazamientos y relocalizaciones de posiciones establecidas previamente por un reparto de lo sensible determinado, y de esta manera asegura las condiciones de posibilidad de nuevos tipos de experiencias. Por ejemplo, en el caso del archivo del sueño obrero empleado por Rancière para elaborar La noche de los proletarios, puede advertirse de qué manera logran escenificarse distintas configuraciones de lo común a partir de prácticas concretas, las cuales logran dislocar las márgenes impuestas por la distribución de lo sensible establecidas por ciertas lógicas policiales. Por ejemplo, la escena concreta de los obreros trásfugas nos permite apreciar lo que Rancière concibió como la emancipación, es decir, una manera de vivir la desigualdad según el modo de la igualdad (Rancière, 2010, p. 11). En los archivos logra apreciarse la confluencia de estas distintas formas de vida que devienen subjetivaciones políticas; el desacuerdo logra escenificarse por medio de la reconfiguración de la distribución de los posibles y la reafirmación de maneras alternativas de existencia que se hacen patentes en los registros históricos de las exigencias de emancipación.

4. Hacia una poética del conocimiento y una concepción emancipatoria del tiempo.

Sin embargo, ¿goza la propuesta de Rancière de alguna plausibilidad? Si la narrativa marxista de la historia considera el conocimiento y la praxis como elementos claves para abolir las condiciones imperantes de explotación, ¿de qué manera la emancipación que rastrea Rancière en este tipo de prácticas logra intervenir directamente en las formas de dominación y de subyugación? La objeción sobre la efectividad de las prácticas emancipatorias propuestas por Rancière sin duda es un punto que merece una mayor atención, pero pensar la emancipación como una forma de agencia privilegiada que rompe con las condiciones de dominación implica ignorar que esta se produce en los intersticios mismos de los mecanismos policiales de gubernamentalidad y de dominación. Este elemento es clave porque permite apreciar el carácter incompleto de toda lógica policial, lo cual garantiza la aparición del disenso, de una manera distinta de ser y de pensar que desestabiliza el escenario previamente configurado por el reparto de lo sensible. De igual manera, a partir del involucramiento de formas de aparición y de visibilización, las prácticas políticas adquieren un registro estético. Como lo menciona Rancière:

Las artes no prestan nunca a las empresas de la dominación o de la emancipación más de lo que ellas pueden prestarles, es decir, simplemente lo que tienen en común con ellas: posiciones y movimientos de cuerpos, funciones de la palabra, reparticiones de lo visible y de lo invisible. Y la autonomía de la que ellas pueden gozar o la subversión que ellas pueden atribuirse, descansan sobre la misma base (Rancière, 2009a, p. 19).

La acción política no se concibe aisladamente de su dimensión estética, ya que esta hace posible la irrupción de una forma concreta de aparición. Si la lógica policial y con ella las formas específicas del reparto de lo sensible parecen destinos inexorables, las prácticas emancipatorias deben procurar introducir el disenso para que estas grandes narrativas consensualistas no hegemonicen plenamente la historia y no socaven las posibilidades de experimentar alternativamente el tiempo. Se trata de asegurar una experiencia democrática de la temporalidad, pero entendida como disensual y conflictiva.

¿Qué tipo de saber sobre el tiempo y la historia es el más apropiado para pensar esta finalidad emancipatoria y disensual? Retomando lo expuesto por Aristóteles en la Poética, la poesía se considera una modalidad narrativa cualitativamente superior a la historia, en virtud de que lograba establecer articulaciones narrativas sobre cómo podían haber sido los hechos históricos y no dar cuenta descriptivamente de como efectivamente fueron. Para Rancière resulta clave pensar esta dimensión poética de los saberes, lo cual resulta de especial importancia para pensar el tiempo y la historia. La poética remite etimológicamente a la noción de poiesis, es decir a un trabajo concreto de creación; por lo tanto, se trata de reconocer la dimensión poética de los saberes en tanto aluden a trabajos creativos, a operaciones de ficción que establecen márgenes de visibilidad y coordenadas de sentido. Rancière propone la noción de poética del conocimiento para aludir a un cierto tipo de “práctica deconstructiva”, es decir a prácticas que procuran rastrear las operaciones poéticas (simbolización, descripción, narración y metaforización) que están a la base de ciertos conocimientos establecidos (Rancière, 2011c, p. 14). De igual manera, esta misma poética del conocimiento puede entenderse complementariamente como el conjunto de procedimientos literarios por medio de los cuales un discurso específico logra escapar del ámbito puramente literario y se da asimismo el estatuto de una ciencia, asociado a la manera como se escribe y se interpreta el conocimiento (Rancière, 1994, p. 8).

La poética del conocimiento tiene numerosas implicaciones para pensar la emancipación: en primer lugar, permite cuestionar la autoridad de ciertos saberes expertos que clausuran las posibilidades de comprensión sobre los hechos del pasado, por lo que se hace posible reivindicar otras narrativas sobre el pasado, a partir de estos dispositivos estéticos que preservan la heterocronía entre temporalidades. En segundo lugar, la poética del conocimiento permite cuestionar el estatuto de necesidad que se atribuyen las grandes narrativas sobre el tiempo, que establecen destinos inexorables y excluyen del plano de lo sensible la posibilidad de realización de otros modelos de sociedad, de implementar formas alternativas de vida y de cuidado de sí. En tercer lugar, la poética del conocimiento permite advertir que a la base de toda forma de conocimiento científico hay un ocultamiento de los procedimientos literarios que lo hicieron posible. Esta atención en la literariedad de los discursos permite advertir que se trata de prácticas que instituyen sentido, por lo que puede apreciarse en la ficción un operador clave para generar contra-narrativas que desplacen las coordenadas de sentido y las márgenes de comprensión instituidas por cierto sensorium oficial. De ahí que lo estético y lo político no se piensen aisladamente, ya que la ficción incorpora elementos claves de las artes, como las prácticas asociadas al cuerpo y la materialidad misma de las palabras.

Pero, adicional a las implicaciones anteriores, podemos apreciar que la poética del conocimiento produce dos alteraciones directas en la disciplina histórica, entendida como saber científico experto. De acuerdo con Philip Watts, la primera de estas implicaciones consiste en que permite establecer un diálogo con la historia herética, aquella historia que se compone del conjunto de escritos, pensamientos y acciones que han sido invisibilizadas y silenciadas por los académicos expertos que trabajan y tienen acceso directo sobre los archivos. Se trata de un diálogo herético porque implica establecer comunicación con aquellos sistemáticamente invisibilizados, de escuchar las voces silenciadas y de desocultar los cuerpos encubiertos (Cfr. Watts, 2010, p. 110). La segunda de estas implicaciones se logra apreciar en la defensa que Rancière hace de la literatura. Pero, no se trata de insistir únicamente en los procedimientos literarios que están a la base de ciertas ciencias sociales y humanas, sino de verificar y reafirmar la capacidad que tienen todos los seres humanos de escribir y de leer. Si Aristóteles afirmaba que el hombre es un animal político que posee lenguaje racional (logos), entonces el potencial democrático puede apreciarse en la afirmación de cada ser humano como animal literario, como ser hablante cuya capacidad de habla se demuestra en la exigencia de verificación de la igualdad, en la urgencia de emancipación y en la manifestación del disenso (Cfr. Ibídem, p. 114). A partir de lo anterior se hace necesario pensar la historia como un escenario de conflicto, de dislocaciones de roles asignados y de torsión de identidades prefijadas.

Proclamar nuestros tiempos como posthistóricos implica negar la posibilidad misma de la emancipación. Las modalidades consensualistas de las grandes narraciones que acaparan las comprensiones sobre la historia y la temporalidad deben ser problematizadas a partir de la poética del conocimiento y de las formas emancipatorias que introducen el desacuerdo en los tiempos a partir de contra-narrativas, de dispositivos estéticos que irrumpen en la operatividad misma de los dispositivos policiales a partir de la heterocronía, de la confluencia de tiempos disimiles y antagónicos en un misma formulación narrativa. Cuestionar la necesidad misma de ciertas narrativas de la historia aporta un elemento crucial para la emancipación: la emergencia de otras narrativas históricas posibles, de proyecciones alternativas sobre el futuro que superen el nihilismo al cual nos han arrojado las expectativas presentes sobre el futuro. Se trata de pensar nuevamente que en los intersticios del pasado se logra vislumbrar la esperanza de un futuro distinto, de otro mundo posible.

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[1] César Augusto Quintero Buriticá. Filósofo de la Universidad de los Andes, con opciones en Historia y Estudios Clásicos por la misma universidad. Actualmente, estudiante de la Maestría en Filosofía por la misma universidad y asistente graduado del departamento de Lenguas y Cultura de la Universidad de los Andes.

Correo electrónico: ca.quintero10@uniandes.edu.co

[2] Aquí me refiero al análisis hecho por Rancière en su obra La noche de los proletarios: Archivos del sueño obrero.

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